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Gratis · elegí una vozEra el primer día de clases en la Escuela de las Estrellas Brillantes. Sofía, con su mochila de mariquita, apretaba la mano de su mamá. Mateo, aferrado a su dinosaurio de peluche, miraba el gran edificio con ojos curiosos pero un poco asustados. Ana, con trenzas coloridas y una sonrisa tímida, se escondía detrás de su papá.
Dentro del aula, la Señorita Luna, una maestra con un vestido lleno de lunas y estrellas, los esperaba con una gran sonrisa. "¡Bienvenidos, pequeños exploradores!" dijo con voz suave y alegre. "Soy la Señorita Luna y estoy muy feliz de tenerlos aquí".
Sofía, Mateo y Ana se sentaron en pequeñas sillas alrededor de una mesa redonda. Al principio, se sentían un poco incómodos, pero la Señorita Luna comenzó a contarles una historia sobre un planeta lejano donde todos eran muy amables y respetuosos.
"En ese planeta", dijo la Señorita Luna, "todos seguían algunas reglas mágicas para convivir en armonía. ¿Quieren que les cuente cuáles son esas reglas?"
Los niños asintieron con entusiasmo. La Señorita Luna sacó un gran cartel lleno de dibujos coloridos. "¡Estas son nuestras Reglas de las Estrellas Brillantes!", anunció.
"La primera regla", dijo señalando un dibujo de dos amigos compartiendo un juguete, "es **Compartir es Genial**. En la Escuela de las Estrellas Brillantes, compartimos nuestros juguetes, nuestros colores y nuestras ideas. Así todos podemos divertirnos y aprender juntos".
Mateo, que había estado abrazando fuertemente a su dinosaurio, miró a Sofía. Ella le sonrió y él tímidamente le ofreció la cola del dinosaurio para que la tocara. Sofía se rio y le ofreció uno de sus crayones.
"La segunda regla", continuó la Señorita Luna, señalando un dibujo de un niño escuchando atentamente a una niña, "es **Escuchar con Atención**. Cuando alguien está hablando, lo escuchamos con atención y respeto. Así podemos entender lo que nos quieren decir y aprender cosas nuevas".
Ana, que hasta ese momento había estado muy callada, levantó la mano tímidamente. "¿Y si alguien dice algo que no entiendo?", preguntó.
"¡Excelente pregunta, Ana!", respondió la Señorita Luna. "En ese caso, podemos levantar la mano y preguntar con amabilidad. No hay preguntas tontas, solo oportunidades para aprender".
"La tercera regla", dijo la Señorita Luna, señalando un dibujo de un niño ayudando a otro a levantarse, "es **Ayudar a un Amigo**. Si vemos que alguien necesita ayuda, le ofrecemos nuestra mano. Todos somos un equipo y debemos cuidarnos unos a otros".
Sofía vio que a Mateo se le había caído su crayón al suelo. Rápidamente lo recogió y se lo devolvió con una sonrisa. Mateo le dio las gracias.
"La cuarta regla", dijo la Señorita Luna, mostrando un dibujo de un niño diciendo Por Favor y Gracias, "es **Palabras Mágicas**. Decir Por Favor y Gracias es como lanzar polvo de estrellas que hace que todos se sientan felices y apreciados".
Ana se acercó a la Señorita Luna y le dijo: "Por favor, ¿me puedes ayudar a abrir mi caja de colores?" La Señorita Luna la ayudó con una sonrisa. "¡De nada!", le dijo Ana.
"Y la última regla", dijo la Señorita Luna, señalando un dibujo de niños jugando juntos con una gran sonrisa, "es **Divertirse Juntos**. La Escuela de las Estrellas Brillantes es un lugar para aprender, crecer y, sobre todo, ¡divertirse!"
Después de hablar de las reglas, la Señorita Luna propuso un juego. "¡Vamos a hacer un círculo y jugaremos a la ronda de los saludos!", dijo.
Los niños se tomaron de las manos y cantaron una canción mientras caminaban en círculo. Cuando la canción terminaba, tenían que saludar al compañero que tuvieran más cerca con una palabra amable. Mateo saludó a Sofía con un "¡Hola, amiga!" y Sofía saludó a Ana con un "¡Qué lindas trenzas!"
Al final del día, Sofía, Mateo y Ana se sintieron mucho más cómodos y felices. Habían aprendido las Reglas de las Estrellas Brillantes y habían hecho nuevos amigos. Al salir de la escuela, abrazaron a sus padres con entusiasmo y les contaron todo lo que habían aprendido.
"¡Me encanta la Escuela de las Estrellas Brillantes!", dijo Sofía. "¡Quiero volver mañana!"
Mateo asintió con la cabeza, abrazando a su dinosaurio. "Yo también", dijo. "Y ahora sé cómo compartir a mi dinosaurio".
Ana, con una sonrisa aún más grande que antes, agarró la mano de su papá y le dijo: "Aprendí a escuchar y a preguntar cuando no entiendo algo".
La Señorita Luna los despidió con una sonrisa. Sabía que la Escuela de las Estrellas Brillantes era un lugar especial, donde los niños podían aprender, crecer y brillar como las estrellas que eran.
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