
Todavía recuerdo aquella historia como si estuviera viendo al lorito entre las hojas de la palma.
Un día, mi papá se fue de cacería. Caminaba por el monte, entre los árboles y los sonidos de la naturaleza, cuando encontró un lorito recién nacido.
Estaba solito, allá arriba, entre las hojas de una palma. Era pequeño y frágil, y parecía necesitar que alguien lo ayudara.
Mi papá lo recogió y lo llevó a nuestra casa. Desde entonces, el lorito comenzó a formar parte de nuestra vida.
Al principio era muy pequeño. Lo cuidábamos y estábamos pendientes de él. Poco a poco fue creciendo y aprendiendo a vivir junto a nosotros.
Ya no parecía aquel animalito que habíamos encontrado solo en la palma; cada día se hacía más cercano, más alegre y más familiar.
A veces gritaba. Otras veces hacía sonidos como si quisiera conversar con nosotros.
Cuando estaba contento, parecía que bailaba. Movía su cuerpo y sus alas de un lado para otro, como si la alegría le sobrara y no pudiera quedarse quieto.
Pasaron los días y ocurrió algo que nos sorprendió mucho: comenzó a hablar. Primero fueron sonidos sueltos, pequeños intentos de imitar lo que escuchaba.
Después logró decir una palabra que para nosotros tiene un significado muy especial: —Panko.
Esa palabra significa «hola» y también expresa agradecimiento. Cada vez que lo escuchábamos decir «paiko», sentíamos como si nos estuviera saludando a su manera, como si hubiera encontrado una voz para decirnos que estaba bien y que también nos reconocía como parte de su vida.
Yo lo miraba y pensaba en aquel día en que mi papá lo encontró en la palma. ¡Qué pequeño era entonces y cuánto había cambiado!
El monte nos lo había entregado frágil y silencioso, y en nuestra casa había aprendido a crecer, a jugar, a gritar, a bailar y hasta a decir una palabra para saludarnos.
El lorito se convirtió así en un compañero de la familia. Su presencia llenaba la casa de sonidos y alegría.
Y nosotros también aprendimos algo de él: que no siempre hace falta hablar como los seres humanos para expresar cariño.
A veces basta un sonido, un movimiento de las alas o una pequeña palabra.
Paiko.
Una palabra sencilla, pero que para nosotros guarda el recuerdo de aquel lorito que un día encontramos en una palma y que, con el tiempo, también encontró un lugar en nuestros corazones.





