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Gratis · elegí una vozAna era una niña llena de energía, con ojos brillantes y una sonrisa que podía iluminar una habitación. Le encantaba jugar a las escondidas en el parque, construir castillos de arena gigantes en la playa y dibujar dragones que escupían arcoíris. Pero Ana tenía una peculiaridad: ¡le encantaba gritar! No era un grito de miedo o enfado, sino un grito de pura emoción. Si estaba feliz, gritaba. Si estaba sorprendida, gritaba. Si veía una mariposa, ¡adivinaste! Gritaba.
—¡Aaaaaaaaah! —resonaba su voz por todo el vecindario.
Una mañana, el sol se asomó tímidamente por la ventana de Ana, pintando su habitación de un color naranja suave. Ana se despertó sintiéndose particularmente aventurera. Se puso sus calcetines a rayas, su falda de lunares y su abrigo amarillo favorito. Bajó corriendo las escaleras, lista para un nuevo día lleno de descubrimientos.
—¡Aaaaaaaaah! ¡Qué rico huele! —gritó Ana al percibir el delicioso aroma que provenía de la cocina. Era arroz con alcachofas, su comida favorita. Su mamá, que estaba removiendo el arroz en una gran olla, casi deja caer la cuchara del susto.
—¡Ana, por favor! —dijo su mamá con una sonrisa nerviosa—. Recuerda lo que hablamos sobre gritar tan fuerte por la mañana.
Ana puso los ojos en blanco. Sabía que su mamá tenía razón, pero a veces era tan difícil contener su entusiasmo. Tomó un gran plato de arroz con alcachofas y salió corriendo hacia la escuela.
En el camino, vio un auto azul que avanzaba a toda velocidad por la calle. Ana se asustó mucho y, sin pensarlo dos veces, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Aaaaaaaaah! ¡Cuidado! —El conductor frenó bruscamente, justo a tiempo para evitar un accidente. Ana sintió un escalofrío recorrer su espalda. Tal vez, pensó, su grito no era tan malo después de todo.
Al llegar al colegio, la profesora Andrea, una mujer amable con el pelo recogido en un moño y una sonrisa siempre presente, anunció algo muy emocionante:
—¡Buenos días, niños! Hoy vamos a abrir una caja muy antigua que hemos encontrado en el ático de la escuela. ¡Dentro hay algo muy especial! —dijo la profesora con un brillo en los ojos.
Ana no podía contener su emoción. Corrió hacia la caja y, con sus pequeñas manos, la abrió de un tirón. Dentro, envuelto en un papel de seda amarillento, había… ¡un avión de papel! La profesora lo lanzó al aire y el avión voló grácilmente por toda la clase.
—¡Aaaaaaaaah! —gritó Ana, maravillada.
Todos los niños rieron al escuchar el grito de Ana, pero esta vez no era un grito que molestara. Era un grito de alegría, un grito que contagiaba a todos con su entusiasmo. La profesora Andrea se acercó a Ana y le dijo amablemente:
—Ana, tienes una voz muy potente, eso es cierto. A veces es adecuado hablar alto, como cuando quieres advertir a alguien de un peligro. Pero otras veces, es mejor hablar bajo, en un tono más suave. ¿Entiendes?
Ana asintió con la cabeza, pensativa. Nunca se había parado a pensar en cómo su grito afectaba a los demás. Siempre había pensado que era simplemente una forma de expresar sus emociones.
Al día siguiente, de camino a casa, Ana vio una pequeña araña tejiendo su tela en un arbusto. Normalmente, habría gritado al ver una araña, incluso aunque no le diera miedo. Pero esta vez, recordó las palabras de la profesora Andrea. En lugar de gritar, se acercó al arbusto y susurró:
—Aaaaaaaaah… ¡Qué asombroso! ¡Mira qué bonita tela estás haciendo!
La araña, por supuesto, no entendió lo que Ana decía, pero Ana se sintió mucho mejor al no haber gritado. Se dio cuenta de que podía expresar su asombro sin necesidad de asustar a nadie.
Cuando llegó a casa, su mamá la estaba esperando con un gran abrazo.
—¿Qué tal el día, cariño? —preguntó su mamá.
—¡Muy bien! —dijo Ana—. He aprendido a controlar mi grito.
Su mamá sonrió y le dio un beso en la frente.
—Estoy muy orgullosa de ti, Ana. Sabía que podías hacerlo.
Desde aquel día, Ana aprendió a usar su voz con más cuidado. Todavía gritaba de vez en cuando, sobre todo cuando estaba muy emocionada, pero también aprendió a susurrar, a hablar en voz baja y a cantar suavemente. Descubrió que cada tono de voz tenía su propio encanto y que podía usar su voz para expresar una amplia gama de emociones.
Y así, Ana, la niña del gran grito, se convirtió en Ana, la niña de la voz melodiosa, una niña que aprendió a controlar su voz y a usarla para hacer del mundo un lugar más alegre y armonioso. Aprendió que un grito puede ser útil, pero un susurro puede ser igual de poderoso. Y lo más importante, aprendió que la verdadera belleza reside en la diversidad de sonidos que podemos crear.
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