¡No Soy Cara de Mono! ¡Soy Miguel!
Miguel se siente mal cuando un niño lo llama "cara de mono". Con la ayuda de su abuela, aprende que las palabras solo tienen el poder que uno les da y que lo importante es saber quién es uno mismo. Miguel se hace amigo del niño que lo insultó, demostrando que la amabilidad y el perdón son más fuertes que las palabras hirientes.

Miguel era un niño pequeño, de esos que siempre están corriendo y riendo. Pero un día, algo cambió. Otro niño, un poco más grande y con una voz más fuerte, le gritó: "¡Cara de mono!" Las palabras resonaron en la cabeza de Miguel como un tambor. Se sintió avergonzado, triste y, sobre todo, confundido. ¿Cara de mono? ¿Él? Se miró en el reflejo del escaparate de una tienda. Vio su pelo castaño, sus ojos grandes y marrones, su nariz pequeña y sus orejas… bueno, sí, quizás sus orejas sobresalían un poco. Pero, ¿eso lo convertía en una "cara de mono"? Esa noche, Miguel no pudo dormir. Las palabras seguían dando vueltas en su cabeza. Se levantó y fue a buscar a su abuela, Abuela Elena. Abuela Elena tenía el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que iluminaba toda la casa. Ella siempre tenía la respuesta a todo. "Abuela," susurró Miguel, sentándose a su lado en la cama. "Hoy, un niño me llamó cara de mono. ¿Soy… soy una cara de mono?" Abuela Elena lo abrazó con fuerza. "Ay, mi Miguelito," dijo con voz suave. "Claro que no eres una cara de mono. Eres Miguel, un niño maravilloso, inteligente y muy, muy especial." "Pero… ¿y mis orejas?" preguntó Miguel, señalándose las orejas con timidez. Abuela Elena sonrió. "Tus orejas son perfectas. Son las orejas de Miguel, las orejas que te ayudan a escuchar los pájaros cantar, a escuchar mis historias y a escuchar las risas de tus amigos. Cada parte de ti es única y te hace ser quien eres." Al día siguiente, Miguel fue al parque con la abuela Elena. Estaba un poco nervioso, temiendo encontrarse con el niño que lo había insultado. Abuela Elena le cogió la mano y le dijo: "Recuerda, Miguel, las palabras solo tienen el poder que tú les des. No dejes que las palabras de otros te definan." En el parque, vio al niño que lo había llamado "cara de mono". El niño estaba jugando solo con una pelota. Miguel dudó por un momento, pero recordó las palabras de su abuela. Se acercó al niño y le dijo con voz clara: "Hola. Me llamo Miguel." El niño lo miró con sorpresa. "Yo soy Pablo," respondió. "Ayer me dijiste cara de mono," continuó Miguel. "Eso me hizo sentir muy mal. Yo no soy una cara de mono. Soy Miguel, y me gusta jugar al fútbol y leer libros de aventuras." Pablo se sonrojó. "Lo siento," dijo tímidamente. "No quería hacerte sentir mal. Es que estaba enfadado porque perdí mi pelota favorita." Miguel lo miró con comprensión. "Entiendo. A veces, cuando estamos enfadados, decimos cosas que no queremos decir." Le ofreció su pelota. "¿Quieres jugar conmigo?" Pablo sonrió. "Sí, quiero." Así, Miguel y Pablo comenzaron a jugar juntos. Se olvidaron de las palabras hirientes y se divirtieron mucho. Miguel se dio cuenta de que Abuela Elena tenía razón. Las palabras solo tienen el poder que uno les da. Y él decidió no darles poder a las palabras negativas. Esa tarde, Miguel volvió a casa con una sonrisa. Había aprendido una lección importante: no importa lo que digan los demás, lo importante es saber quién eres tú. Y él era Miguel, un niño maravilloso, con orejas únicas y un corazón lleno de alegría. Y eso era mucho más importante que cualquier insulto. Abuela Elena lo esperaba con un abrazo y una taza de chocolate caliente. Miguel sabía que, con el amor y el apoyo de su abuela, podía superar cualquier obstáculo. Ya no era "cara de mono", era Miguel, ¡y estaba orgulloso de serlo! Desde ese día, Miguel siempre recordaba que las palabras bonitas construyen puentes y las palabras feas, muros. Y él prefería construir puentes, ¡muchos puentes! Y jugaba con Pablo todos los días, siendo el mejor amigo que podía ser. A veces, Pablo se equivocaba y decía cosas feas sin querer, pero Miguel le recordaba que las palabras importan y que siempre hay que pedir perdón. Y Pablo aprendía y se esforzaba por ser mejor. Y así, los dos niños, con orejas únicas y corazones grandes, aprendieron a ser mejores amigos y a construir un mundo mejor con sus palabras y acciones.
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