Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozAna era una niña encantada. No encantada en el sentido de tener poderes mágicos (aunque a veces lo parecía), sino encantada con la vida, con la naturaleza, y sobre todo, con la montaña. Cada mañana, al despertar, lo primero que hacía era correr a la ventana y observar las cumbres nevadas que se alzaban majestuosas en el horizonte. La montaña era su lugar favorito, su refugio, su patio de juegos gigante.
Ana era divertida y ocurrente. Siempre tenía una sonrisa lista y una broma a punto de salir de sus labios. En la escuela, era la alegría del salón. Le encantaba aprender, participar en clase y hacer reír a sus amigos. Su imaginación no tenía límites y siempre estaba inventando historias fantásticas sobre animales parlantes y tesoros escondidos en la montaña.
Un día, mientras caminaba hacia la escuela, Ana vio un pequeño pájaro herido en la acera. Tenía una ala rota y piaba tristemente. Sin dudarlo, Ana lo recogió con cuidado y lo llevó a su casa. Le hizo una camita en una caja de zapatos y lo alimentó con migas de pan y agua. Lo llamó Piolín.
Ana cuidó de Piolín con mucho cariño. Le hablaba, le cantaba canciones y le contaba historias sobre la montaña. Piolín parecía entenderla y la miraba con sus ojitos brillantes. Poco a poco, el ala de Piolín fue sanando. Un día, Ana lo llevó a la ventana y lo dejó volar. Piolín voló en círculos alrededor de la casa, como despidiéndose, y luego se dirigió hacia la montaña.
Ana sintió una mezcla de tristeza y alegría. Triste porque Piolín se iba, pero alegre porque estaba libre y podía volver a volar. Sabía que Piolín nunca la olvidaría y que siempre estaría agradecido por su ayuda.
Esa tarde, después de la escuela, Ana decidió ir a la montaña. Llevaba su mochila con un bocadillo de queso, una botella de agua y su cuaderno de dibujo. Le encantaba dibujar los paisajes de la montaña, los árboles, las flores, los animales… Todo le parecía fascinante.
Mientras caminaba por el sendero, Ana escuchó un ruido extraño. Era un sonido débil y quejumbroso que venía de entre los arbustos. Se acercó con cuidado y descubrió a un pequeño cervatillo atrapado en una trampa.
El cervatillo estaba asustado y temblaba de miedo. Ana intentó liberarlo, pero la trampa era muy fuerte. No podía moverla. Entonces, recordó que su abuelo le había enseñado a hacer nudos con las cuerdas. Buscó una rama seca y, con mucha paciencia y habilidad, logró aflojar la trampa y liberar al cervatillo.
El cervatillo, libre al fin, lamió la mano de Ana en señal de agradecimiento y corrió a reunirse con su madre, que lo esperaba ansiosamente al otro lado del sendero.
Ana se sintió muy feliz de haber ayudado al cervatillo. Sabía que la montaña era un lugar hermoso, pero también podía ser peligroso para los animales. Decidió que haría todo lo posible por protegerla.
Continuó caminando por el sendero hasta llegar a su lugar favorito: una pequeña cascada que caía en una poza cristalina. Se sentó en una roca y sacó su cuaderno de dibujo. Empezó a dibujar la cascada, intentando capturar la belleza y la fuerza del agua.
Mientras dibujaba, Ana escuchó una voz suave que la llamaba. Se sobresaltó y miró a su alrededor. No vio a nadie. La voz volvió a llamarla, esta vez más cerca. Ana siguió el sonido hasta llegar a un gran árbol centenario. En la base del árbol, vio a una pequeña hada sentada en una seta.
El hada era diminuta, con alas brillantes y un vestido hecho de hojas. Tenía una mirada dulce y una sonrisa amable. Ana se quedó sin palabras, nunca había visto un hada antes.
"Hola, Ana", dijo el hada. "Sé que eres una niña especial. Te gusta la montaña, te gusta la escuela y te gusta ayudar a los animales. Eres una niña buena y valiente".
Ana, todavía sorprendida, logró articular unas palabras: "¿Quién eres tú?".
"Soy el hada de la montaña", respondió el hada. "He estado observándote durante mucho tiempo. Sé que amas este lugar y que quieres protegerlo. Necesito tu ayuda".
El hada le explicó a Ana que la montaña estaba en peligro. Un grupo de personas malvadas quería construir una fábrica en la cima, lo que contaminaría el agua, destruiría los bosques y ahuyentaría a los animales.
Ana se sintió muy triste y preocupada. No podía permitir que eso sucediera. Prometió al hada que haría todo lo posible por salvar la montaña.
El hada le dio a Ana un pequeño amuleto mágico. "Este amuleto te protegerá y te dará fuerza", le dijo. "Úsalo sabiamente".
Ana regresó a su casa con el amuleto y el corazón lleno de determinación. Sabía que la tarea que tenía por delante era difícil, pero estaba dispuesta a luchar por la montaña, por los animales y por la magia que llenaba su vida.
Al día siguiente, en la escuela, Ana les contó a sus amigos sobre la amenaza que se cernía sobre la montaña. Al principio, sus amigos no le creyeron. Pensaron que era otra de sus historias fantásticas. Pero Ana les mostró el amuleto mágico y les habló con tanta pasión y convicción que finalmente lograron convencerse.
Juntos, Ana y sus amigos organizaron una campaña para salvar la montaña. Escribieron cartas a los periódicos, hicieron pancartas y organizaron una manifestación en la plaza del pueblo. La gente del pueblo se unió a su causa y juntos lograron detener la construcción de la fábrica.
La montaña se salvó. Ana y sus amigos habían demostrado que incluso los niños pequeños pueden hacer grandes cosas cuando se unen y luchan por lo que creen.
Ana siguió visitando la montaña todos los días. Cuidaba de los animales, limpiaba los senderos y dibujaba los paisajes. Sabía que la montaña siempre estaría agradecida por su amor y su dedicación. Y el hada de la montaña, desde su árbol centenario, sonreía con satisfacción, sabiendo que había elegido a la persona correcta para proteger su hogar mágico.
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