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Gratis · elegí una vozEn un búnker no muy soleado, vivía Adolfo. No era un niño malo, solo… un poco confundido. Le gustaba dibujar casitas, pero las casitas siempre salían torcidas. Un día, harto de las bombas y el aburrimiento, Adolfo decidió crear un club. Lo llamó el "Club de Pensadores del Búnker".
"¡Necesitamos ideas! ¡Ideas grandiosas!" exclamó Adolfo, con su voz que retumbaba un poco en las paredes de hormigón.
Al club se unieron personajes peculiares. Estaba Heidegger, un señor que siempre hablaba de "ser" y "estar", lo que mareaba un poco a todos. También estaba Sartre, que se la pasaba diciendo que "la existencia precede a la esencia", lo que sonaba a un trabalenguas. Y luego estaba Hannah Arendt, que intentaba poner orden en el caos filosófico.
"Buenos días, Adolfo," saludó Heidegger, ajustándose sus gafas redondas. "¿Hoy reflexionaremos sobre la angustia existencial?"
"¡No!" gritó Adolfo. "Hoy vamos a pensar en… en… ¡cómo hacer la vida más… interesante!"
Sartre, fumando su pipa, añadió: "La vida es absurda, Adolfo. Nosotros le damos significado."
"¿Significado?" Adolfo frunció el ceño. "¡Yo quiero algo divertido! ¿Alguien sabe algún juego?"
Hannah Arendt, con paciencia, sugirió: "Podríamos debatir sobre la responsabilidad y el poder."
Adolfo puso los ojos en blanco. "¿Responsabilidad? ¡Qué aburrido! ¿Por qué no hablamos de… de… flores?"
"Las flores son bellas, Adolfo," dijo Heidegger, "pero son efímeras. Su ser es finito."
"¡Exacto!" exclamó Adolfo, dando un salto. "¡Como nosotros! ¡Por eso tenemos que aprovechar cada minuto! ¿Quién quiere jugar a las escondidas?"
El búnker no era el mejor lugar para jugar a las escondidas. Estaba oscuro, lleno de pasillos estrechos y, sobre todo, daba un poco de miedo. Pero Adolfo insistió.
"¡Yo cuento! ¡Uno… dos… tres…!"
Mientras contaba, Adolfo pensaba. Pensaba en las flores, en el "ser" y el "estar", en la responsabilidad y en el absurdo. Pensaba en que, tal vez, la mejor forma de aprovechar cada minuto era… descansar.
Heidegger se escondió detrás de una pila de libros. Sartre se metió en un armario lleno de uniformes. Hannah Arendt, simplemente, se sentó en una silla y observó la escena con una sonrisa.
Adolfo terminó de contar. "¡Listo o no, allá voy!"
Buscó por todas partes, pero no encontró a nadie. El búnker estaba extrañamente silencioso. De repente, se sintió muy cansado. Muy, muy cansado.
"Quizás… solo necesito un poco de descanso," murmuró Adolfo, bostezando.
Se sentó en su silla favorita, cerró los ojos y… se quedó dormido. Un sueño profundo, tranquilo. Un sueño sin casitas torcidas, sin bombas, sin angustia existencial. Un sueño donde solo había flores.
Mientras tanto, en el búnker, Heidegger, Sartre y Hannah Arendt se miraron con complicidad. Sabían que Adolfo había encontrado, a su manera, una forma de hacer la vida más… interesante. O, al menos, de encontrar un poco de paz.
El búnker permaneció en silencio. El Club de Pensadores del Búnker había tenido su última reunión. Y Adolfo, finalmente, había encontrado su propio significado, en un sueño eterno lleno de flores imaginarias.
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