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Ángel era un niño muy curioso, ¡demasiado curioso, dirían algunos! Un día, mientras su maestra, la Señorita Elena, leía un cuento sobre dragones que escupían fuego (su favorito), Ángel sintió una necesidad imperiosa de explorar. Se levantó sigilosamente de su asiento, como un pequeño ninja, y se deslizó fuera del aula.
Caminó por el pasillo, con sus zapatos haciendo pequeños ruidos de "¡pic, pic, pic!" en el suelo de baldosas. Pasó por la clase de la Señorita Rosa, donde los niños estaban haciendo unas preciosas flores de papel. "¡Qué aburrido!" pensó Ángel, aunque las flores eran realmente bonitas. Siguió caminando hasta llegar a la clase de la Señorita Sofía. La puerta estaba entreabierta, y Ángel no pudo resistir la tentación. Empujó la puerta lentamente y asomó la cabeza.
En el escritorio de la Señorita Sofía, vio un tarro grande y brillante. Era un tarro lleno de goma blanca, la goma más pegajosa y brillante que Ángel había visto en su vida. "¡Guau!" exclamó en voz baja. Sin pensarlo dos veces, entró en la clase, agarró el tarro de goma con ambas manos y salió corriendo al patio.
En el patio, el sol brillaba con fuerza y los niños jugaban al corre que te pillo. Ángel, con el tarro de goma temblando en sus manos, buscó el lugar perfecto. Lo encontró: un pequeño rincón cerca del arenero. Con una sonrisa traviesa en la cara, abrió el tarro y… ¡zas! Derramó toda la goma en el suelo. Un gran charco blanco y brillante se extendió por el patio.
Los niños que jugaban cerca se detuvieron en seco. Miraron el charco de goma con los ojos muy abiertos. Algunos gritaron de sorpresa, otros se escondieron detrás de los árboles. ¡Nunca habían visto algo así!
La Señorita Sofía, que había salido al patio para ver qué ocurría, se quedó boquiabierta. No podía creer lo que veía. "¡Pero… qué…?!" balbuceó, sin saber qué hacer. El patio, que antes era un lugar de risas y juegos, ahora estaba cubierto de un charco pegajoso y misterioso.
Los niños, asustados y curiosos, no se atrevían a acercarse. La goma brillaba al sol, como una piscina de leche mágica. La tensión en el aire era palpable. Nadie sabía qué hacer, excepto Ángel, que observaba la escena con una mezcla de temor y excitación.
La Señorita Sofía, recuperándose del shock inicial, se acercó a Ángel con paso firme pero suave. Se agachó a su altura y le dijo con voz tranquila: "Ángel, no debiste entrar a una clase que no es la tuya. Y mucho menos tomar algo sin permiso. Lo que has hecho no está bien."
Ángel bajó la cabeza, sintiéndose un poco avergonzado. Sabía que había cometido un error. "Lo siento, Señorita Sofía," murmuró.
La Señorita Sofía suspiró. "Regresa a tu clase, Ángel. La Señorita Elena te está esperando." Ángel, cabizbajo, obedeció y volvió a su aula, donde la Señorita Elena lo recibió con una mirada preocupada.
La Señorita Sofía se quedó mirando el charco de goma, preguntándose qué iba a hacer. La goma era muy pegajosa y difícil de limpiar. Estaba a punto de llamar al conserje cuando… ¡algo increíble sucedió!
Uno de los niños, el pequeño Pablo, se quitó un zapato y, con cautela, metió un dedo en el charco de goma. "¡Es pegajoso!" exclamó, riendo. Otro niño, Sofía (sí, como la maestra), se quitó también un zapato y metió el pie entero en la goma. "¡Qué divertido!" gritó.
Poco a poco, uno a uno, todos los niños se quitaron los zapatos y calcetines. Con los pies descalzos, se acercaron al charco de goma. Al principio, tímidamente, luego con más confianza, empezaron a pisar la goma. La sensación era extraña, pero a la vez muy agradable.
La goma se pegaba a sus pies, haciendo un sonido divertido: "¡plop, plop!" Los niños reían a carcajadas mientras caminaban, corrían y saltaban en el charco de goma. ¡Era como caminar sobre nubes pegajosas!
La Señorita Sofía, al principio sorprendida, no pudo evitar sonreír. Lo que había empezado como un desastre, se había transformado en un juego inesperado y divertido. Se sentó en un banco y observó a los niños disfrutar de su nuevo charco pegajoso.
Los niños jugaron durante horas, creando huellas de goma en el patio, riendo y gritando de alegría. El charco de goma se convirtió en un lugar mágico, un lugar donde las reglas se rompían y la diversión reinaba.
Cuando llegó la hora de irse a casa, los niños tenían los pies cubiertos de goma. Pero no les importaba. Estaban felices. Habían vivido una aventura inolvidable, gracias a la curiosidad de Ángel y al charco pegajoso de la alegría.
Al día siguiente, el conserje limpió el patio. Pero los niños nunca olvidaron el día en que un niño llamado Ángel derramó un tarro de goma y convirtió un desastre en una fiesta de pies pegajosos. Y aprendieron una valiosa lección: a veces, los errores pueden conducir a las experiencias más divertidas y sorprendentes. Y Ángel, bueno, Ángel aprendió a controlar su curiosidad… ¡un poquito!
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