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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un bosque espeso y sombrío, donde los árboles retorcían sus ramas como dedos huesudos hacia el cielo, se alzaba una casa abandonada. La gente del pueblo susurraba historias sobre ella, hablaban de un fantasma travieso y de brujas que se reunían a la luz de la luna. Pero los niños, curiosos por naturaleza, no hacían caso a las advertencias.
Un día, tres hermanos: Sofía, la mayor, con su libro de cuentos siempre a mano; Tomás, el mediano, con su inseparable lupa; y Lucía, la pequeña, con su osito de peluche llamado Capitán, se aventuraron en el bosque. Se perdieron rápidamente, a pesar de los esfuerzos de Sofía por orientarse con su mapa improvisado. El sol se ocultó tras las copas de los árboles, tiñendo el bosque de tonos morados y grises. El miedo comenzó a apoderarse de ellos.
De repente, entre la niebla, vislumbraron la casa abandonada. Era vieja y desvencijada, con las ventanas tapiadas y la puerta colgando de una bisagra oxidada. Un escalofrío recorrió la espalda de los tres hermanos. “Quizás… quizás haya alguien que nos pueda ayudar”, tartamudeó Tomás, más por valentía que por convicción.
Se acercaron cautelosamente a la casa y, con mucho esfuerzo, empujaron la puerta. Un crujido resonó en el silencio, y un olor a polvo y humedad los envolvió. Dentro, todo estaba oscuro y cubierto de telarañas. Pero, para su sorpresa, escucharon una risita proveniente del fondo de la casa.
“¿Hola?”, preguntó Sofía, con voz temblorosa.
La risita se repitió, seguida de un tintineo musical. Los niños avanzaron, guiados por el sonido, hasta llegar a un salón grande y polvoriento. En el centro del salón, flotando en el aire, había un fantasma. No era un fantasma aterrador, sino uno pequeño y regordete, con una sonrisa pícara y un gorro de bufón. El fantasma sostenía en sus manos un pequeño teatro de marionetas.
“¡Bienvenidos, pequeños aventureros!”, exclamó el fantasma con una voz aguda y alegre. “Soy Gaspar, el fantasma titiritero. Me aburro mucho aquí solo. ¿Quieren ver una función?”
Los niños, aliviados de no haber encontrado un monstruo, asintieron tímidamente. Gaspar comenzó su espectáculo. Las marionetas, hechas de madera y tela, cobraron vida en sus manos. Contaron historias de princesas valientes, dragones amigables y bosques encantados. La risa resonó en el salón, disipando el miedo y la tristeza de los niños.
Mientras disfrutaban del espectáculo, Lucía notó algo extraño. En una esquina del salón, escondidas entre las sombras, había tres escobas aparcadas. “¡Tomás, Sofía, mirad!”, susurró Lucía.
Los hermanos se acercaron a las escobas. Eran escobas viejas y desgastadas, pero reconocieron un peculiar amuleto atado a una de ellas: un pequeño botón rojo que Capitán, el osito de Lucía, había perdido hacía unos días en el bosque. “¡Es el botón de Capitán!”, exclamó Lucía.
En ese momento, la función de Gaspar llegó a su fin. El fantasma titiritero hizo una reverencia y sonrió. “¿Les ha gustado, pequeños?”
“Sí, Gaspar, pero… ¿sabes algo de estas escobas?”, preguntó Sofía, señalando hacia la esquina.
Gaspar suspiró. “Ah, sí… Esas son de las brujas. Vienen aquí a veces a preparar sus pociones. No son muy amables, debo decir.”
Tomás, con su lupa, examinó el suelo alrededor de las escobas. Encontró rastros de hierbas extrañas y polvo brillante. “Creo que están preparando una poción para perder a los niños en el bosque”, dijo Tomás.
Los niños se dieron cuenta de que las brujas eran las responsables de que se hubieran perdido. Decidieron que debían hacer algo para impedirlo.
“Gaspar, ¿nos ayudarías?”, preguntó Sofía. “Necesitamos encontrar el camino de vuelta a casa y evitar que las brujas sigan perdiendo a otros niños.”
Gaspar, aunque era un fantasma tímido, accedió a ayudar. Les contó que conocía un pasadizo secreto que conducía fuera de la casa y de vuelta al sendero del bosque. Pero advirtió que las brujas regresarían pronto.
Los niños y Gaspar corrieron por el pasadizo secreto, que era estrecho y oscuro. Finalmente, llegaron al sendero del bosque. Gaspar les indicó el camino de vuelta al pueblo y les prometió que, si alguna vez se perdían, él estaría allí para ayudarlos.
Los tres hermanos corrieron hasta llegar a casa. Sus padres, muy preocupados, los abrazaron con fuerza. Les contaron su aventura en la casa abandonada y cómo Gaspar, el fantasma titiritero, los había ayudado. Aunque sus padres no les creyeron del todo, se sintieron aliviados de tenerlos de vuelta a salvo.
Desde ese día, los niños nunca olvidaron su aventura en el bosque embrujado. Sabían que, aunque el miedo a veces nos paraliza, siempre hay esperanza y amistad, incluso en los lugares más inesperados. Y sabían que, en el corazón del bosque, un fantasma titiritero velaba por los niños perdidos.
Al día siguiente, los niños regresaron al límite del bosque y dejaron una caja de galletas caseras para Gaspar, el fantasma titiritero, en agradecimiento por su amabilidad.
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