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Gratis · elegí una vozAmir tenía cuatro años y un corazón lleno de sol. ¡Le encantaba el verano! Pero lo que más le gustaba del verano era… ¡el agua! Piletas, ríos, mangueras, charcos… ¡todo lo que tuviera agua lo hacía feliz!
Cada mañana, Amir se despertaba con una sonrisa pensando en las aventuras acuáticas que le esperaban. Vivía cerca de un río pequeño y cristalino, y también tenía una pileta inflable enorme en el jardín de su casa. ¡Era un paraíso acuático!
Un día, Amir se despertó y corrió hacia la ventana. El sol brillaba y los pajaritos cantaban. “¡Hoy es un día perfecto para nadar!”, exclamó. Se vistió rápidamente con su traje de baño favorito, uno con estampados de peces de colores, y bajó corriendo a desayunar.
Su mamá le preparó un plato de fresas y un vaso de jugo de naranja. Mientras comía, Amir no paraba de hablar de lo que iba a hacer en el agua. “Voy a nadar como un pez, mamá. ¡Voy a bucear y encontrar tesoros!”, decía emocionado.
Después del desayuno, Amir corrió hacia el jardín. La pileta inflable lo esperaba, llena de agua fresca y brillante. Se metió de un salto y chapoteó alegremente. El agua estaba un poco fría al principio, pero pronto se acostumbró y empezó a jugar con sus juguetes acuáticos. Tenía un patito de goma amarillo, una ballena azul que lanzaba agua por el agujero y un barco rojo que navegaba sin parar.
De repente, Amir tuvo una idea. “¡Voy a construir una isla en la pileta!”, pensó. Empezó a juntar todos sus juguetes y a colocarlos en un lado de la pileta. Con la ayuda de su patito de goma, su ballena y su barco, logró crear una pequeña isla flotante. Se sentó en su isla y se imaginó que era un explorador que había descubierto una nueva tierra.
Después de jugar en la pileta, Amir decidió ir al río. Su papá lo acompañó. Caminaron juntos por un sendero rodeado de árboles verdes y flores silvestres. Amir iba saltando y cantando, impaciente por llegar al río.
Cuando llegaron, Amir se quedó maravillado. El río era aún más hermoso de lo que recordaba. El agua era cristalina y se podía ver el fondo lleno de piedras de colores. Se quitó las sandalias y metió los pies en el agua. ¡Estaba helada! Pero a Amir no le importó. Le encantaba sentir el agua fría en sus pies.
Empezó a explorar el río. Buscaba piedras interesantes, observaba los peces pequeños que nadaban entre las rocas y jugaba a lanzar palitos al agua. Su papá lo seguía de cerca, asegurándose de que estuviera seguro.
Encontró una piedra plana y la lanzó al agua. ¡Rebotó tres veces! Amir se sorprendió y empezó a lanzar más piedras. Intentaba que rebotaran el mayor número de veces posible. Se convirtió en un experto lanzador de piedras.
Después de un rato, Amir se cansó de lanzar piedras y decidió meterse al agua. Se metió hasta las rodillas y empezó a chapotear. El agua estaba fría, pero él no sentía frío. Estaba demasiado ocupado divirtiéndose.
Su papá lo observaba con una sonrisa. Le encantaba ver a Amir tan feliz. Sabía que el verano era la época favorita de su hijo y que el agua era su elemento.
De repente, Amir vio algo brillante en el fondo del río. Se agachó para verlo mejor y se dio cuenta de que era una moneda. La sacó del agua y la miró con curiosidad. Era una moneda antigua, llena de dibujos extraños.
“¡Papá, mira lo que encontré!”, exclamó Amir. Su papá se acercó y examinó la moneda. “¡Qué interesante! Parece una moneda muy antigua”, dijo. Amir estaba emocionado con su hallazgo. Se sentía como un verdadero explorador.
Después de un largo día de aventuras acuáticas, Amir y su papá regresaron a casa. Amir estaba cansado pero feliz. Había nadado, jugado, explorado y encontrado un tesoro. ¡Había sido un día perfecto!
Antes de dormir, Amir le mostró la moneda a su mamá. Ella también se sorprendió al verla. “¡Qué bonita! La vamos a guardar para que la recuerdes siempre”, dijo.
Amir se acostó en su cama y cerró los ojos. Soñó con peces de colores, ríos cristalinos y tesoros escondidos. Sabía que el verano aún tenía muchas aventuras acuáticas guardadas para él. Y él estaba listo para disfrutarlas todas.
Al día siguiente, Amir se despertó y corrió hacia la ventana. El sol brillaba y los pajaritos cantaban. “¡Hoy es otro día perfecto para nadar!”, exclamó. Y así, Amir continuó disfrutando del verano y del agua, viviendo cada día como una nueva aventura acuática.
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