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Blancanieves y el Reino Mágico del Siete — leído en voz alta
Leído por Dalia (México) · 5:33 · 834 palabras · 2 reproducciones
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Blancanieves y el Reino Mágico del Siete
Había una vez, en el corazón de un bosque tan verde que parecía pintado con esmeraldas, una dulce niña llamada Blancanieves. Ella no era una niña común; además de su bondad y su piel blanca como la nieve, Blancanieves sentía una fascinación especial por el mundo que la rodeaba. Le encantaba observar las flores, escuchar el canto de los pájaros y, sobre todo, le apasionaba contar. Para ella, los números eran como pequeñas notas musicales que daban orden a la naturaleza, pero de todos ellos, su número favorito era, sin duda alguna, el 7.
Un día, mientras paseaba entre árboles centenarios y mariposas que bailaban al son del viento, Blancanieves encontró un sendero cubierto de piedritas blancas. Siguiendo el camino con curiosidad, llegó a un claro donde se alzaba una casita muy pequeña, con paredes de color crema y un tejado de paja dorada que brillaba bajo el sol. Era la casita más bonita que jamás había visto.
Con mucha delicadeza, Blancanieves empujó la puerta de madera. Al entrar, quedó maravillada. La casa era acogedora y olía a pino fresco y miel silvestre. En el centro de la habitación principal, vio una mesa larga y rústica, perfectamente preparada para una cena especial. Blancanieves, con los ojos brillantes de alegría, no pudo evitar hacer lo que más le gustaba.
—¡Ayúdame a contar! —exclamó con una sonrisa, dirigiéndose a un pequeño pajarito que se había posado en la ventana.
Empezó a recorrer la mesa, tocando cada respaldo de madera tallada: —Una... —dijo tocando la primera silla. —Dos... —continuó con la siguiente. —Tres... cuatro... cinco... seis... ¡y siete sillas! ¡Son exactamente 7 sillas! —gritó dando un pequeño salto de emoción. Todo en esa casa parecía estar en perfecta armonía con su número preferido.
De repente, se escuchó un alegre tarareo que venía desde el bosque. La puerta se abrió de par en par y, para sorpresa de Blancanieves, entraron los dueños de la casa. ¡Eran los 7 enanitos que regresaban de su trabajo en la montaña! Cada uno de ellos era único y, lo más divertido de todo, es que cada uno traía un gorrito de un color diferente, formando un arcoíris humano.
Blancanieves, con el corazón lleno de felicidad, los saludó con una reverencia y decidió presentarse mientras los contaba con su manita, uno por uno:
Primero estaba el enanito del gorro rojo, que parecía ser el más valiente y decidido. Luego, el enanito del gorro azul, que tenía una mirada tranquila como el mar. El tercero era el enanito del gorro verde, amante de todas las plantas del bosque. Le seguía el enanito del gorro amarillo, cuya sonrisa iluminaba toda la estancia. El quinto era el enanito del gorro naranja, siempre lleno de energía y bromas. El sexto, el enanito del gorro morado, que era muy sabio y observador. ¡Y finalmente, el enanito del gorro rosa, que era el más dulce y detallista de todos!
—¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete! ¡Son 7 enanitos! —dijo Blancanieves aplaudiendo con entusiasmo. Los enanitos, al ver la alegría de la niña, se sintieron inmediatamente felices de tenerla en casa.
Como el sol ya se estaba ocultando tras las montañas, los enanitos empezaron a sentir mucha hambre. Blancanieves, que era muy servicial, les pidió que se sentaran a la mesa. Con mucho cuidado, fue a la cocina y trajo una gran olla de sopa caliente que desprendía un aroma delicioso a verduras y especias. Mientras servía, Blancanieves seguía practicando su actividad favorita:
—Un plato para el gorro rojo, dos platos para el azul, tres platos para el verde, cuatro platos para el amarillo, cinco platos para el naranja, seis platos para el morado... ¡y siete platos de sopa para el gorro rosa! ¡7 platos humeantes para mis 7 nuevos amigos! —anunció con orgullo.
Cenaron entre risas, canciones y anécdotas sobre los cristales mágicos de la mina. Los 7 enanitos estaban encantados con la compañía de Blancanieves y su amor por los números.
Cuando terminó la noche y la luna plateada se asomó por la ventana, el cansancio empezó a vencer a los pequeños habitantes de la casa. Todos tenían mucho sueño después de un largo día de trabajo. Antes de que se fueran a descansar, Blancanieves se acercó a cada uno para despedirse de una forma muy especial. Les dio un suave y cariñoso beso de buenas noches en la frente:
—Un beso, dos besos, tres besos, cuatro besos, cinco besos, seis besos... ¡y siete besos de buenas noches! —contó en voz baja para no romper la calma del ambiente.
Los 7 enanitos, sintiéndose muy queridos y cuidados, sonrieron con ternura. Se acurrucaron en sus 7 camitas de madera, se taparon con sus mantas de lana y, casi al unísono, se quedaron profundamente dormidos, soñando con aventuras y números mágicos.
Blancanieves se asomó por la ventana, miró las siete estrellas más brillantes del cielo y supo que aquel bosque era el lugar más maravilloso del mundo. Y colorín colorado, ¡este cuento del número 7 se ha terminado!
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