Fuego, el Dragón que Aprendió a Respirar
Fuego, un pequeño dragón, tiene un problema: cuando se enoja, lanza fuego sin querer. Su abuela le enseña a controlar su ira mediante la respiración, permitiéndole jugar con sus amigos y usar su fuego para iluminar las estrellas por la noche.
Había una vez un pequeño dragón llamado Fuego. Era un dragón juguetón y curioso, pero tenía un pequeño problema: ¡era muy, muy enojón! Cada vez que se enojaba… ¡puf! salía humo por su nariz y ¡zas! terminaba largando fuego sin querer. No lo hacía a propósito, pero simplemente no podía controlarlo. Era como si un volcán viviera dentro de él, listo para erupcionar al menor disgusto. Cuando sus amigos no querían jugar a lo que él decía, se enojaba. Y claro, ¡fuego! Quemaba sin querer las bonitas flores que estaban cerca. Cuando le salía mal un dibujo, también se enojaba. La punta de su lápiz se rompía, el papel se arrugaba, y… ¡fuego! Adiós al dibujo. Y cuando algo no era como quería, ¡su fuego quemaba todo a su alrededor! Sus juguetes, sus libros, a veces incluso las colas de sus amigos, aunque sin querer, ¡por supuesto! Los otros dragones pequeños a veces tenían miedo de jugar con Fuego. No querían que sus preciosas escamas terminaran chamuscadas. Fuego se sentía muy solo. Él quería jugar y divertirse, pero su temperamento lo arruinaba todo. Un día, su abuela dragona, la más sabia de todos los dragones del valle, lo miró con sus ojos llenos de arrugas y cariño, y le dijo: —Fuego, mi pequeño volcán, no necesitas quemar todo cuando estás enojado. El fuego vive dentro tuyo, es cierto, pero vos podés aprender a controlarlo. El fuego es una gran fuerza, pero necesita un buen guía. —¿Cómo, abuela? —preguntó Fuego, con sus ojos llenos de esperanza. Él realmente quería cambiar. —Con la respiración, mi niño. Cuando sientas que el fuego viene, que el volcán está a punto de erupcionar, respirás hondo, muy hondo, como si inflaras un globo muy grande… Llená tu pancita de aire, sentí cómo se expande tu pecho. Y después soltás el aire despacito, muy despacito, como si apagaras una vela con un suave soplido. Imaginá que ese soplido se lleva toda tu ira, toda tu frustración. Fuego frunció el ceño. Parecía demasiado simple. Pero confió en su abuela. Ella siempre sabía qué hacer. Fuego lo intentó. Al principio le costó muchísimo. La primera vez, se enojó porque no podía inflar el globo imaginario lo suficientemente grande. ¡Puf! Un pequeño chisporroteo escapó de su nariz. Pero la abuela sonrió pacientemente y lo animó a intentarlo de nuevo. Lo intentó una y otra vez. Poco a poco, descubrió que cuando respiraba así, el fuego se calmaba. No desaparecía por completo, pero ya no era un fuego descontrolado. Se sentía como un calorcito agradable en su interior, un calorcito que podía controlar. Ya no quemaba sus juguetes cuando perdía un juego. Ya no asustaba a sus amigos cuando no estaban de acuerdo con él. Ya no arruinaba sus dibujos cuando se equivocaba. Desde ese día, cada vez que sentía que la ira comenzaba a crecer dentro de él, en lugar de explotar, Fuego decía: —¡Necesito respirar como un dragón! Y cerraba los ojos, inflaba su pancita como un globo gigante, y luego soltaba el aire suavemente, como apagando una vela. A veces lo hacía una vez, a veces necesitaba hacerlo dos o tres veces. Pero siempre funcionaba. Volvió a jugar y divertirse con todos sus amigos, construyendo castillos de arena, volando por el cielo, y contando historias alrededor de la fogata. Aprendió a guardar su fuego solo para encender las estrellas por la noche, creando un espectáculo maravilloso para todos los habitantes del valle. Fuego ya no era conocido como el dragón enojón. Ahora era conocido como Fuego, el dragón que sabía respirar. Y todos los pequeños dragones del valle aprendieron de él, aprendiendo que incluso el fuego más poderoso puede ser controlado con un poco de paciencia y… ¡mucha respiración! Y así, Fuego vivió feliz para siempre, controlando su fuego interior y iluminando el mundo con su bondad y su hermosa luz estelar.
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