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Gratis · elegí una vozEn una casita donde los sillones parecían haber vivido más aventuras que Indiana Jones, vivía el Abuelo Ramiro, un militar retirado con un bigote tan grande que parecía un cepillo para limpiar nubes. A Ramiro le gustaba ver las noticias políticas, aunque siempre terminaba gruñendo. A su lado, casi siempre estaban Martina, de 20 años, con su pelo teñido de colores del arcoíris y una remera con la cara de un señor barbudo, y Julián, de 18, con sus gafas redondas y uñas pintadas de un azul eléctrico que combinaban con su tablet.
Una tarde, mientras la tele escupía noticias sobre el presidente, el Abuelo Ramiro soltó su típico discurso. "¡Bah! Este país se va al carajo con ese presidente comunista. ¡Lo que necesita la juventud es servicio militar y menos TikTok!"
Martina, sin levantar la vista de su libro de poemas, respondió: "Abu, ¿no te parece que el ejército ya tuvo suficientes décadas para no arreglar nada?"
Julián, que estaba viendo un video sobre pandas gigantes, asintió. "Sí, y además, ese ‘presidente comunista’ al menos invierte en educación. Y no quiere que nos muramos trabajando a los 70 como vos."
El Abuelo Ramiro bufó, inflando su pecho como un pavo real. "¡Yo defendí la patria! ¡Con honor! ¡Con disciplina! ¡Con testículos!"
Martina, con una sonrisa burlona, levantó una ceja. "¿Y con 11 hijos? ¡Abu, si a los 16 ya tenías a mamá cargada! Y la abuela tenía... ¿qué? ¿15?"
El rostro del Abuelo Ramiro se puso rojo como un tomate maduro, casi del mismo color que la bandera de… bueno, ya saben. "¡Eso era amor! ¡Y era legal! ¡Y era con una sola mujer, carajo! ¡No como ustedes que no saben si son gato, perro o helicóptero apache!"
Julián soltó una carcajada. "Ey, ey... yo me identifico como no-binario fluido, pero helicóptero apache suena poderoso. Quizás debería probarlo."
Martina, con una sonrisa pícara, añadió: "Además, ¿qué tiene de malo tener opciones? Tú tuviste solo una porque no te daban más swipe right en la vida real."
El Abuelo Ramiro gruñó. "¡Antes los hombres eran hombres y las mujeres sabían cocinar!"
Julián, sin perder el ritmo, respondió: "Y ahora todos sabemos pedir por app. Evolución, le dicen. ¡Hasta los perros saben pedir delivery!"
"¡Y antes no existía tanta ‘diversidad’! Uno sabía a qué baño entrar," insistió el abuelo, cruzando los brazos.
Martina, con los ojos llenos de diversión, preguntó: "¿Y ahora qué? ¿Te perdiste en el shopping, abu? ¿Entraste al baño de mujeres buscando la dignidad?"
El Abuelo Ramiro, frustrado, tiró su bastón al suelo con un golpe sordo. "¡Lo que necesitan son dos años de cuartel y un general con mano dura!"
Julián, recogiendo el bastón y devolviéndoselo al abuelo, dijo con una sonrisa: "¿Dura como el WiFi de tu casa, que se cae cada vez que decís Viva la patria?"
Martina, riendo a carcajadas, se acercó al abuelo y le abrazó. "Abu, vos luchaste por un país que ya no existe... Nosotres luchamos por uno que aún no nace, pero no va a llevar uniforme."
Un silencio incómodo llenó la habitación. El Abuelo Ramiro, sin saber qué decir, agarró el control remoto y cambió al canal de cocina. Una señora sonriente explicaba cómo hacer un pastel de zanahoria.
"La única revolución que acepto es la de la licuadora," dijo el Abuelo Ramiro, suspirando.
Julián, siempre listo para la broma, añadió: "¡Y que no sea para batir huevos masculinos, eh! Que sea para hacer batidos de frutas y verduras deliciosas."
Martina, viendo la oportunidad, propuso: "¿Y si hacemos un batido juntos? Podemos ponerle mango, banana, espinaca... ¡una bomba de vitaminas!"
El Abuelo Ramiro, aunque reacio al principio, asintió lentamente. "Bueno, está bien. Pero yo pongo el azúcar."
Así, entre risas y comentarios sarcásticos, las tres generaciones se reunieron en la cocina. El Abuelo Ramiro, supervisando la operación con su ceño fruncido, aprendió a usar la licuadora (casi sin romperla). Martina y Julián, por su parte, escucharon (a regañadientes) una anécdota sobre la vez que el abuelo confundió un cactus con una ensalada durante un entrenamiento en el desierto.
Al final, el batido resultó ser un éxito. Incluso el Abuelo Ramiro admitió que estaba delicioso. Y aunque seguía pensando que la juventud necesitaba más disciplina, también empezó a entender que quizás, solo quizás, la revolución no siempre tenía que ser con balas y uniformes, sino con licuadoras y batidos multicolores. Y, sobre todo, con mucho amor y paciencia para entenderse entre generaciones.
Desde ese día, la sala de estar con los sillones gastados siguió siendo el campo de batalla de sus ideas, pero también el lugar donde compartían risas, batidos y, de vez en cuando, alguna que otra receta de pastel de zanahoria.
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