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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un castillo muy, muy antiguo, una mujer llamada Elena. Elena era una señora de mediana edad, con el pelo castaño rizado y una sonrisa que podía iluminar una habitación entera. Pero un día, ¡zas!, Elena desapareció. Se despertó en un lugar oscuro y frío, con paredes de piedra cubiertas de musgo. Parecía una mazmorra… ¡de esas que solo se ven en las películas de piratas!
Un hombre alto y delgado, con gafas redondas y una bata blanca, se acercó a ella. Tenía una voz suave y melodiosa, pero algo en sus ojos no le gustaba a Elena.
"Hola, Sofía", dijo el hombre con una sonrisa forzada. "¿Cómo te encuentras hoy?"
Elena frunció el ceño. "Me llamo Elena. ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?"
El hombre suspiró. "Oh, Sofía, sigues confundida. Estás en el Hospital San Olvido. Tuviste un pequeño accidente. Pero no te preocupes, estás a salvo. Escapaste de ese hombre horrible que te tenía cautiva."
"¿Cautiva? ¿De quién?", preguntó Elena, sintiendo un escalofrío.
"Un hombre muy malo. Pero ya no tienes que preocuparte por él. Estás a salvo aquí. Eres Sofía, una enfermera muy valiente. Solo necesitas descansar y recordar quién eres."
Elena intentó recordar. ¿Era Sofía? ¿Era enfermera? No recordaba nada de eso. Solo recordaba su nombre: Elena. Y recordaba… ¡galletas de chocolate! Le encantaban las galletas de chocolate. ¿Las enfermeras comían galletas de chocolate?
El hombre le trajo sopa de pollo y pan tostado. "Come, Sofía. Necesitas fuerzas. Hoy te presentaré a tus compañeros."
Pero Elena no se sentía como Sofía. No se sentía como una enfermera. Se sentía… perdida. Cada día, el hombre la visitaba. Le hablaba de su trabajo como enfermera, de sus amigos en el hospital, de lo valiente que había sido al escapar. Le mostraba fotos de una mujer rubia, diciendo que era ella, Sofía. Pero Elena no se reconocía.
Un día, mientras el hombre le daba su "medicina" (una pastilla pequeña y azul), Elena vio un reflejo en sus gafas. Vio la mazmorra. Vio las paredes de piedra. Vio el musgo. ¡No estaba en un hospital! ¡Estaba atrapada!
Algo dentro de ella hizo clic. Un recuerdo… ¡su gato! Se llamaba Bigotes y era gordo y perezoso. Le encantaba dormir en su regazo mientras ella leía cuentos. Elena no podía ser Sofía la enfermera. ¡Ella era Elena, la dueña de Bigotes!
La pastilla se le atascó en la garganta. Tosiendo, escupió la pastilla en la mano del hombre. "¡No soy Sofía!", gritó Elena. "¡Soy Elena y quiero irme a casa!"
El hombre se enfureció. Sus ojos brillaron con una luz malvada. "¡No puedes saber eso! ¡Eres Sofía y te quedarás aquí!"
Intentó sujetarla, pero Elena se defendió. Recordó un truco que había visto en una película: ¡golpear al atacante en la espinilla! Con todas sus fuerzas, pateó al hombre en la pierna.
El hombre gritó y se tambaleó. Elena aprovechó la oportunidad. Le dio un fuerte empujón y el hombre cayó al suelo, inconsciente. ¡Uf! Eso fue difícil.
Elena corrió. Corrió por los pasillos oscuros y laberínticos del castillo. Tropezó con escaleras escondidas y habitaciones llenas de polvo. Escuchó ruidos extraños y sintió el aliento frío del viento en su cuello. Pero no se detuvo. Tenía que escapar. Tenía que volver a casa con Bigotes.
Finalmente, vio una luz. Corrió hacia ella y se encontró en un patio trasero lleno de maleza. Trepó por una pared baja y saltó al otro lado. ¡Estaba libre!
Corrió hasta que sus piernas le dolieron. Corrió hasta que vio una carretera. Corrió hasta que vio un coche que pasaba. Pidió ayuda y el conductor la llevó a la estación de policía.
Elena contó su historia. Al principio, la policía no le creyó. Pero Elena insistió. Les habló de Bigotes, de las galletas de chocolate y de su casa. Finalmente, la policía investigó.
Encontraron el castillo. Encontraron al hombre (que resultó ser un científico loco). Y, lo más importante, encontraron a Bigotes esperándola en casa.
Cuando Elena abrió la puerta, Bigotes corrió a sus brazos. Ronroneó y ronroneó, frotándose contra su cara. ¡Estaba tan feliz de verla!
Elena nunca olvidó su aventura en el Castillo Susurrante. Pero tampoco olvidó que era valiente, inteligente y que, incluso en la oscuridad, siempre se puede encontrar el camino a casa.
Y ahora, a dormir, que los castillos susurrantes solo existen en los cuentos… ¿o no?
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