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Gratis · elegí una vozEn el Bosque Susurrante, vivía un oso llamado Bernardo. Bernardo era grande, peludo y, casi siempre, ¡gruñón! No le gustaba que lo molestaran, especialmente durante sus siestas bajo el gran roble. Un día soleado, mientras Bernardo roncaba suavemente, un pequeño conejo llamado Saltarín llegó brincando al pie del roble. Saltarín era todo lo contrario de Bernardo: pequeño, rápido y ¡siempre feliz!
Saltarín no había visto a Bernardo antes. "¡Guau, qué roca tan grande!", pensó. Decidió que sería el lugar perfecto para practicar sus saltos. Empezó a saltar alrededor del oso dormido, sin darse cuenta de que lo estaba despertando. Cada salto hacía un pequeño "¡thump!", que resonaba en el oído de Bernardo. Al principio, Bernardo solo se movió un poco, como si estuviera soñando. Pero después de varios "¡thumps!", abrió un ojo, luego el otro.
"¡GRRR! ¿Quién está haciendo tanto ruido?", rugió Bernardo, sentándose de golpe. Saltarín se detuvo en seco, con las orejas tiesas y los ojos muy abiertos. Nunca había visto un oso tan grande, y mucho menos uno tan enojado. "¡Lo-lo siento, señor Oso!", tartamudeó Saltarín. "No quería molestarlo".
Bernardo frunció el ceño. "¿Molestarme? ¡Me has estado molestando toda la mañana! ¡Estaba durmiendo!", gruñó. Saltarín bajó las orejas. Sabía que había cometido un error. "No sabía que estaba durmiendo aquí", dijo con voz suave. "Yo solo… estaba practicando mis saltos".
Bernardo suspiró. "Bueno, ¡practica tus saltos en otro lugar! Este es mi lugar de siesta", dijo, volviéndose a tumbar. Pero Saltarín no se fue. En lugar de eso, se acercó un poco más a Bernardo. "¿Por qué siempre está tan gruñón, señor Oso?", preguntó.
Bernardo abrió un ojo de nuevo. "Porque… porque me gusta estar solo", dijo. "Y la gente siempre me molesta". Saltarín lo miró con curiosidad. "Pero estar solo es aburrido", dijo. "¿No le gustaría tener un amigo?"
Bernardo se sentó de nuevo. "¿Un amigo? ¿Por qué querría un amigo?", preguntó. "Los amigos son problemáticos. Siempre quieren jugar y hablar y… ¡molestar!"
Saltarín se rió. "¡No todos los amigos son así! Algunos amigos son tranquilos y les gusta la compañía. Y a veces, incluso pueden ayudarte a dormir mejor", dijo guiñando un ojo.
Bernardo lo miró con suspicacia. "¿En serio?", preguntó. "¿Cómo podrían ayudarme a dormir mejor?"
"Bueno…", dijo Saltarín, pensando rápidamente. "Podría cantarle una canción de cuna. O contarle una historia relajante. ¡Soy muy bueno contando historias!"
Bernardo no estaba seguro. Nunca había tenido un amigo antes, y la idea de dejar que un pequeño conejo parlanchín lo ayudara a dormir le parecía extraña. Pero algo en la mirada de Saltarín le decía que podía confiar en él. "Está bien", dijo finalmente. "Pero solo una canción. Y si no me gusta, ¡te vas!"
Saltarín sonrió de oreja a oreja. "¡De acuerdo!", exclamó. Se acercó a Bernardo y empezó a cantarle una suave canción de cuna sobre la luna y las estrellas. Su voz era dulce y relajante, y Bernardo sintió que sus párpados se volvían pesados. Antes de darse cuenta, se había quedado dormido de nuevo.
Cuando Bernardo despertó, el sol se estaba poniendo. Saltarín seguía allí, sentado tranquilamente a su lado, mirando las nubes. Bernardo se sintió… extraño. No se sentía gruñón. De hecho, se sentía bastante bien. "Gracias", dijo a Saltarín. "Por la canción".
Saltarín sonrió. "De nada, señor Oso", dijo. "Me alegro de haber podido ayudar". Desde ese día, Bernardo y Saltarín se hicieron amigos. Saltarín visitaba a Bernardo todos los días, y juntos exploraban el Bosque Susurrante. Bernardo aprendió que tener un amigo no era tan malo después de todo. Saltarín aprendió que incluso los osos gruñones pueden ser amables por dentro. Y aunque a Bernardo todavía le gustaba su siesta bajo el roble, ya no le importaba tanto si Saltarín saltaba un poco a su alrededor. Porque ahora, sabía que tenía un amigo que siempre estaría ahí para él. Aprendieron a valorar sus diferencias y a disfrutar de la compañía del otro. A Bernardo le gustaba la energía y optimismo de Saltarín, y Saltarín apreciaba la sabiduría y la protección de Bernardo. Juntos, descubrieron que la amistad puede florecer incluso entre los seres más diferentes, llenando sus vidas de alegría y aventura en el Bosque Susurrante.
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