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Gratis · elegí una vozAlmendra era una niña curiosa. No le gustaban las muñecas ni jugar a las casitas. Lo que realmente le fascinaba eran los dinosaurios. Pasaba horas leyendo libros enormes llenos de huesos gigantes y criaturas prehistóricas. Soñaba con ver un dinosaurio de verdad, ¡aunque fuera de lejos!
Un día, mientras exploraba el desván de su abuelo, encontró una caja de madera antigua. Estaba cubierta de polvo y tenía un candado oxidado. Con cuidado, Almendra abrió la caja. Dentro, encontró un mapa amarillento, una brújula que parecía hecha de hueso y un pequeño cristal verde brillante.
Siguiendo el mapa, Almendra llegó al jardín trasero de su casa. El mapa indicaba un punto exacto debajo de un viejo manzano. Con una pala de juguete, comenzó a cavar. Al principio, solo encontró tierra y raíces, pero de repente, la pala chocó con algo duro. Era una piedra plana, y al levantarla, ¡apareció una luz brillante!
La luz formó un círculo, un portal reluciente. Almendra sintió un escalofrío de emoción. ¿Sería posible? ¿Sería un portal al mundo de los dinosaurios? Tomando una respiración profunda, y con el cristal verde en la mano, Almendra se adentró en el portal.
Al otro lado, el aire era cálido y húmedo. Los árboles eran gigantescos, con hojas tan grandes como paraguas. El suelo estaba cubierto de helechos y plantas extrañas. Y, a lo lejos, Almendra escuchó un rugido. ¡Estaba en el mundo de los dinosaurios!
Con cautela, Almendra avanzó. Vio un grupo de pequeños dinosaurios, parecidos a pollitos, picoteando en el suelo. Eran *Compsognathus*, leyó Almendra, recordando su libro de dinosaurios. Eran inofensivos, así que siguió caminando.
De repente, un enorme *Brachiosaurus* apareció entre los árboles. Era el dinosaurio más grande que Almendra había visto en su vida. El Brachiosaurus la miró con curiosidad, y Almendra sintió un poco de miedo, pero también una gran admiración. El dinosaurio bajó su largo cuello y Almendra pudo ver sus grandes ojos marrones.
Almendra sacó de su mochila una manzana que había traído para merendar. Se la ofreció al Brachiosaurus. El dinosaurio, con delicadeza, tomó la manzana con sus labios y la comió. Parecía que le había gustado.
Después, Almendra se encontró con un *Triceratops* pastando en un claro. El Triceratops la observó con sus tres cuernos afilados. Almendra recordó que los Triceratops eran herbívoros y no representaban una amenaza. Le habló suavemente al dinosaurio, explicándole que venía en son de paz.
Pero la aventura de Almendra no había terminado. De pronto, escuchó un rugido aterrador. ¡Era un *Tyrannosaurus Rex*! El T-Rex era enorme y sus dientes eran del tamaño de cuchillos. Almendra sabía que tenía que esconderse.
Corrió hacia un grupo de rocas y se escondió detrás de la más grande. El T-Rex pasó cerca, buscando algo para comer. Almendra contuvo la respiración, esperando que no la viera.
Cuando el T-Rex se alejó, Almendra salió de su escondite. Estaba asustada, pero también emocionada. ¡Había sobrevivido a un encuentro con el rey de los dinosaurios!
Recordó el cristal verde que tenía en la mano. Su abuelo le había dicho que el cristal servía para protegerla en situaciones de peligro. Lo apretó con fuerza y sintió una oleada de energía.
Almendra decidió que era hora de volver a casa. Buscó el portal por donde había entrado, pero no lo encontraba. Estaba perdida en el mundo de los dinosaurios.
De repente, escuchó un sonido familiar. Era el sonido de la brújula de hueso. La brújula estaba apuntando en una dirección. Siguiéndola, Almendra caminó durante un rato, hasta que vio la luz del portal.
Al llegar al portal, Almendra respiró aliviada. Se despidió del mundo de los dinosaurios, prometiendo que algún día volvería. Atravesó el portal y se encontró de nuevo en el jardín de su casa.
Cerró la caja de madera y la guardó en el desván. Sabía que había vivido una aventura increíble, un viaje que nunca olvidaría. Almendra volvió a ser la niña curiosa de siempre, pero ahora tenía un secreto: ella había conocido el mundo de los dinosaurios. Y sabía que, con la ayuda del mapa, la brújula y el cristal verde, podría volver cuando quisiera. Durmió plácidamente, soñando con Brachiosaurus y Triceratops, imaginando nuevas aventuras en el mundo perdido. Al día siguiente, en la escuela, no pudo evitar dibujar dinosaurios en todos sus cuadernos.
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