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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un país de colores brillantes y árboles cantarines, una niña llamada Sofía. Sofía era especial porque en su cuerpo, las emociones vivían en lugares muy particulares. La Alegría se escondía en sus ojos, haciéndolos brillar como estrellas fugaces; se inflaba en sus mejillas, pintándolas de un rosa divertido; y brincaba en sus pies, que no podían quedarse quietos ni un segundo. La Tristeza, en cambio, se acurrucaba en su boca, curvándola hacia abajo en una pequeña U; y pesaba sobre sus hombros, haciéndolos encorvarse como si llevaran un saco de piedras invisibles.
Un día, Sofía recibió una noticia maravillosa: ¡su abuela, a quien no veía desde hacía mucho tiempo, vendría a visitarla! La Alegría, al escuchar esto, explotó en los ojos de Sofía, que brillaron con más intensidad que nunca. Sus mejillas se inflaron tanto que casi parecían globos, y sus pies empezaron a bailar una danza frenética. ¡Estaba tan, tan feliz! Pero tanta Alegría la abrumaba un poco. Se sentía mareada y nerviosa.
Su mamá, al verla tan agitada, se acercó y le dijo suavemente: "Sofía, mi amor, sé que estás muy emocionada. Pero a veces, la Alegría, cuando es demasiada, necesita un poquito de calma. ¿Quieres intentar la respiración de mariposa?".
Sofía asintió, un poco confundida. Su mamá le explicó: "Cierra los ojos e imagina que eres una hermosa mariposa. Ahora, inhala profundamente por la nariz, como si estuvieras oliendo una flor deliciosa. Y exhala lentamente por la boca, como si estuvieras soplando suavemente para mover tus alas. Hazlo varias veces".
Sofía siguió las instrucciones de su mamá. Cerró los ojos, imaginó sus alas de mariposa, y respiró profundamente. Inhaló… y exhaló… Inhaló… y exhaló… Poco a poco, la Alegría extrema se fue calmando. Sus ojos seguían brillando, pero ya no la mareaban. Sus mejillas seguían rosadas, pero ya no estaban tan infladas. Y sus pies seguían bailando, pero a un ritmo más tranquilo y suave.
Finalmente, llegó el día de la visita de la abuela. Sofía estaba radiante. Corrió a abrazarla con todas sus fuerzas. Pasaron una tarde maravillosa, jugando, riendo y contándose historias. Pero al atardecer, la abuela tuvo que irse. Y entonces, la Tristeza apareció. La boca de Sofía se curvó hacia abajo, y sus hombros se encorvaron bajo el peso de la despedida. Sintió un nudo en la garganta y unas ganas inmensas de llorar.
Su abuela, al verla así, la abrazó con cariño y le dijo: "Sofía, mi niña, es normal sentirse triste cuando alguien a quien quieres mucho se va. No tengas miedo de llorar. Las lágrimas ayudan a la Tristeza a salir".
Sofía hizo caso a su abuela. Dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Al principio, lloró mucho, sintiendo una gran pena en su corazón. Pero poco a poco, las lágrimas fueron lavando la Tristeza. Cuando dejó de llorar, se sintió un poco mejor. Sus hombros ya no estaban tan encorvados, y su boca, aunque todavía un poco triste, ya no tenía la U tan pronunciada.
Su abuela le secó las lágrimas con un pañuelo suave y le dijo: "Ahora, mi amor, respiremos juntas. Inhalemos profundamente… y exhalemos lentamente…".
Sofía y su abuela respiraron juntas varias veces. Cada inhalación y exhalación ayudaba a Sofía a sentirse más tranquila. La Tristeza no desapareció por completo, pero ya no la dominaba. Sabía que extrañaría a su abuela, pero también sabía que volverían a verse pronto.
Esa noche, antes de dormir, Sofía reflexionó sobre lo que había aprendido. Comprendió que la Alegría y la Tristeza son emociones importantes que todos sentimos. Y que, aunque a veces sean intensas, siempre hay formas de regularlas. Aprendió que cuando la Alegría es demasiada, la respiración de mariposa puede ayudarla a encontrar la calma. Y que cuando la Tristeza aparece, llorar y respirar pueden ayudarla a sanar. Y lo más importante, aprendió que no importa dónde se escondan sus emociones, siempre tendrá el amor y el apoyo de su familia para ayudarla a manejarlas.
Desde ese día, Sofía se convirtió en una experta en reconocer y regular sus emociones. Cuando sentía mucha Alegría, respiraba como una mariposa. Y cuando sentía Tristeza, lloraba y respiraba profundamente. Y así, Sofía vivió feliz en su país de colores brillantes y árboles cantarines, aprendiendo a navegar por el maravilloso mundo de las emociones.
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