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Gratis · elegí una vozAnakin era un gato muy peculiar. ¡Era blanco como la nieve, pero con un rabo negro como la noche, una oreja negra como el carbón y una mancha negra traviesa en su morro blanco! Le encantaba pasar sus días soleados en el césped verde esmeralda del jardín. Allí, bajo el calorcito del sol, observaba con atención los tomates redondos y brillantes que crecían en la huerta. Le fascinaba su color rojo intenso y la forma en que se balanceaban suavemente con la brisa.
Un día, mientras disfrutaba de su siesta solar, Anakin escuchó un pequeño quejido. Se incorporó, estiró sus patas delanteras y, con curiosidad felina, siguió el sonido hasta encontrar un saltamontes. El saltamontes estaba en el suelo, luchando por moverse. Una de sus largas patas traseras estaba doblada en un ángulo extraño.
"¿Qué te pasa?" preguntó Anakin, ladeando su cabeza con la oreja negra hacia arriba.
"Me he lastimado la pata," gimió el saltamontes. "No puedo saltar. ¡Y necesito llegar al otro lado de la tapia! Mis amigos me están esperando."
Anakin miró la alta tapia de piedra que rodeaba el jardín. Era alta, incluso para un gato ágil como él. Pero no podía dejar a su nuevo amigo saltamontes varado.
"Yo te ayudaré," dijo Anakin con decisión. "Puedo saltar la tapia contigo."
El saltamontes, sorprendido, lo miró con sus grandes ojos redondos. "¿De verdad? Pero soy demasiado pesado."
"¡Tonterías!" exclamó Anakin. "Soy un gato fuerte y valiente. ¡Súbete a mi espalda!"
Con cuidado, el saltamontes cojo se subió a la espalda de Anakin, agarrándose con sus pequeñas patas. Anakin se preparó, flexionando sus músculos. Tomó impulso y, con un salto poderoso, se elevó en el aire. ¡Casi llegó a la cima de la tapia!
Cayó con un golpe suave sobre la tapia, con el saltamontes aferrado a su espalda. Caminó con cuidado por la estrecha superficie hasta llegar al otro lado. Luego, con un último salto, aterrizó suavemente en el césped, liberando al saltamontes.
"¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste!" exclamó el saltamontes, saltando (aunque solo un poquito) de alegría. "¡Gracias, Anakin! Eres el mejor gato del mundo!"
Anakin se sintió muy orgulloso de sí mismo. Le gustaba ayudar a los demás, incluso si eran pequeños saltamontes cojos. Sin embargo, su aventura no había terminado todavía.
En ese momento, el papá humano de Anakin salió de la casa. Vio a Anakin al otro lado de la tapia, justo cuando saltaba de vuelta al jardín. Su papá frunció el ceño.
"¡Anakin!" exclamó el papá. "¿Qué crees que estás haciendo? ¡No puedes saltar la tapia! ¡Pensé que te estabas escapando!"
Anakin se sintió muy triste. No se estaba escapando. Estaba ayudando a un amigo. Pero, ¿cómo podía explicarlo?
"Pero papá..." comenzó a decir Anakin.
"¡Nada de peros!" interrumpió el papá. "Estás castigado. ¡Nada de siesta al sol hoy!"
Anakin bajó las orejas y caminó tristemente hacia la casa. Estaba decepcionado. Su papá no entendía. Justo cuando entraba en la casa, el saltamontes, con la ayuda de sus amigos, saltó sobre la tapia y se acercó al papá de Anakin.
"Señor," dijo el saltamontes con su voz aguda. "Anakin no se estaba escapando. Me estaba ayudando. Me había lastimado la pata y no podía saltar la tapia. Anakin me llevó a cuestas al otro lado."
El papá de Anakin se quedó boquiabierto. Miró a Anakin, que estaba parado en la puerta, con una expresión triste en su rostro. Luego, miró al saltamontes, que lo miraba fijamente con sus grandes ojos. Se dio cuenta de que había cometido un error.
"Anakin," dijo el papá con suavidad. "Lo siento mucho. No sabía lo que había pasado. Estaba equivocado."
Anakin corrió hacia su papá y lo abrazó a sus piernas. El papá lo levantó y lo abrazó con fuerza.
"Puedes volver a tu siesta al sol," dijo el papá. "Y gracias por ayudar a tu amigo."
Anakin sonrió. Corrió de vuelta al jardín y se reunió con el saltamontes. Juntos, disfrutaron del sol y de la compañía del otro. Anakin aprendió que a veces es difícil explicar las cosas, pero que la verdad siempre sale a la luz. Y el papá de Anakin aprendió que no siempre debe juzgar las cosas por las apariencias, y que incluso los gatos con manchas negras en el morro pueden tener un corazón de oro. Y, por supuesto, que los saltamontes pueden hablar... si uno está dispuesto a escuchar.
Desde ese día, Anakin y el saltamontes se convirtieron en los mejores amigos. Anakin seguía disfrutando de sus siestas al sol, observando los tomates y protegiendo el jardín. Y siempre estaba listo para ayudar a cualquiera que lo necesitara, incluso si eso significaba saltar una tapia alta.
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