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Gratis · elegí una vozAbigail amaba la lluvia. No la lluvia torrencial que asusta a los gatitos, sino la lluvia suave y constante que hacía que las flores olieran más dulce y que los charcos se convirtieran en espejos mágicos. Vivía en un pequeño pueblo llamado Floralia, un lugar famoso por sus jardines exuberantes y coloridos. Cada pétalo parecía brillar después de una buena lluvia. A Abigail le encantaba pasear por los jardines con sus botas de goma rojas, escuchando el suave golpeteo de las gotas en su paraguas con forma de mariquita.
Un día, Abigail se despertó y notó algo extraño. El sol brillaba con una intensidad inusual. No había ni una sola nube en el cielo azul celeste. Salió corriendo al jardín y vio que las flores estaban mustias, sus pétalos caídos y tristes. El suelo estaba seco y polvoriento. "¡Qué raro!" pensó Abigail. "Siempre llueve en Floralia".
Ese día, no llovió. Ni al día siguiente, ni al siguiente. Los jardines de Floralia se volvieron marrones y polvorientos. Los charcos mágicos desaparecieron. Los niños ya no salían a jugar con sus botas de goma. Abigail estaba muy preocupada. La lluvia era esencial para Floralia, era lo que hacía que el pueblo fuera especial.
Decidida a encontrar una solución, Abigail se puso su paraguas de mariquita (aunque no lo necesitara) y fue a visitar a la anciana Elara, la bibliotecaria del pueblo. Elara era conocida por su sabiduría y por conocer todos los secretos de Floralia. La encontró sentada en su sillón, leyendo un libro enorme.
"Abuela Elara", dijo Abigail con voz preocupada, "¡la lluvia ha desaparecido! ¿Qué vamos a hacer?"
Elara levantó la vista, sus ojos brillando detrás de sus gafas. "Ah, sí, la lluvia. Es un problema serio, querida. He estado leyendo sobre esto. Parece que la lluvia se ha ido a dormir".
"¿Dormir?" preguntó Abigail, confundida.
"Sí", respondió Elara. "Según las leyendas, la lluvia necesita descansar de vez en cuando. Pero necesita un poco de ayuda para despertar. Necesita que alguien le cante una canción especial, una canción de agradecimiento y amor por la naturaleza".
Abigail nunca había cantado en público, pero sabía que tenía que intentarlo. "¿Qué canción?", preguntó.
Elara le entregó un libro antiguo. "Aquí está la letra. Es una canción muy antigua, transmitida de generación en generación".
Abigail tomó el libro con manos temblorosas. La letra estaba escrita en un idioma antiguo, pero Elara la tradujo para ella. La canción hablaba del ciclo del agua, de la importancia de la lluvia para las plantas y los animales, y de la belleza de la naturaleza.
Abigail practicó la canción durante toda la tarde. Su voz era tímida al principio, pero poco a poco se fue haciendo más fuerte y segura. Cuando se sintió lista, fue al centro del pueblo, a la plaza principal, donde antes había un hermoso jardín de rosas.
La plaza estaba desierta y triste. Abigail cerró los ojos, respiró hondo y comenzó a cantar. Su voz resonó en el silencio, llenando el aire con la melodía antigua. Al principio, nadie apareció. Pero poco a poco, la gente del pueblo empezó a salir de sus casas, atraídos por la música. Se reunieron alrededor de Abigail, escuchando atentamente la canción.
Mientras Abigail cantaba, sintió una brisa suave en su rostro. Miró hacia arriba y vio una pequeña nube gris en el cielo azul. La nube se hizo más grande y más oscura, hasta que cubrió todo el cielo. Y entonces, comenzó a llover.
Al principio, fueron unas pocas gotas tímidas. Pero luego, la lluvia se hizo más fuerte, lavando el polvo y la suciedad de las calles. Las flores levantaron sus cabezas, bebiendo la lluvia con avidez. El aroma dulce de las flores llenó el aire. Los niños salieron corriendo de sus casas, riendo y jugando en los charcos.
Abigail siguió cantando, con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas. La lluvia era una respuesta a su canción, una muestra de gratitud de la naturaleza. Cuando terminó la canción, la lluvia se detuvo. El sol volvió a brillar, pero esta vez, el aire era fresco y limpio.
Los jardines de Floralia volvieron a ser exuberantes y coloridos. Los charcos mágicos reaparecieron. Y Abigail, la niña que amaba la lluvia y las flores, se convirtió en la heroína de Floralia. Aprendió que incluso la cosa más pequeña, como una canción, puede tener un gran impacto en el mundo.
Desde ese día, Abigail cantaba la canción de la lluvia cada vez que sentía que la naturaleza necesitaba un poco de amor y atención. Y la lluvia, agradecida por su cariño, siempre respondía a su llamado.
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