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Gratis · elegí una vozAndrea Victoria amaba la noche. No tanto como el día, lleno de juegos y sol, pero la noche tenía un encanto especial. Era tranquila, misteriosa y, sobre todo, ¡estaba la luna! Andrea Victoria pensaba que la luna era una gigante galleta de queso colgando del cielo. Cada noche, antes de dormir, se asomaba a la ventana para saludarla.
Una noche, la luna parecía más brillante que nunca. Andrea Victoria sintió que la llamaba. "¡Hola, Luna!", susurró. Para su sorpresa, ¡la luna le respondió! Bueno, no con palabras, sino con un suave brillo que parecía bailar solo para ella.
"¡Wow!", exclamó Andrea Victoria, abriendo grande los ojos. "¿Puedes oírme?". El brillo lunar respondió de nuevo, esta vez formando una pequeña estrella fugaz que se desvaneció rápidamente.
Andrea Victoria supo entonces que la luna tenía un secreto. Un secreto que quería compartir con ella. Decidida, se puso su pijama de estrellas y, con mucho cuidado, abrió la ventana. No pensaba saltar, ¡eso sería peligroso! Pero quería estar más cerca de la luna.
De repente, un rayo de luna, más brillante y fuerte que los demás, se extendió hacia ella. Andrea Victoria, sin pensarlo dos veces, extendió su mano. El rayo la envolvió suavemente y, sintió como si flotara. ¡Estaba volando! No volaba rápido, sino lentamente, como una pluma en el viento.
Se elevó por encima de los árboles, por encima de las casas, hasta que estuvo muy, muy cerca de la luna. La luna, ahora mucho más grande, la recibió con una sonrisa brillante. Andrea Victoria pudo ver que no era una galleta de queso. Era mucho más hermosa, llena de cráteres y misteriosas sombras.
"Bienvenida, Andrea Victoria", dijo una voz suave y melodiosa. Era la luna. "He estado esperando tu visita".
Andrea Victoria estaba asombrada. "¿De verdad? ¿Por qué?".
"Porque tienes un corazón puro y una gran curiosidad", respondió la luna. "Y necesito tu ayuda".
"¿Mi ayuda? ¿En qué puedo ayudarte?", preguntó Andrea Victoria.
"En el jardín lunar", explicó la luna. "Está perdiendo su brillo. Las flores lunares se están marchitando y las estrellas ya no cantan como antes".
Andrea Victoria frunció el ceño. "¿Un jardín lunar? ¿Flores lunares? ¡Nunca había oído hablar de eso!".
La luna sonrió. "Es un lugar mágico, visible solo para aquellos que creen en la magia. Sígueme".
La luna guio a Andrea Victoria a través de un sendero de polvo de estrellas. Llegaron a un jardín que, aunque triste y apagado, aún mostraba rastros de su antigua belleza. Las flores lunares, de colores plateados y azules, estaban caídas y sin vida. Las estrellas, pequeñas y temblorosas, emitían un sonido débil y apagado.
"¿Qué puedo hacer?", preguntó Andrea Victoria, sintiéndose triste por el jardín.
"Necesitas recordarles la importancia de la alegría y la esperanza", dijo la luna. "Las flores lunares se alimentan de la alegría, y las estrellas cantan cuando hay esperanza en el corazón".
Andrea Victoria pensó por un momento. ¿Cómo podía traer alegría y esperanza a un jardín lunar? Entonces, recordó algo que siempre la hacía feliz: cantar. Le encantaba cantar canciones de cuna a su oso de peluche antes de dormir.
Comenzó a cantar una suave melodía. Una canción sobre la amistad, sobre los sueños y sobre la magia de la noche. Su voz, dulce y clara, resonó en el jardín. Poco a poco, las flores lunares comenzaron a enderezarse. Sus pétalos recuperaron su brillo y color. Las estrellas, animadas por la canción, empezaron a cantar junto a ella. Su sonido, al principio débil, se hizo más fuerte y armonioso.
El jardín lunar se llenó de luz y música. La alegría y la esperanza volvieron a florecer. Andrea Victoria se sintió feliz de haber podido ayudar.
"¡Lo has hecho!", exclamó la luna, radiante. "Has salvado el jardín lunar".
Andrea Victoria sonrió. "Solo canté una canción", dijo tímidamente.
"Pero cantaste con el corazón", respondió la luna. "Y eso es lo que más importa".
La luna abrazó a Andrea Victoria con un rayo de luz cálida. "Es hora de que vuelvas a casa", dijo. "Pero recuerda, siempre serás bienvenida en el jardín lunar".
El rayo de luna llevó a Andrea Victoria de vuelta a su habitación. La dejó suavemente en su cama. Andrea Victoria se acurrucó bajo las sábanas, sintiéndose cansada pero feliz. Miró por la ventana y vio a la luna, brillando con una luz aún más intensa.
"Gracias, Luna", susurró antes de quedarse dormida. Esa noche, soñó con flores lunares, estrellas cantoras y un jardín mágico lleno de alegría y esperanza. Y supo que, aunque no pudiera visitar el jardín lunar todas las noches, siempre llevaría un pedacito de él en su corazón.
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