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En el corazón de las verdes praderas de Uruguay, donde el pasto brilla como esmeraldas bajo el sol charrúa, vivía una oveja llamada Pelusa. Pelusa no era una oveja común; era una oveja Merino con un sueño gigante. Durante trescientos sesenta y cinco días, Pelusa se había preparado para el evento más importante del año: la Gran Exposición del Prado en Montevideo. Su objetivo era claro: ganar el premio al 'Mejor Vellón', la condecoración a la lana más suave, blanca y cuidada de todo el país.
Pelusa había sido extremadamente cuidadosa. No se acercaba a los arbustos espinosos para no enredar sus rizos, evitaba los charcos de lodo incluso en los días de calor intenso y permitía que su dueño, un joven gaucho llamado Mateo, la cepillara durante horas cada tarde. Su lana era tan esponjosa que parecía una nube que hubiera decidido bajar a caminar por el campo. 'Este año el premio será mío', balaba con orgullo mientras se miraba en el reflejo del arroyo.
Finalmente, llegó el día. Camiones cargados de animales de todas partes de Uruguay —de Artigas, de Colonia, de Durazno— llegaron al predio del Prado. El ambiente estaba lleno de música folclórica, olor a asado y el murmullo de la gente emocionada. Pelusa caminaba con la cabeza en alto, luciendo su impecable blancura. Sin embargo, al llegar a los establos de preparación, su corazón dio un vuelco. Justo en el corral de al lado, se encontraba un carnero imponente llamado Copito.

Copito tenía una lana que brillaba tanto como la de Pelusa. Era sedosa, perfectamente rizada y se veía tan suave como el algodón de azúcar. Pelusa sintió una punzada de envidia que nunca antes había experimentado. 'No puede ser', pensó con enojo. 'He trabajado un año entero para esto. No permitiré que un carnero presumido me quite el trofeo'.
En lugar de saludar con amabilidad, Pelusa comenzó a tramar un plan. Observó que cerca de la entrada a la pista de desfile había un pequeño sector donde el suelo estaba húmedo debido a una manguera que goteaba. Pensó que si lograba empujar a Copito hacia ese rincón justo antes de entrar, su lana se mancharía de barro y los jueces lo descalificarían de inmediato. Durante toda la mañana, Pelusa le lanzó miradas desafiantes y balidos burlones, pero Copito solo le respondía con una mirada tranquila y pacífica.
Llegó el momento del desfile final. Los animales comenzaron a caminar en fila hacia la pista central, rodeada de banderas y gente aplaudiendo. Pelusa caminaba justo detrás de Copito. Al acercarse al sector húmedo, Pelusa aceleró el paso, preparándose para darle un empujoncito lateral al carnero. Estaba tan concentrada en su travesura que no se dio cuenta de que sus propias patas pisaron una zona resbaladiza.

De repente, el mundo pareció moverse en cámara lenta. Pelusa perdió el equilibrio, sus patas se abrieron y comenzó a caer de lado, directo hacia un charco de barro oscuro que arruinaría su vellón en un segundo. Cerró los ojos con fuerza, esperando el desastre. Pero el impacto nunca llegó. Sintió algo firme y fuerte que la sostenía por el costado, estabilizándola justo a tiempo.
Al abrir los ojos, Pelusa vio que Copito se había detenido y, usando su propio cuerpo como apoyo, la había rescatado de la caída. Él se había arriesgado a ensuciarse solo para ayudarla. Pelusa se quedó sin aliento. El carnero la miró con dulzura y le preguntó en un suave balido: '¿Estás bien, compañera? Casi te das un buen susto'.
La vergüenza invadió a Pelusa. Se dio cuenta de lo injusta que había sido. Ella había intentado perjudicar a alguien que, sin dudarlo, la había salvado. Con el corazón arrepentido y las mejillas calientes, Pelusa bajó la cabeza. 'Lo siento mucho, Copito', susurró. 'Estaba tan obsesionada con ganar que me olvidé de ser una buena compañera. Tu lana es hermosa, y tu corazón lo es aún más'.
Copito sonrió y le propuso algo inesperado: '¿Qué te parece si entramos juntos? El Prado es más divertido cuando se comparte'. Y así lo hicieron. Pelusa y Copito entraron a la pista caminando lado a lado, como un equipo. Los jueces y el público quedaron maravillados por la armonía de la pareja.
Al final de la tarde, el jurado anunció a los ganadores. El premio mayor fue para una oveja de Soriano que tenía un vellón excepcional. Pelusa y Copito no ganaron ninguna medalla de oro, pero mientras regresaban a sus corrales, Pelusa se sentía más feliz que si tuviera diez cintas azules colgando de su cuello. Había descubierto que una amistad sincera brilla mucho más que cualquier lana, y que la verdadera belleza no está en el vellón, sino en los actos de bondad. Desde ese día, Pelusa y Copito fueron los mejores amigos, esperando con ansias el próximo año para volver a encontrarse en el Prado.
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