"El Dragón Tembloroso y la Escuela Arcoíris"
Mateo está aterrorizado de ir a su nueva escuela, imaginando un lugar horrible. Pero al llegar a la Escuela Arcoíris, descubre que está llena de amigos, colores y diversión, superando su miedo y disfrutando de su nueva aventura.
Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de casas coloridas y árboles frutales, un niño llamado Mateo. Mateo no era un niño cualquiera; en su imaginación, era un valiente caballero, un explorador espacial, ¡y a veces incluso un dragón! Pero hoy, Mateo no se sentía valiente en absoluto. Hoy era el primer día en su nueva escuela, la Escuela Arcoíris, y Mateo sentía un temblor en su barriga, como si un pequeño dragón estuviera intentando salir. "¡No quiero ir!" gritó Mateo, escondiéndose detrás de su mamá mientras caminaban hacia la escuela. "¡Es un lugar desconocido! ¡Quizás haya monstruos! ¡O peor... deberes muy difíciles!" La mamá de Mateo sonrió. "Cariño, no hay monstruos en la Escuela Arcoíris. Solo niños amigables, maestras cariñosas y muchas cosas nuevas por aprender. Y los deberes no son tan terribles, ¡te lo prometo! Piensa en ello como una aventura, como cuando exploras el bosque detrás de casa." Pero Mateo seguía sin estar convencido. Imaginó la escuela como una enorme fortaleza gris, llena de pasillos laberínticos y pupitres de piedra. En lugar de niños jugando, vio pequeños robots programados para estudiar sin parar. ¡Qué horror! Cuando llegaron a la Escuela Arcoíris, Mateo se aferró a la mano de su mamá con todas sus fuerzas. La escuela, en realidad, no era una fortaleza gris. Era un edificio alegre, pintado con los colores del arcoíris, con un jardín lleno de flores y un parque infantil con columpios y toboganes. Aun así, Mateo se sentía nervioso. En la entrada, una maestra con una sonrisa brillante los saludó. "¡Bienvenidos a la Escuela Arcoíris! Soy la señorita Clara. ¡Y tú debes ser Mateo!" La señorita Clara se agachó para estar a la altura de Mateo y le ofreció una pegatina de un sol sonriente. Mateo tomó la pegatina, pero aún no dijo nada. Se escondió un poco detrás de su mamá. "Mateo, ¿por qué no entras y ves cómo es tu clase?" sugirió su mamá. "Te esperaré aquí un ratito." Con mucha cautela, Mateo entró a la clase. Era un aula llena de colores, con dibujos colgados en las paredes y estanterías repletas de libros. Varios niños estaban sentados en una alfombra, escuchando un cuento que leía la señorita Clara. Al ver a Mateo, la señorita Clara le sonrió. "¡Mira, chicos! Tenemos un nuevo amigo. Él es Mateo." Los niños saludaron a Mateo con entusiasmo. Algunos le sonrieron, otros le hicieron señas para que se uniera a ellos en la alfombra. Mateo, tímidamente, se acercó a la alfombra y se sentó al lado de una niña con coletas rojas. La niña le sonrió y le dijo: "Hola, me llamo Sofía. ¿Te gusta este cuento? ¡Es sobre un dragón que aprende a volar!" Mateo se sorprendió. ¡Un dragón! Tal vez esta escuela no era tan mala después de todo. Empezó a escuchar el cuento con atención. La señorita Clara tenía una voz muy dulce y el cuento era muy divertido. Mateo se olvidó por un momento de su miedo. Después del cuento, la señorita Clara propuso un juego. "Vamos a pintar un arcoíris gigante entre todos", dijo. "Cada uno elige un color y pinta una parte del arcoíris." Mateo eligió el color azul. Le encantaba el azul del cielo y del mar. Con un pincel gordo, pintó una gran franja azul en el papel. Sofía, la niña de las coletas rojas, pintó una franja roja justo al lado de la suya. Juntos, crearon un arcoíris precioso. Durante el resto de la mañana, Mateo jugó con los otros niños, construyó una torre con bloques, aprendió una canción nueva y hasta probó un poquito de la merienda que había traído Sofía. Se dio cuenta de que la Escuela Arcoíris no era una fortaleza gris llena de robots. Era un lugar lleno de amigos, colores y aventuras. Cuando llegó la hora de irse, Mateo corrió a abrazar a su mamá con una sonrisa radiante. "¡Mamá, me encanta la Escuela Arcoíris!" exclamó. "¡Es la mejor escuela del mundo! Quiero volver mañana." Su mamá sonrió. "Ya lo sabía, cariño. Te dije que sería una aventura." Al día siguiente, Mateo no tuvo que ser arrastrado a la escuela. Entró corriendo, saludando a todos con entusiasmo. Sabía que la Escuela Arcoíris era un lugar donde podía ser él mismo, donde podía explorar, aprender y, sobre todo, donde podía ser un dragón… ¡pero un dragón feliz! Y aunque a veces todavía sentía un pequeño temblor en su barriga, ya no era un dragón tembloroso de miedo, sino un dragón emocionado por todas las cosas maravillosas que le esperaban en la Escuela Arcoíris.
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