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Alaia, con sus cuatro años llenos de energía, agarró la mano de su aitite Luis. Su hermano pequeño, Edorta, de solo dos añitos, trotaba a su lado, intentando seguir el ritmo de su papá, Joseba. ¡Hoy era un día especial! Iban al Parque de los Patos, un lugar mágico lleno de sorpresas en el corazón de Bilbao.
"¡Aitite, aitite! ¿Veremos muchos patos?" preguntó Alaia, con los ojos brillantes de emoción.
"¡Claro que sí, txiki! Veremos muchísimos patos, y quizás hasta alguna oca despistada," respondió aitite Luis, guiñándole un ojo.
Joseba sonrió al ver la alegría de sus hijos. El Parque de los Patos era uno de sus lugares favoritos de la infancia, y le encantaba compartirlo con Alaia y Edorta. Al llegar a la entrada, Alaia soltó la mano de su aitite y corrió hacia el estanque. Edorta, aunque más lento, la siguió con entusiasmo, balbuceando algo incomprensible que sonaba como "¡Pato, pato!".
El parque estaba lleno de vida. Niños corriendo, familias disfrutando de picnics, y, por supuesto, ¡muchos patos! Patos de todos los tamaños y colores nadaban tranquilamente en el estanque, esperando que alguien les lanzara un poco de pan.
Alaia sacó de su mochila una bolsa llena de trozos de pan. "¡Mirad, patitos! ¡Tengo comida para vosotros!" gritó, lanzando los trozos al agua. Los patos, al oír su voz, se acercaron nadando rápidamente, creando un pequeño revuelo.
Edorta, aunque aún no entendía muy bien cómo lanzar el pan, imitaba a su hermana, arrojando pequeños puñados al aire. Algunos trozos caían al agua, donde eran devorados por los patos, y otros terminaban en la hierba, haciendo las delicias de las palomas.
Aitite Luis se sentó en un banco cercano, observando a sus nietos con una sonrisa. Joseba se unió a él, disfrutando del sol y del ambiente tranquilo del parque.
"¿Te acuerdas cuando veníamos aquí de pequeño, Joseba?" preguntó aitite Luis.
"¡Claro que me acuerdo! Me encantaba dar de comer a los patos, igual que a Alaia y Edorta ahora," respondió Joseba, con nostalgia.
De repente, Alaia gritó: "¡Mirad, aitite, papa! ¡Un patito bebé!"
Un pequeño patito amarillo, mucho más pequeño que los demás, nadaba torpemente cerca de la orilla. Parecía un poco perdido y asustado.
Alaia sintió pena por el patito. "¡Pobrecito! Está solo," dijo, con los ojos llenos de preocupación.
"Quizás se ha separado de su mamá," dijo Joseba.
Alaia tuvo una idea. "¡Aitite, podemos ayudarle! Podemos llamarle para que venga con nosotros," propuso.
Aitite Luis asintió. "Es una buena idea, txiki. Pero tenemos que ser cuidadosos y no asustarle."
Los tres se acercaron a la orilla y empezaron a llamar al patito con voces suaves y cariñosas. "¡Pío, pío, pío! Ven, patito, ven!" decían.
Edorta, aunque no entendía muy bien lo que estaban haciendo, imitaba sus voces, haciendo un ruido gracioso que sonaba como "¡Pío, pío!"
Para sorpresa de todos, el patito empezó a nadar hacia ellos. Se acercó a la orilla y se quedó mirando a Alaia, Edorta, aitite Luis y Joseba, como si estuviera esperando algo.
Alaia le ofreció un trozo de pan. El patito lo comió rápidamente y luego se quedó mirando a Alaia, como si le estuviera agradeciendo.
De repente, oyeron un fuerte graznido. Una pata grande y blanca nadaba rápidamente hacia ellos, graznando con fuerza.
"¡Es la mamá del patito!" exclamó Joseba.
La pata llegó a la orilla y se reunió con su patito. Parecía muy contenta de haberlo encontrado. La pata graznó suavemente al patito, como si le estuviera regañando por haberse alejado.
Alaia y Edorta sonrieron al ver a la pata y al patito juntos. Se sentían muy felices de haber ayudado a reunirlos.
"¡Qué bien! Ya está con su mamá," dijo Alaia, aliviada.
Después de un rato, decidieron que era hora de irse a casa. Alaia y Edorta estaban cansados pero muy contentos. Habían pasado un día maravilloso en el Parque de los Patos.
"Gracias, aitite, papa, por traernos al parque," dijo Alaia, abrazando a su aitite y a su papa.
"De nada, txikis. Nos ha encantado pasar el día con vosotros," respondió aitite Luis.
Mientras caminaban hacia casa, Alaia y Edorta hablaban sin parar sobre los patos, el patito bebé y la mamá pata. Sabían que nunca olvidarían su aventura en el Parque de los Patos. Y estaban deseando volver pronto para ver a sus amigos emplumados.
Al llegar a casa, se durmieron rápidamente, soñando con patos, estanques y aventuras en el parque de Bilbao.
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