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En el corazón de Piura, donde el sol besa la tierra y los algarrobos danzan al son del viento, vivía una ardilla llamada Ale. Ale tenía el pelaje más brillante de todo el valle, una cola esponjosa que parecía una nube de algodón y una madriguera repleta de las nueces más jugosas y los mangos más dulces. ¡Tenía todo lo que una ardilla podía desear!
Pero Ale no era feliz. No, señor. A pesar de su abundancia, Ale sentía un vacío en su pequeño corazón de ardilla. Miraba al cielo azul piurano y veía a las palomas volar, deslizándose con gracia entre las nubes. Anhelaba sentir el viento en sus bigotes, ver el mundo desde arriba, ser libre como un pájaro.
"¡Oh, si tan solo pudiera volar!", suspiraba Ale, observando a las palomas desde la rama más alta de su algarrobo. "No me importaría tener menos nueces, ni la cola más esponjosa, ¡solo quiero saber lo que se siente volar!"
Un día, Ale tomó una decisión. "Si las palomas pueden volar, yo también puedo", se dijo con determinación. Reunió todo su coraje, respiró hondo y se preparó para su gran salto. Eligió el árbol más alto, uno que se alzaba majestuoso hacia el cielo, como un gigante verde vigilando el valle. Subió hasta la punta, sintiendo el viento fresco de Piura acariciarle el rostro.
"¡Allá voy!", gritó Ale, cerrando los ojos y saltando al vacío. Por un instante, sintió la emoción de la caída, el aire silbando a su alrededor. Pero la alegría duró poco. Rápidamente, Ale se dio cuenta de que no tenía alas. No podía controlar su descenso. Cayó, cayendo, cayendo… ¡PLAF!
Ale aterrizó con un golpe sordo en un montón de hojas secas. Afortunadamente, el impacto no fue tan fuerte como temía, pero sí la dejó aturdida y con el orgullo herido. Se sentó, mareada, sintiendo el sabor amargo de la decepción. "Supongo que las ardillas no están hechas para volar", murmuró tristemente.
De repente, una sombra se cernió sobre ella. Ale levantó la vista y vio una paloma, una paloma grande y de plumaje gris, con ojos sabios y brillantes. Era Paloma, la más anciana y respetada de todas las palomas de Piura.
"¿Qué haces ahí abajo, pequeña?", preguntó Paloma con voz suave.
Ale, avergonzada, le contó su historia. Le habló de su envidia por las palomas, de su deseo de volar y de su fallido intento de hacerlo.
Paloma escuchó atentamente, sin interrumpir. Cuando Ale terminó, la paloma sonrió con dulzura.
"Entiendo tu anhelo, pequeña Ale", dijo Paloma. "Es natural querer lo que no se tiene. Pero a veces, no apreciamos las cosas maravillosas que ya poseemos. Tú eres una ardilla, Ale, y eso es algo maravilloso. Eres ágil, inteligente y tienes un hogar lleno de riquezas. ¿Por qué querrías renunciar a eso?"
Ale bajó la mirada, sintiéndose culpable. Sabía que Paloma tenía razón. Había estado tan obsesionada con volar que había olvidado apreciar todo lo que tenía.
"Pero aún quiero saber lo que se siente volar", dijo Ale en voz baja.
Paloma sonrió. "Entonces, ven conmigo", dijo. "Te mostraré".
Paloma se agachó y le indicó a Ale que subiera a su espalda. Ale, con un poco de vacilación, obedeció. Se aferró con fuerza a las plumas suaves de Paloma, sintiendo el calor de su cuerpo.
Paloma extendió sus alas y, con un suave aleteo, se elevó hacia el cielo. Ale sintió un escalofrío de emoción mientras se elevaban más y más alto. El viento le acariciaba la cara, y la vista desde arriba era impresionante. Podía ver todo el valle de Piura extendiéndose a sus pies, los algarrobos como pequeños puntos verdes y el río Piura serpenteando como una cinta plateada.
Ale rió de alegría. Era una sensación increíble, una mezcla de emoción y libertad que nunca había experimentado antes. Se sentía ligera, libre, como si pudiera tocar las nubes.
Paloma voló por todo el valle, mostrándole a Ale los rincones más hermosos y escondidos de Piura. Le mostró los campos de algodón blancos como la nieve, las plantaciones de mangos llenas de color y el desierto, con sus dunas doradas brillando bajo el sol.
Después de un rato, Paloma descendió suavemente y depositó a Ale de nuevo en el suelo, junto a su algarrobo. Ale se bajó, con los ojos brillantes de alegría.
"Gracias, Paloma", dijo Ale con gratitud. "Nunca olvidaré este día. He aprendido que volar es maravilloso, pero que ser ardilla también lo es. Y que lo más importante es apreciar lo que uno tiene".
Paloma sonrió. "Esa es una gran lección, pequeña Ale", dijo. "Recuerda siempre que la felicidad no está en lo que nos falta, sino en lo que ya tenemos".
Desde ese día, Ale nunca más deseó ser una paloma. Aprendió a amar su vida de ardilla, a disfrutar de sus nueces y mangos, de su cola esponjosa y de su hogar en el corazón de Piura. Y cada vez que veía a las palomas volar, sonreía, recordando el día en que Paloma le enseñó a volar con el viento de Piura, no con alas, sino con el corazón.
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