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El Fantasmita del Cascabel de Plata
Edades 6-8 · Página 1 de 6

Lectura
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En lo más alto de una colina, dentro de una mansión que todos en el pueblo llamaban 'La Casa de los Suspiros', vivía un habitante muy especial. No era un ratón, ni un búho, sino un pequeño fantasma llamado Bastián. Bastián no era como los fantasmas de los cuentos de terror; era pequeño, de un color azul traslúcido que brillaba suavemente en la oscuridad, y llevaba un pequeño cascabel de plata atado al cuello con un hilo de seda. Cada vez que se movía, un suave 'clinc-clinc' resonaba por los pasillos.
Bastián tenía un gran problema: no sabía asustar. Lo había intentado todo. Practicaba sus '¡Bú!' frente al espejo, pero terminaba riéndose de su propia cara. Intentaba arrastrar cadenas, pero pesaban tanto que se tropezaba y terminaba rodando por las escaleras. Su mayor deseo era participar en la noche de Halloween, pero temía que los demás se burlaran de un fantasma tan poco aterrador.
Llegó la noche de Halloween. El pueblo estaba iluminado por calabazas con sonrisas de fuego y niños disfrazados que corrían de un lado a otro. Desde su ventana, Bastián observaba con envidia. De repente, vio a un niño que caminaba solo por el sendero hacia la mansión. Era Leo, un niño de ocho años con el cabello castaño alborotado y piel bronceada, que vestía un disfraz de dinosaurio verde con brillantes púas amarillas. Leo parecía triste y sostenía una calabaza de plástico vacía.
—¡Esta es mi oportunidad! —pensó Bastián—. Si logro darle un susto pequeño, quizás me sienta como un verdadero fantasma.
Bastián bajó flotando las escaleras, haciendo que su cascabel sonara rítmicamente. Cuando Leo entró en el porche de la casa, Bastián se escondió detrás de una armadura antigua. El niño suspiró y se sentó en el escalón.
—No es justo —murmuró Leo—. Todos mis amigos corren rápido y yo, con este disfraz de dinosaurio, siempre me quedo atrás. Ahora no tengo dulces y estoy perdido.
Al oír esto, el corazón traslúcido de Bastián se encogió. Ya no quería asustarlo; quería ayudarlo. Salió de su escondite flotando lentamente. El cascabel sonó: 'clinc-clinc'.
Leo levantó la vista y sus ojos se abrieron de par en par. Vio a la pequeña figura azulada que flotaba frente a él. Bastián esperó un grito, una carrera desesperada, pero lo que escuchó fue algo muy distinto.
—¡Guau! —exclamó Leo, acercándose con curiosidad—. ¡Ese es el mejor efecto especial que he visto! Tu disfraz brilla de verdad y ese sonido de cascabel es genial. ¿Cómo haces para flotar así?
Bastián se quedó mudo por un momento. Luego, recordó que en Halloween todos llevan disfraces. Si Leo pensaba que él era un niño disfrazado, ¡podría pasar la noche con él! Con un esfuerzo, Bastián bajó hasta el suelo y caminó (o más bien, rebotó) junto a Leo.
—Soy Bastián —dijo con una voz que sonaba como el viento entre las hojas.
—Yo soy Leo. ¿Quieres venir conmigo a buscar dulces? Conozco las casas que dan las mejores barras de chocolate, pero me da un poco de miedo ir solo por el bosque.
Bastián asintió entusiasmado. Juntos, el niño dinosaurio y el fantasma azul recorrieron el pueblo. Bastián usó sus poderes de forma discreta: hacía que las calabazas se encendieran cuando pasaban y usaba un poco de brisa para mover las hojas secas en círculos mágicos, creando un ambiente festivo y asombroso. Los otros niños se acercaban maravillados, pensando que Leo tenía el amigo con el mejor disfraz del mundo.
Al final de la noche, la calabaza de Leo estaba llena hasta el borde. Regresaron a la Casa de los Suspiros, donde la luna llena iluminaba el jardín. Leo sacó un gran chocolate y se lo ofreció a Bastián.
—Gracias por acompañarme, Bastián. Ha sido el mejor Halloween de mi vida.
Bastián intentó tomar el chocolate, pero su mano lo atravesó. Leo se quedó helado, mirando cómo el dulce caía al suelo pasando a través de la mano azulada. El secreto había salido a la luz. Bastián bajó la cabeza, esperando que Leo saliera huyendo.
Sin embargo, Leo recogió el chocolate, lo peló y lo dejó sobre el muro de piedra.
—Así que... ¿eres un fantasma de verdad? —preguntó Leo en voz baja.
Bastián asintió con tristeza, haciendo sonar su cascabel.
—¡Eso es increíble! —gritó Leo con una sonrisa—. ¡Tengo un amigo fantasma! ¿Prometes que el próximo año volveremos a salir?
Bastián brilló con más intensidad que nunca. No solo había aprendido que no necesitaba asustar para ser un fantasma, sino que había encontrado lo que más deseaba: un amigo. Desde esa noche, la Casa de los Suspiros pasó a llamarse 'La Casa del Cascabel', y cada Halloween, un dinosaurio verde y un brillo azul recorren las calles, compartiendo dulces y risas bajo las estrellas.




