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Gratis · elegí una vozPepe y Pipo eran dos conejitos hermanos que vivían en una madriguera acogedora cerca de un lago brillante. Les encantaba saltar entre los árboles y jugar a las escondidas entre las flores silvestres. Pero lo que más les gustaba era visitar a sus amigos los gansos, que siempre estaban nadando alegremente en el lago.
Cada mañana, Pepe y Pipo recogían las manzanas más rojas y jugosas de un viejo manzano que crecía cerca de su madriguera. Luego, con sus pequeñas patas llenas de manzanas, corrían hacia el lago, gritando: "¡Gansos, gansos, aquí estamos! ¡Traemos manzanas deliciosas!"
Los gansos, al escuchar sus voces alegres, nadaban rápidamente hacia la orilla, graznando contentos. A los gansos les encantaban las manzanas que les llevaban Pepe y Pipo. Compartían las manzanas entre todos, grandes y pequeños, y luego se acurrucaban junto a los conejitos para contar historias.
Un día soleado, mientras Pepe y Pipo se dirigían al lago con sus manzanas, no se dieron cuenta de que dos pares de ojos amarillos los observaban desde detrás de unos arbustos. Eran dos gatos grandes y hambrientos, llamados Bigotes y Sombra. Bigotes era gordo y perezoso, pero Sombra era ágil y astuto. Habían estado observando a los conejos durante días, planeando cómo atraparlos para el almuerzo.
"Hoy es el día, Sombra", siseó Bigotes, relamiéndose los bigotes. "Hoy probaremos el conejo al horno."
Sombra asintió, con los ojos fijos en Pepe y Pipo. "Esperaremos a que estén lo suficientemente lejos de su madriguera y luego… ¡ZAS!"
Cuando los conejitos llegaron al lago y comenzaron a llamar a los gansos, Bigotes y Sombra se lanzaron desde los arbustos, corriendo hacia ellos con las garras extendidas. "¡Miau! ¡Los atraparemos!" gritaron los gatos.
Pepe y Pipo se asustaron muchísimo. Dejaron caer las manzanas y corrieron tan rápido como pudieron, con los gatos pisándoles los talones. Los gansos graznaban alarmados, pero no podían hacer mucho para ayudar.
"¡Corran, Pepe! ¡Corran, Pipo!" graznó Mamá Ganso, desesperada.
Los conejitos corrían con el corazón latiéndoles a mil por hora. Los gatos estaban cada vez más cerca. Parecía que no había escapatoria.
De repente, un aleteo de colores brillantes llenó el aire. Una gran parvada de mariposas, miles y miles de mariposas de todos los colores imaginables, voló desde el bosque y se interpuso entre los conejos y los gatos. Las mariposas volaban en círculos, creando una pared de alas vibrantes que cegó a Bigotes y Sombra.
"¡Qué es esto!" gritó Bigotes, tosiendo mientras las mariposas revoloteaban a su alrededor. "¡No puedo ver nada!"
Sombra también estaba confundido y desorientado. Las mariposas le picaban la nariz y le enredaban los bigotes. No podía ver a los conejos por ninguna parte.
Pepe y Pipo, aprovechando la confusión, se escondieron rápidamente detrás de un gran árbol. Esperaron, temblando, hasta que los gatos, frustrados y cubiertos de polvo de mariposa, se rindieron y se alejaron, refunfuñando entre dientes.
Una vez que los gatos estuvieron fuera de la vista, las mariposas se dispersaron lentamente, volando de regreso al bosque. Pepe y Pipo salieron de su escondite, respirando aliviados.
"¡Gracias, mariposas!" gritaron los conejitos. "¡Nos han salvado la vida!"
Una de las mariposas más grandes, una mariposa monarca con alas naranjas y negras, voló hacia Pepe y Pipo. "No hay de qué", dijo la mariposa, con una voz suave como el susurro del viento. "Siempre cuidamos de los que son amables con la naturaleza. Sabíamos que eran buenos amigos de los gansos y que siempre compartían las manzanas. Los buenos amigos siempre se ayudan unos a otros."
Pepe y Pipo sonrieron. Aprendieron una valiosa lección ese día: la amistad y la bondad siempre son recompensadas. Recogieron las manzanas que habían caído al suelo y corrieron a abrazar a los gansos, contándoles todo sobre su aventura y el rescate mariposa.
Desde ese día, Pepe y Pipo siguieron visitando a sus amigos los gansos, llevando manzanas y compartiendo historias. Y cada vez que veían una mariposa, le daban las gracias por su valentía y su amistad. Y Bigotes y Sombra, bueno, aprendieron que no siempre se puede conseguir lo que se quiere, especialmente si te metes con los amigos de las mariposas. ¡Y vivieron felices para siempre, o al menos hasta la próxima vez que quisieran un conejo al horno!
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