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Gratis · elegí una vozHabía una vez un pequeño árbol llamado Ángel, que vivía feliz junto a sus padres en un frondoso bosque. Disfrutaba de la brisa suave que acariciaba sus hojas, del alegre canto de los pájaros que anidaban en sus ramas, y de la calidez del sol que lo alimentaba. Ángel era feliz, muy feliz, y cada día era una aventura llena de descubrimientos y alegría.
Sin embargo, su felicidad no duró mucho. Un día, el sonido de motores y el golpear de hachas resonaron en el bosque. Humanos, con sus herramientas ruidosas y brillantes, llegaron al hogar de Ángel. Él, asustado, se escondió detrás de sus padres, sintiendo el temblor de la tierra bajo sus pequeñas raíces.
Ángel vio cómo sus padres eran marcados con pintura y luego, con un estruendo terrible, cómo caían al suelo. Los humanos los talaron para usar su madera en la fabricación de sillas y mesas. El corazón de Ángel se rompió en mil pedazos al ver a sus padres, sus protectores, desaparecer. Vio cómo sus cuerpos eran arrastrados lejos, dejando un vacío inmenso en el bosque y en su alma.
Ángel vio cómo sus padres eran talados y, con lágrimas en sus hojas, que brillaban como pequeñas gotas de rocío, murmuró:
—Ahora estoy solo…
El viento pareció susurrar su nombre, llevándose su lamento a través del bosque. Los demás árboles del bosque notaron su tristeza. Sintieron su dolor como si fuera propio, porque en el bosque, todos estaban conectados por las raíces que se entrelazaban bajo la tierra y por el aire que compartían.
Un viejo roble, con su corteza rugosa y sus ramas extendidas como brazos sabios, se acercó a él. Su voz era profunda y serena, como el murmullo de un río antiguo.
— ¿Por qué estás tan triste, Ángel? —preguntó el viejo roble con voz serena, inclinando una de sus ramas hacia el pequeño árbol.
Ángel suspiró, sintiendo el peso de la soledad en su corazón. Respondió con tristeza, con la voz temblorosa como una hoja en otoño:
—Mis padres murieron… Los humanos los talaron para hacer muebles. Ahora no tengo a nadie.
Los árboles se miraron entre sí, compartiendo un sentimiento de tristeza y compasión. Comprendían el dolor de Ángel, la pérdida de sus padres y el miedo a estar solo. Decidieron que debían hacer algo para ayudarlo.
Conmovidos, le dijeron a Ángel, con sus voces unísonas como el canto del bosque:
—No estás solo, Ángel. Nosotros estamos aquí para ti. Somos el bosque, somos una familia. ¿Quieres ser nuestro amigo?
El pequeño árbol sintió un cálido alivio en su corazón. Era como si el sol hubiera salido de repente después de una larga noche oscura. La idea de tener amigos, de no estar solo, le llenó de esperanza.
—¡Sí, me encantaría! —respondió con una sonrisa, sintiendo que sus hojas volvían a brillar con alegría.
Desde entonces, Ángel jugaba con sus nuevos amigos. El viento les contaba historias de tierras lejanas, la lluvia les lavaba las hojas y les hacía cosquillas, y el sol les daba calor y energía. Disfrutaban de la lluvia que los refrescaba y del viento que mecía sus ramas, cantando canciones en el lenguaje del bosque.
Con el paso del tiempo, se hizo más fuerte y sus raíces se afianzaron en la tierra. Se sentía protegido y amado, rodeado de la amistad y el cariño de sus nuevos compañeros. Aprendió de los árboles más viejos, escuchando sus sabias historias y aprendiendo los secretos del bosque.
Los años pasaron, y Ángel creció hasta convertirse en un árbol grande y robusto. Sus ramas eran fuertes, y de ellas brotaban frutos saludables, que compartía con los animales del bosque. Se había convertido en un árbol generoso y sabio, como sus amigos le habían enseñado a ser.
Cada día agradecía a sus amigos por su compañía y los consideraba su nueva familia. Juntos, siguieron viviendo felices en el bosque, bajo la sombra de su amistad eterna. Aprendieron a protegerse mutuamente, a cuidarse y a celebrar la vida en cada estación.
Ángel nunca olvidó a sus padres, pero encontró consuelo y alegría en la amistad de los demás árboles. Comprendió que la familia no siempre es la que nace con uno, sino la que uno elige y la que le elige a uno. Y en el bosque, Ángel había encontrado una familia que lo amaba y lo cuidaba, una familia que duraría para siempre.
Fin.
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