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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un bosque lleno de árboles altos y flores de colores, un conejito llamado Tito. Tito era un conejito muy juguetón y le encantaba saltar, correr y comer zanahorias. Pero Tito tenía un pequeño problema. A veces, cuando se frustraba o se enojaba, decía palabritas feas. ¡Palabritas que no eran nada bonitas!
Un día, Tito estaba construyendo una torre con sus bloques de madera. ¡Quería que fuera la torre más alta del bosque! Pero los bloques no se quedaban quietos. Se caían una y otra vez. Tito frunció el ceño. Estaba a punto de decir una palabrita fea, pero… ¡Oh, no! Se acordó de lo que le había dicho su mamá.
"Tito," le había dicho su mamá Coneja con una sonrisa suave, "las palabritas feas son como piedritas. Pueden lastimar a los demás y también a ti mismo. Mejor usa palabras bonitas, como por favor, gracias o lo siento. Esas palabras son como flores. ¡Huelen muy bien!"
Tito respiró hondo. En lugar de decir una palabrita fea, dijo: "¡Ay, no! ¡Se cayeron otra vez!". Luego, pensando en las palabras de su mamá, intentó otra vez. Y otra vez. Pero los bloques seguían cayéndose. Tito se estaba sintiendo muy frustrado.
De repente, una mariquita roja con puntitos negros se posó en su nariz. Tito se rió. La mariquita cosquilleaba. "¡Hola, pequeña mariquita!", dijo Tito. La mariquita voló hacia un bloque de madera y se quedó allí, como si lo estuviera sosteniendo.
Tito tuvo una idea. "¡Quizás necesito ayuda!", pensó. Vio a su amiga ardilla, Lila, jugando cerca de un árbol. "¡Lila!", gritó Tito. "¿Puedes ayudarme a construir mi torre? ¡Se está cayendo!".
Lila corrió hacia Tito. "¡Claro que sí, Tito!", dijo Lila. "Construir torres es divertido". Juntos, Tito y Lila empezaron a construir la torre. Lila era muy buena para colocar los bloques con cuidado. Y Tito era muy bueno para encontrar los bloques más grandes y fuertes.
Esta vez, los bloques no se caían. Poco a poco, la torre se hacía más alta y más alta. Tito y Lila trabajaban juntos, riendo y hablando. Se decían cosas como "por favor", "gracias" y "¡qué bien lo estás haciendo!".
Finalmente, la torre estuvo terminada. ¡Era la torre más alta que Tito había construido jamás! Tito y Lila estaban muy orgullosos. "¡Lo logramos!", gritó Tito. Le dio un abrazo a Lila. "¡Gracias por ayudarme, Lila! ¡Eres la mejor amiga del mundo!".
Lila sonrió. "De nada, Tito. Me encanta ayudarte".
De repente, Tito se dio cuenta de algo. ¡No había dicho ni una sola palabrita fea! Estaba tan ocupado trabajando con Lila y usando palabras bonitas que se había olvidado por completo de las palabritas feas.
Desde ese día, Tito intentó siempre usar palabras bonitas. Cuando se sentía frustrado o enojado, respiraba hondo y pensaba en las palabras de su mamá Coneja. Recordaba que las palabras bonitas eran como flores y que las palabritas feas eran como piedritas. Y prefería llenar el bosque con flores, ¡no con piedritas!
Un día, Tito estaba jugando con una pelota. La lanzó muy alto, pero la pelota aterrizó en un charco de lodo. ¡La pelota estaba toda sucia! Tito sintió la frustración subir por su garganta. Estuvo a punto de decir una palabrita fea, pero se detuvo.
"¡Oh, no! ¡Mi pelota!", dijo Tito. Luego, respiró hondo. "Necesito limpiarla". Corrió a buscar a su mamá. "Mamá, ¿me ayudas a limpiar mi pelota? Se cayó en el lodo".
Su mamá Coneja sonrió. "Claro que sí, Tito. Vamos a limpiarla juntos". Juntos, lavaron la pelota con agua y jabón. Pronto, la pelota estaba limpia y brillante otra vez.
Tito abrazó a su mamá. "Gracias, mamá", dijo Tito. "Eres la mejor mamá del mundo".
Su mamá Coneja le dio un beso en la frente. "Y tú eres el mejor conejito del mundo", dijo ella. "Estoy muy orgullosa de ti por usar palabras bonitas".
Tito sonrió. Sabía que usar palabras bonitas era mucho mejor que decir palabritas feas. Las palabras bonitas hacían felices a los demás y también lo hacían feliz a él. Y eso, pensó Tito, ¡era lo más importante de todo! Así, Tito el conejito siguió jugando y aprendiendo, siempre recordando que las palabras tienen poder y que las palabras bonitas siempre son la mejor opción. ¡Colorín colorado, este cuento se ha acabado!
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