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Gratis · elegí una vozAnnelisse no era la típica princesa. A sus diez años, prefería explorar el bosque que probarse vestidos pomposos. No le importaban las coronas brillantes, sino las mariposas multicolores. Y, sobre todo, Annelisse tenía un poder secreto: su encanto. No era magia con varita, sino una sonrisa que derretía corazones y una forma de ser que convencía a cualquiera. Con su encanto, Annelisse siempre, ¡siempre!, conseguía lo que quería.
Un día, un rumor llegó al castillo: el Bosque Sonriente, el lugar favorito de Annelisse, estaba triste. Los árboles ya no susurraban canciones, las flores habían perdido su color y los animales se escondían. La Reina, preocupada, envió mensajeros y caballeros, pero nadie lograba devolver la alegría al bosque. Annelisse, al escuchar la noticia, sintió un pinchazo en el corazón. "¡Yo iré!", exclamó, decidida. La Reina dudó. El bosque era peligroso, y Annelisse, aunque valiente, solo tenía diez años. Pero al ver la determinación en sus ojos, la Reina cedió. "Ten cuidado, mi niña. Y recuerda usar tu don."
Annelisse, acompañada por su leal perro Trueno, se adentró en el Bosque Sonriente. El silencio era opresivo. Los árboles, antes majestuosos, ahora parecían encorvados y tristes. "¡Hola, bosque!", gritó Annelisse, con su voz llena de alegría. El eco fue su única respuesta. Siguió caminando, Trueno olfateando el suelo, hasta que llegaron a un claro. En el centro, un viejo roble, el más grande del bosque, parecía llorar resina. Annelisse se acercó con cautela. "¿Qué te pasa, abuelo árbol?", preguntó, tocando suavemente su corteza.
El roble, sorprendido, movió una de sus ramas, como si la estuviera acariciando. "El río… el río ha desaparecido", susurró el árbol con voz ronca. "Sin agua, el bosque muere. Los animales se han ido, las flores se marchitan y yo… yo ya no puedo sonreír". Annelisse sintió un nudo en la garganta. El río era la vida del bosque. Si desaparecía, todo moriría. "¡Trueno, busca el río!", ordenó Annelisse. Trueno, moviendo la cola, salió corriendo, olfateando el aire. Annelisse se quedó con el roble, intentando consolarlo. Le contó historias sobre el castillo, sobre las mariposas del jardín, sobre las carreras que jugaba con Trueno. Poco a poco, el roble pareció animarse.
Después de un rato, Trueno regresó, ladrando emocionado. "¡Lo encontraste!", exclamó Annelisse, abrazando al perro. Trueno la guio a través del bosque, hasta llegar a un lugar donde antes corría el río. Ahora solo había un lecho seco y polvoriento. Annelisse observó con atención. Vio una gran grieta en la tierra, como si algo hubiera succionado el agua. "¡Aquí está el problema!", dijo Annelisse. Se acercó a la grieta y gritó: "¡Hola! ¿Quién está ahí abajo? ¡Necesitamos el agua del río!".
Al principio, no hubo respuesta. Luego, un gruñido sordo resonó desde las profundidades. Una criatura peluda y gruñona, un Gnomo de la Sequía, salió de la grieta. "¡El agua es mía!", gruñó el gnomo. "La necesito para… para… ¡para hacer mi té!". Annelisse se sorprendió. ¿Té? ¿El Gnomo de la Sequía estaba secando el río para hacer té? "Pero… pero el río es la vida del bosque", explicó Annelisse con suavidad. "Sin agua, los árboles mueren, los animales se van y las flores se marchitan. ¿No te da pena?". El gnomo frunció el ceño. Parecía confundido. "¿Pena? No sé qué es eso".
Annelisse sonrió. Aquí era donde entraba en juego su encanto. "Pena es cuando ves algo triste y quieres ayudar a que se ponga feliz", explicó. "Imagina que tuvieras sed y nadie te diera agua. ¿Cómo te sentirías?". El gnomo se quedó pensando. Nunca nadie le había hablado así. Siempre lo habían evitado por ser gruñón y feo. "Pero… necesito agua para mi té", insistió. Annelisse tuvo una idea. "¿Y si te doy algo mejor que agua para tu té?", propuso. El gnomo levantó una ceja. "¿Qué podría ser mejor que agua?".
Annelisse fue al lado de Trueno y sacó de su mochila una bolsa llena de miel silvestre, recolectada por las abejas del jardín del castillo. "Miel", dijo Annelisse. "Es dulce, deliciosa y perfecta para hacer un té mágico". El gnomo olió la miel. Sus ojos se iluminaron. "¡Huele delicioso!", exclamó. Annelisse le entregó la bolsa. "A cambio, debes devolver el agua al río". El gnomo aceptó la miel y, con un gruñido, hizo un gesto con su mano. La grieta se cerró y el agua comenzó a fluir de nuevo, llenando el lecho seco.
Annelisse y Trueno regresaron al claro, donde el roble los esperaba ansiosamente. Al ver el agua correr de nuevo, el roble agitó sus ramas con alegría. El Bosque Sonriente volvía a la vida. Los árboles susurraban canciones, las flores recuperaban su color y los animales regresaban a sus hogares. Annelisse sonrió. Había salvado el Bosque Sonriente. Y todo gracias a su encanto y a un poco de miel. Al día siguiente, Annelisse fue nombrada protectora del Bosque Sonriente, un título que llevó con orgullo, sabiendo que la verdadera magia reside en el corazón y en la capacidad de entender a los demás.
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