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Gratis · elegí una vozEn un mundo que ya no era el nuestro, invadido por seres brillantes de un universo lejano, el miedo se había convertido en la melodía cotidiana. Los humanos se ocultaban en búnkeres subterráneos y bosques profundos, porque aquellos visitantes, llamados Luminios, buscaban algo más que tierra: deseaban combinar su esencia con la nuestra.
Yo me llamaba Luna, y mi mundo se reducía a las paredes de un refugio improvisado en el sótano de una antigua biblioteca. Mi abuela, con sus ojos llenos de historias y sus manos expertas en tejer bufandas, era mi universo entero. Me contaba cuentos de estrellas fugaces y constelaciones mientras afuera, el caos Lumini resplandecía.
Una noche, una luz inusual filtró por las rendijas de la puerta. No era el brillo frío y calculador de los Luminios patrullando, sino una luz suave, casi danzante. Antes de que pudiera esconderme tras la falda de mi abuela, la puerta se abrió con un susurro.
Allí estaba él. Aethon.
No se parecía a las historias horribles que contaban sobre los Luminios. Sus ojos no eran fríos focos de luz, sino dos pozos profundos color amatista. Su piel brillaba con un suave resplandor dorado, y de su cabeza brotaban filamentos de luz que se movían como algas marinas en una corriente tranquila.
"No temas, pequeña Luna," dijo Aethon, su voz un murmullo musical. "No vengo a hacerte daño."
Mi abuela me empujó detrás de ella, con los ojos chispeantes de valentía. "¡Aléjate de ella, monstruo!"
Aethon inclinó la cabeza. "No soy un monstruo. Solo… la he estado observando. Su espíritu brilla como una estrella fugaz. Y estoy… fascinado."
Antes de que mi abuela pudiera replicar, Aethon extendió una mano, no con intención de agarrarme, sino como ofreciendo un regalo. De su palma surgió una esfera de luz que flotó hacia mí.
"Esto es una semilla estelar," explicó Aethon. "Contiene la luz de mi hogar. Te protegerá."
Tomé la esfera con manos temblorosas. Era cálida y vibraba suavemente. Entonces, todo se volvió borroso.
Desperté en un lugar completamente diferente. No era una celda, ni una jaula. Era… un jardín. Flores luminiscentes de colores imposibles florecían a mi alrededor. Árboles con hojas de cristal cantaban con el viento. Y en medio de todo, Aethon me observaba.
"¿Dónde estoy?" pregunté, mi voz apenas un susurro.
"En mi hogar," respondió Aethon. "Un lugar seguro. Un lugar donde puedo conocerte."
Los primeros días fueron extraños. Aethon me mostraba las maravillas de su mundo, me explicaba la ciencia de la luz y el arte de las constelaciones. Aprendí que no todos los Luminios eran iguales. Algunos, como él, sentían curiosidad por la belleza y la complejidad de la vida humana. Otros, simplemente buscaban la supervivencia a cualquier costo.
Un día, le pregunté por qué me había traído.
"Al principio," admitió Aethon, "fue por curiosidad. Quería entender por qué tu espíritu brillaba tan intensamente. Pero… luego, me di cuenta de que era algo más. Me enamoré de tu bondad, de tu valentía, de tu capacidad para encontrar la belleza incluso en la oscuridad."
Yo también me estaba enamorando de Aethon. De su gentileza, de su sabiduría, de la forma en que me miraba, como si yo fuera la estrella más brillante del universo.
Pero sabía que no podía quedarme allí para siempre. Mi abuela me necesitaba. Mi mundo me necesitaba.
Se lo expliqué a Aethon. Al principio, se mostró reacio. Tenía miedo de perderme. Pero finalmente, entendió.
Me llevó de vuelta a la Tierra. No al refugio, sino a un lugar seguro que había construido para mí y mi abuela, escondido entre las montañas. Nos dio recursos, tecnología para defendernos y, lo más importante, su promesa de protegernos.
Antes de partir, me entregó otra semilla estelar. "Esta vez," dijo, "es para ti. Para que siempre recuerdes que incluso en la oscuridad, siempre hay luz. Y que el amor puede florecer incluso entre dos mundos diferentes."
Desde entonces, mi abuela y yo vivimos en paz, cuidando el jardín que Aethon nos había regalado. Y cada noche, miro al cielo, buscando la estrella más brillante, sabiendo que en algún lugar, en un universo lejano, Aethon también me está mirando. Y que, a pesar de todo, el amor puede ser la estrella fugaz que ilumina incluso el caos más oscuro.
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