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Había una vez una niña llamada Agustina que vivía en una casita blanca con techos de tejas rojas, justo frente al inmenso mar azul. Agustina era una niña radiante, con una cabellera rubia que parecía tejida con hilos de sol. Ese día, vestía su pollera azul favorita, aquella que giraba como un remolino cuando bailaba. Agustina amaba dos cosas por encima de todo: el ballet y la playa. Sin embargo, esa mañana, al correr las cortinas, su sonrisa se desvaneció. El cielo no era azul, sino de un gris plomizo, y gruesas gotas de lluvia golpeaban rítmicamente contra el cristal de su ventana. Agustina se sintió profundamente triste. Se colocó sus auriculares, buscó su lista de reproducción favorita en su celular plateado y se sentó en el suelo de madera, abrazando su cartera rosada donde guardaba sus tesoros más preciados. La música sonaba suave, una melodía de piano que solía usar para practicar sus pliés, pero ni siquiera eso la animaba. Ella quería sentir la arena entre sus dedos y el calor del sol, no el encierro de su habitación.
A pocas casas de distancia vivía Valentina. Valentina era muy distinta a Agustina. Tenía el cabello castaño, corto y lacio, y siempre vestía su remera roja vibrante. Valentina era una niña solitaria; no tenía muchos amigos porque se enojaba con facilidad. A veces, las cosas más pequeñas, como un juguete fuera de lugar o un helado que se derretía, la hacían estallar en un berrinche. A Valentina también le encantaba la playa, pero detestaba bailar; decía que dar vueltas era una pérdida de tiempo. En ese momento, Valentina caminaba de un lado a otro en su sala, apretando una pequeña bolsita de tela donde guardaba caracoles. Estaba furiosa. ¡Odio la lluvia!, gritaba a las paredes. ¡La lluvia arruina todo!. En su enojo, decidió llamar a Agustina. Sabía que Agustina siempre estaba rodeada de amigos y pensó que quizás ella tendría un plan secreto para detener el agua.
El celular de Agustina vibró dentro de su cartera rosada. Al ver el nombre de Valentina en la pantalla, Agustina suspiró. Sabía que su amiga probablemente estaría de mal humor. ¿Hola?, dijo Agustina con voz apagada. ¡Agustina! ¡Es un desastre!, gritó Valentina sin saludar. No podemos ir a la playa, no puedo buscar caracoles y mi remera roja se va a mojar si salgo. ¡Haz algo!. Agustina, a pesar de su propia tristeza, sintió ternura por su amiga. Vale, no puedo detener la lluvia, explicó dulcemente, pero quizás podemos hacer algo juntas aquí adentro. Valentina resopló. ¿Bailar? ¡Ni lo sueñes! Sabes que odio el ballet. Agustina rió suavemente. No, no vamos a bailar ballet. Ven a mi casa, trae tu bolsita de caracoles. Tengo una idea.
Minutos después, Valentina llegó a la puerta de Agustina, empapada y con el ceño fruncido. Al entrar, dejó un rastro de agua, pero Agustina no se molestó. La invitó a sentarse en la alfombra. Agustina sacó de su cartera rosada unos marcadores brillantes y pegamento con purpurina. Mira, dijo Agustina, si no podemos ir a la playa para ver el brillo del sol, haremos que la playa brille aquí. Valentina, aunque todavía un poco enojada, sintió curiosidad. Abrió su bolsita y sacó los caracoles grises que había recolectado el día anterior. Agustina puso música alegre en su celular y comenzó a pintar un caracol de color azul, como su pollera. Valentina, lentamente, tomó un marcador rojo y empezó a decorar un caracol grande. El silencio fue llenándose de risas y de la música que Agustina tanto amaba.
Mientras trabajaban, Agustina empezó a hacer algunos pasos de ballet mientras esperaba que el pegamento se secara. Saltaba con elegancia, haciendo que su pollera azul volara. Valentina la miraba de reojo. Por primera vez, no se sentía enojada. Ver a Agustina bailar no parecía tan aburrido; parecía que estaba flotando sobre las nubes grises del exterior. ¿Quieres intentar un giro?, preguntó Agustina extendiendo su mano. Valentina dudó. Ya sabes que no me gusta eso. Pero luego miró sus caracoles brillantes y sintió que su mal humor se había disuelto con la lluvia. Se levantó, tomó la mano de su amiga y, aunque de forma un poco torpe, dio una vuelta. Las dos estallaron en carcajadas.
La tarde pasó volando. Agustina ya no estaba triste porque había descubierto que la compañía de una amiga podía iluminar el día más oscuro. Valentina, por su parte, no se había enojado ni una sola vez. Aprendió que no necesitaba tener muchos amigos si tenía a alguien como Agustina que entendía sus tormentas internas. Cuando finalmente paró de llover, un arcoíris tímido apareció sobre el mar. Las dos niñas salieron al porche. Agustina llevaba su cartera rosada y Valentina su bolsita, ahora llena de caracoles multicolores. El aire olía a tierra mojada y a salitre. ¿Sabes?, dijo Valentina mientras miraba el horizonte, la lluvia no es tan mala si tienes marcadores y una amiga que baila. Agustina asintió, feliz de que su pollera azul ahora combinara perfectamente con el cielo que empezaba a despejarse. Juntas, caminaron hacia la orilla, sabiendo que el sol siempre vuelve, pero que la verdadera amistad brilla incluso bajo las nubes.
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