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Gratis · elegí una vozEn un valle escondido entre montañas altísimas, vivía un dragón muy peculiar llamado Dientes Dulces. No comía princesas ni caballeros; su dieta era mucho más… selectiva. Dientes Dulces se alimentaba de la envidia. No de la envidia como concepto abstracto, ¡sino de las personas envidiosas! Cuando alguien sentía una envidia tan intensa que amenazaba con amargar el corazón de todos a su alrededor, Dientes Dulces aparecía, ¡POOF!, en una nube de humo con olor a caramelo y… bueno, se los comía. No literalmente, claro. Más bien, absorbía la envidia como una esponja, dejando a la persona, un poco aturdida, pero libre de ese sentimiento tan feo.
Las noticias sobre Dientes Dulces se extendieron rápidamente. Las personas envidiosas, al oír el rumor de sus escamas brillantes y su aliento con olor a algodón de azúcar (una señal inconfundible de su llegada), corrían a esconderse. Y no eran los únicos. Los avaros, aquellos que atesoraban riquezas y no querían compartir nada con nadie, también temblaban ante la sola mención de su nombre. Aunque Dientes Dulces no se los comía, su sola presencia hacía que sus tesoros perdieran todo el brillo. ¡Imagínense! Un dragón que combatía la envidia y la avaricia. Era algo nunca visto.
En el pueblo de Villa Alegre, vivía una mujer llamada Doña Gruñona. Era famosa por su envidia. Si veía a alguien con un vestido nuevo, le dolía el estómago. Si alguien tenía un jardín más florido, se le amargaba el café. Un día, Villa Alegre se preparaba para su tradicional Fiesta de las Flores. Todos estaban ocupados decorando sus casas y preparando deliciosos platillos. Doña Gruñona, en cambio, miraba todo con el ceño fruncido. "¡Bah!", decía, "Seguro que mis flores son más bonitas. Seguro que mi pastel es más sabroso." Pero en el fondo, sentía una punzada de envidia al ver la alegría y la colaboración de los demás.
La envidia de Doña Gruñona creció y creció hasta que se convirtió en una nube oscura que la rodeaba. Los niños dejaron de acercarse a ella, las flores de su jardín se marchitaron, y hasta su gato, Don Gato, la evitaba. Fue entonces cuando, con un estruendo suave, apareció Dientes Dulces. Doña Gruñona, al verlo, gritó: "¡No me comas! ¡No soy tan mala!". Dientes Dulces sonrió con sus dientes afilados pero amables. "No voy a comerte", dijo con una voz dulce como la miel. "Solo voy a tomar un poco de esa envidia que te está haciendo daño a ti y a los demás".
Con un movimiento de su cola escamosa, Dientes Dulces aspiró la nube oscura que rodeaba a Doña Gruñona. Al instante, la mujer sintió una ligereza en el corazón. Miró a su alrededor y, por primera vez en mucho tiempo, vio la belleza del pueblo y la alegría de sus vecinos. Se acercó a una vecina que estaba decorando su puerta con guirnaldas de flores y le dijo: "¡Qué bonitas te están quedando! ¿Puedo ayudarte?". La vecina, sorprendida, sonrió y le dio un ramo de flores. Doña Gruñona sintió una calidez en el pecho que nunca antes había experimentado.
Mientras tanto, en una cueva oscura y polvorienta, vivía Don Avariento. Era tan avaro que guardaba monedas de oro hasta debajo de la almohada. No compartía nada con nadie y vivía con miedo de que alguien le robara sus tesoros. Al oír hablar de Dientes Dulces, se encerró en su cueva y reforzó las puertas con cadenas y candados. "¡Ese dragón no va a tocar mi oro!", gritaba a los cuatro vientos.
Pero la avaricia, como la envidia, es un sentimiento muy fuerte. Y Dientes Dulces podía sentirla a kilómetros de distancia. Un día, mientras Don Avariento contaba sus monedas por enésima vez, la cueva empezó a temblar. De pronto, la entrada se iluminó con un resplandor dorado. Era Dientes Dulces. Don Avariento, temblando como una hoja, se escondió detrás de un montón de oro. "¡Déjame en paz!", gritó. "¡Este oro es mío!".
Dientes Dulces no dijo nada. Simplemente, miró el oro con sus grandes ojos amables. De repente, el oro empezó a perder su brillo. Se veía opaco y sin vida. Don Avariento, al ver esto, sintió un dolor profundo en el corazón. No era el dolor de perder su oro, sino el dolor de darse cuenta de que todo ese tiempo había estado desperdiciando su vida en algo que no le daba verdadera felicidad.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó Don Avariento con voz temblorosa. "Estoy mostrando a tu oro lo inútil que es si no se comparte", respondió Dientes Dulces. "El verdadero tesoro está en la alegría de dar y en la felicidad de ayudar a los demás". Don Avariento, con lágrimas en los ojos, entendió la lección. Abrió las puertas de su cueva y salió al pueblo. Compartió su oro con los necesitados, ayudó a construir un nuevo hospital y organizó fiestas para los niños. Y, por primera vez en su vida, sintió una verdadera alegría.
Dientes Dulces siguió viajando por el valle, combatiendo la envidia y la avaricia. No era un trabajo fácil, pero sabía que era importante. Porque un mundo sin envidia y avaricia es un mundo donde todos pueden ser felices y vivir en armonía. Y esa, pensaba Dientes Dulces, era la mayor recompensa de todas. Y así, Dientes Dulces, el dragón que comía envidia, se convirtió en una leyenda, un recordatorio de que los sentimientos más oscuros pueden ser transformados en luz y alegría.
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