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Gratis · elegí una vozAnahí se encontró con la rana en su patio. No era una rana cualquiera. Esta rana era verde esmeralda brillante, con grandes ojos dorados que parecían dos monedas de sol. Estaba sentada en una hoja de lechuga, tan tranquila como si estuviera en un trono. Anahí, que tenía siete años y una imaginación más grande que su casa, se acercó con cuidado.
"Hola," susurró Anahí, no queriendo asustar a la rana. La rana la miró fijamente, luego hinchó su garganta y… ¡cantó! No un croar típico, sino una melodía dulce y alegre, como un pequeño arpa tocada por el viento.
Anahí se quedó boquiabierta. "¡Sabes cantar!" exclamó.
La rana asintió con la cabeza, o al menos, eso pareció. Luego, volvió a cantar. Esta vez, la melodía era diferente, más triste y lenta.
"¿Estás triste?" preguntó Anahí, sintiendo una punzada de empatía. La rana dejó de cantar y una pequeña lágrima rodó por su mejilla verde. Anahí nunca había visto llorar a una rana.
"¿Qué te pasa? ¿Puedo ayudarte?" insistió Anahí. La rana respiró hondo y, con una voz sorprendentemente clara, dijo: "He perdido mi estanque."
Anahí parpadeó. "¿Tu estanque? ¿Cómo se pierde un estanque?"
"Estaba aquí," explicó la rana, señalando con una pequeña pata hacia el final del jardín. "Pero el señor gruñón lo tapó con cemento para construir una barbacoa."
El señor Gruñón era el vecino de Anahí, conocido por su mal humor y su obsesión por tener el césped perfecto. Anahí frunció el ceño. ¡Eso no era justo!
"No te preocupes," dijo Anahí con determinación. "Te ayudaré a encontrar un nuevo estanque." La rana sonrió, mostrando pequeños dientes blancos. "¿De verdad? ¡Gracias! Me llamo Renata."
"Yo soy Anahí," respondió, estrechando la pata de Renata con su dedo índice. "¡Vamos!"
Anahí y Renata comenzaron su búsqueda. Primero, revisaron el jardín de Anahí. Buscaron debajo de los rosales, detrás del columpio e incluso dentro de la casita de muñecas. Pero nada. Ni rastro de un estanque.
Luego, decidieron explorar el parque cercano. Buscaron junto al río, entre los juncos y bajo los sauces llorones. Renata cantaba pequeñas canciones de esperanza mientras caminaban.
De repente, Renata se detuvo. "¡Escucha!" dijo. Anahí aguzó el oído. Oyó el suave murmullo del agua. Siguieron el sonido hasta llegar a un pequeño claro secreto, escondido entre los árboles. Allí, rodeado de helechos y flores silvestres, había un estanque. Era pequeño, pero perfecto.
"¡Lo encontramos!" gritó Anahí, saltando de alegría. Renata saltó al estanque, nadando felizmente entre los nenúfares. "¡Es maravilloso! ¡Gracias, Anahí!" cantó Renata.
Anahí sonrió. Estaba muy contenta de haber ayudado a Renata. Pero de repente, sintió un poco de tristeza. "¿Te vas a quedar aquí?" preguntó.
"Sí," respondió Renata. "Este es mi nuevo hogar. Pero… puedo visitarte en tu jardín si quieres."
"¡Sí, por favor!" dijo Anahí. "Podemos cantar canciones juntas."
Renata prometió visitarla pronto. Anahí regresó a casa, sintiéndose feliz y orgullosa de haber ayudado a una amiga. Al día siguiente, Anahí vio al señor Gruñón regando su nuevo césped. Tuvo una idea.
Se acercó al señor Gruñón. "Señor Gruñón," dijo Anahí con una sonrisa. "He estado pensando… ¿no sería bonito tener un pequeño estanque en su jardín? Podría poner peces de colores y plantas acuáticas. Sería muy relajante."
El señor Gruñón la miró con incredulidad. "¿Un estanque? ¡Eso atraería mosquitos!"
"No necesariamente," respondió Anahí. "Podríamos poner plantas que repelen los mosquitos y… ¡ranas! Las ranas comen mosquitos."
El señor Gruñón pensó por un momento. "¿Ranas?" dijo. "Hmm…" Por primera vez, Anahí vio una pequeña sonrisa en su rostro. "Bueno… podría ser interesante."
Anahí, con la ayuda de sus padres, construyó un pequeño estanque en el jardín del señor Gruñón. Pusieron plantas acuáticas, peces de colores y… ¡invitaron a Renata a mudarse allí también! Ahora, el señor Gruñón tenía un jardín lleno de vida y alegría, y Anahí tenía dos amigas especiales: una rana cantante y un vecino menos gruñón.
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