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Había una vez en el Valle de las Coles un pequeño hipopótamo llamado Alonso. Alonso era un personaje muy especial y conocido por todos los animales de la zona. Se le conocía cariñosamente como un poto cochino porque, a diferencia de otros hipopótamos que buscaban aguas cristalinas, Alonso sentía una atracción magnética hacia los charcos de lodo más espesos, oscuros y burbujeantes que pudieran existir. Para él, una capa de barro sobre su piel no era suciedad, sino un traje de gala que lo hacía sentir el ser más protegido y feliz del mundo.
Alonso había nacido bajo el signo de Tauro, y su personalidad reflejaba perfectamente las estrellas de su nacimiento. Era increíblemente testarudo; cuando decidía que un charco específico era el ideal para pasar la tarde, no había fuerza en la naturaleza que lo hiciera moverse de allí. También era muy paciente y disfrutaba de los placeres simples de la vida: el sol calentando sus orejas, el aroma de la hierba fresca y, sobre todo, la sensación del agua fresca contra su cuerpo. A pesar de su amor por el lodo, su verdadera pasión era nadar. En el agua, el robusto Alonso se transformaba de un pequeño animal pesado en una bailarina acuática, deslizándose con una gracia que sorprendía a los flamencos y a las garzas.
Pero por encima de su amor por el barro, su terquedad de Tauro y sus habilidades de natación, había algo que definía a Alonso por completo: el amor infinito que sentía por su mamá. La mamá de Alonso, una hipopótamo enorme y bondadosa llamada Doña Matilde, era el centro de su universo. Ella siempre lo miraba con ternura, incluso cuando Alonso llegaba a casa tan cubierto de lodo que apenas se le veían los ojos. Mi pequeño poto cochino, le decía ella con una risa profunda mientras lo ayudaba a entrar al río para limpiarse un poco.
Un martes por la mañana, Alonso despertó con una idea fija en su cabeza taurina. Quería encontrar el regalo perfecto para su mamá. No quería una flor común ni una piedra brillante; quería algo que representara lo mucho que la quería. Se puso en marcha, trotando con sus patitas cortas por el sendero del valle. En su camino, se topó con un charco de barro particularmente cochino. La tentación fue inmensa. Alonso se detuvo, miró a los lados y, con un salto digno de un atleta, se lanzó de panza. El lodo saltó por todas partes, cubriendo los árboles cercanos. Alonso suspiró de felicidad. Se revolcó, hizo burbujas con la nariz y disfrutó de la frescura del barro en su barriga.
—¡Alonso! —gritó un tucán desde una rama—. ¡Vas a llegar tarde a la cena si te quedas ahí plantado como un rábano!
Alonso, recordando su misión, se levantó con esfuerzo. Estaba completamente negro de lodo, desde la punta de la cola hasta las cejas. Pero su determinación de Tauro lo impulsó a seguir. Sabía que cerca de la Gran Cascada crecían unas algas luminosas que solo se encontraban en lo profundo del río, y ese sería el regalo ideal para Doña Matilde. El problema era que para llegar allí, debía nadar a través de la corriente más fuerte del valle.
Al llegar a la orilla del gran río, Alonso no dudó. Se sumergió con un chapuzón sónico. Una vez bajo el agua, su cuerpo de poto cochino se volvió ágil. Nadó con fuerza, moviendo sus patas con una coordinación perfecta. Los peces de colores lo seguían, asombrados por la velocidad del pequeño hipopótamo. Alonso disfrutaba cada segundo; el agua lavaba el barro de su lomo, revelando su piel grisácea y brillante bajo la luz del sol que se filtraba desde la superficie. Nadar lo hacía sentir libre, pero su mente siempre regresaba a su mamá. Esto es por ella, pensaba mientras luchaba contra la corriente.
Finalmente, llegó a la base de la Gran Cascada. Allí, en una cueva submarina, encontró las algas luminosas. Brillaban con un color verde esmeralda que parecía mágico. Alonso tomó un manojo con mucho cuidado y comenzó el viaje de regreso. El camino de vuelta fue más tranquilo. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras, colores que a cualquier Tauro le encantarían por su belleza estética.
Cuando Alonso salió del agua cerca de su hogar, ya no era el poto cochino que se había lanzado al charco horas antes. Estaba limpio, reluciente y llevaba en su boca el tesoro más hermoso del río. Caminó hacia el refugio donde Doña Matilde lo esperaba, preocupada por su tardanza. Al verlo aparecer, la gran hipopótamo soltó un suspiro de alivio.
—¡Alonso, hijo! ¿Dónde estabas? —preguntó ella mientras se acercaba.
Alonso dejó las algas luminosas a los pies de su madre. Las plantas brillaban intensamente en la penumbra del atardecer.
—Mamá, esto es para ti —dijo Alonso con timidez—. Me distraje en un charco de barro porque soy un poco cochino, ya sabes, pero luego nadé hasta la cascada para traerte algo tan brillante como tú.
Doña Matilde sintió que se le escapaba una lágrima de emoción. Abrazó a su pequeño con su gran cuello y lo atrajo hacia ella.
—Gracias, mi valiente Alonso. No importa si estás cubierto de barro o limpio después de nadar, lo que más amo es tu corazón de oro y esa persistencia que tienes para lograr lo que te propones. Eres el mejor regalo que la vida me ha dado.
Esa noche, Alonso se durmió acurrucado junto a su mamá. Soñó con nuevos charcos de barro, con corrientes de agua cristalina y con la certeza de que, sin importar cuántas veces se ensuciara las patas, el amor de su madre siempre sería el puerto seguro al cual regresar. Y así, el pequeño hipopótamo Tauro demostró que se puede ser un poco cochino, un gran nadador y un hijo maravilloso, todo al mismo tiempo. Desde aquel día, en el Valle de las Coles, todos supieron que si veían un rastro de lodo y una estela de amor, Alonso no andaba lejos.
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