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Gratis · elegí una vozAbril, con sus trenzas castañas siempre un poco despeinadas, estaba en su último año, ¡cinco años! Era como una abeja veloz, siempre llegando un poquito tarde a la colmena, es decir, a la clase. No era que no le gustara aprender, ¡todo lo contrario! Pero el tiempo pasaba tan rápido cuando estaba con sus amigos. Un segundo estaba jugando al veo-veo en el patio, y al siguiente, ¡ya había sonado la campana y la señorita Elena, su profesora de gestión bancaria, ya estaba explicando cosas fascinantes!
Abril amaba a sus compañeros. Sofía, con su risa contagiosa; Mateo, el rey de los chistes; y Lucía, que siempre tenía un caramelo escondido en su bolsillo. Le encantaba pasar tiempo con ellos, compartir secretos y construir castillos imaginarios con los bloques de madera. Pero también le encantaba la clase de la señorita Elena.
La señorita Elena era como una maga. Con su voz suave y sus explicaciones claras, convertía la economía argentina en una aventura emocionante. Hablaba de pesos y centavos, de bancos y empresas, pero lo hacía de una manera que Abril podía entender. Le explicaba cómo las familias compraban pan, cómo los granjeros vendían sus cosechas, y cómo los bancos ayudaban a la gente a ahorrar dinero para comprarse una bicicleta nueva.
Un día, la señorita Elena habló de la inflación. Abril imaginó un monstruo peludo que se comía el valor del dinero. Otro día, habló de los intereses. Abril imaginó pequeños duendes que trabajaban duro para hacer crecer el dinero de la gente. ¡Era todo tan interesante!
Pero el tiempo volaba. Demasiado rápido, pensaba Abril. Cada día que pasaba, se acercaba el final del año. Y con el final del año, llegaba la despedida. La idea de tener que decir adiós a sus amigos y a la señorita Elena le apretaba el corazón.
No lo demostraba mucho. Abril era una niña reservada. Prefería esconder sus sentimientos detrás de una sonrisa tímida o de una broma rápida. Pero por dentro, sentía un nudo en la garganta cada vez que pensaba en el adiós.
Un día, la señorita Elena anunció que iban a hacer un proyecto especial para celebrar el final del año. Cada alumno tenía que elegir una empresa argentina y presentar un informe sobre cómo funcionaba. Abril eligió una fábrica de alfajores, porque le encantaban los alfajores de chocolate.
Trabajó duro en su proyecto. Investigó sobre la historia de la fábrica, sobre los ingredientes que usaban, y sobre cómo vendían sus alfajores a todo el país. Incluso entrevistó al dueño de la panadería de su barrio, que le contó cómo compraba los alfajores a la fábrica.
Finalmente, llegó el día de la presentación. Abril estaba nerviosa, pero también emocionada. Subió al frente de la clase, respiró hondo, y empezó a hablar. Explicó todo lo que había aprendido sobre la fábrica de alfajores, desde cómo se cultivaba el trigo hasta cómo se empaquetaban los alfajores en cajas de colores.
La señorita Elena la escuchaba con atención, sonriendo. Cuando Abril terminó, la felicitó y le dijo que había hecho un trabajo excelente. Abril se sintió orgullosa de sí misma.
Los días siguientes pasaron como un suspiro. Hubo fiestas de despedida, intercambio de regalos, y muchas lágrimas. Abril abrazó a sus amigos con fuerza, prometiendo que se mantendrían en contacto.
Cuando llegó el momento de despedirse de la señorita Elena, Abril sintió que no podía hablar. Tenía un nudo gigante en la garganta. Se acercó a ella tímidamente y le entregó un pequeño regalo: un alfajor de chocolate, el más delicioso que había encontrado.
La señorita Elena sonrió y la abrazó. "Gracias, Abril", le dijo. "Me has enseñado mucho este año. Eres una niña muy especial."
Abril sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas. No pudo decir nada, pero sabía que la señorita Elena entendía. Sabía que, aunque no lo demostrara, le tenía mucho cariño.
Y así, Abril se despidió de la escuela, de sus amigos, y de la señorita Elena. Sabía que los extrañaría mucho, pero también sabía que llevaría con ella todos los recuerdos y las enseñanzas que había recibido. Y quién sabe, quizás algún día, ella también se convertiría en una maga de la economía, como la señorita Elena.
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