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Gratis · elegí una vozEn un mundo prehistórico bañado por el sol, vivía un anquilosaurio llamado Anqui. Anqui era un dinosaurio peculiar. Le encantaba beber agua fresca, pero no le gustaba la idea de tener que luchar para conseguirla. Su armadura era fuerte y su mazo en la cola, ¡poderoso! Pero prefería la paz a la confrontación.
Un día soleado, Anqui sintió una sed terrible. El sol brillaba con fuerza, y la hierba crujía bajo sus pesados pies. Caminó hacia el único lago cercano, un espejo de agua azul que prometía alivio a su garganta reseca. Pero, ¡oh, sorpresa! En el agua, nadando perezosamente, se encontraba un enorme megalodón. Sus aletas cortaban la superficie, y sus dientes parecían cuchillos brillantes bajo el sol.
El megalodón, cuyo nombre era Meg, era conocido en toda la región por su mal humor. Era un gigante marino, y pensaba que el lago era de su propiedad. Ningún dinosaurio se atrevía a acercarse cuando él estaba cerca. Anqui suspiró. Sabía que Meg no compartiría el agua amablemente. Intentó hablar con Meg desde la orilla.
"¡Hola, Meg!", gritó Anqui, con voz un poco temblorosa. "¿Podría beber un poco de agua, por favor? Tengo mucha sed."
Meg, que estaba dando vueltas en el agua, levantó la cabeza. Sus ojos fríos miraron a Anqui con desprecio.
"¡Fuera de aquí, Anquilosaurio!", rugió Meg, haciendo que las olas salpicaran la orilla. "¡Este lago es mío! No quiero dinosaurios bebiendo mi agua."
Anqui se sintió muy triste. No quería pelear, pero la sed era insoportable. Probó con la diplomacia otra vez.
"Meg, por favor", suplicó Anqui. "Solo necesito un poco de agua. Prometo no molestarte."
Meg soltó una carcajada que hizo temblar la tierra.
"¿Molestarme? ¡Tú no podrías molestarme ni aunque quisieras!", dijo Meg, mostrando sus afilados dientes. "¡Ahora lárgate antes de que te convierta en mi almuerzo!"
Anqui se sintió frustrado. Había intentado ser amable, pero Meg no escuchaba razones. Pensó por un momento. No quería lastimar a Meg, pero tampoco podía morir de sed. Tomó una decisión valiente.
"Está bien, Meg", dijo Anqui, con un tono de voz más firme. "Si no me dejas beber, tendré que obligarte."
Meg se echó a reír de nuevo. "¿Obligarme? ¿Tú? ¡Ja! ¡Inténtalo si te atreves!"
Anqui respiró hondo y se adentró en el agua. El agua estaba fría, y le llegaba hasta las rodillas. Meg lo observaba con una sonrisa burlona. Cuando Anqui estuvo lo suficientemente cerca, Meg se preparó para atacar. Abrió su enorme boca, mostrando sus afilados dientes, listo para dar un buen mordisco.
Pero Anqui era más rápido de lo que Meg esperaba. Con un movimiento ágil, giró su cuerpo y golpeó el agua con su poderosa cola. El mazo al final de su cola impactó con fuerza en el agua, creando una ola enorme que golpeó a Meg en la cara. Meg se atragantó con el agua salada y se sorprendió por la fuerza del golpe.
Anqui aprovechó la confusión de Meg para acercarse aún más. Levantó su cola una vez más, listo para dar otro golpe. Pero en lugar de golpear a Meg, golpeó el agua justo delante de su cara, rociándolo con agua. Meg tosió y escupió, aún más confundido.
Anqui siguió golpeando el agua con su cola, creando una lluvia torrencial alrededor de Meg. El megalodón estaba completamente desorientado. No podía ver nada, y el agua le entraba por la boca y la nariz. Finalmente, Meg se rindió.
"¡Ya basta! ¡Ya basta!", gritó Meg, tosiendo y escupiendo. "¡Me rindo! Puedes beber toda el agua que quieras. ¡Solo deja de golpearme con esa cosa!"
Anqui dejó de golpear el agua. Observó a Meg con cautela.
"¿De verdad?", preguntó Anqui, incrédulo.
"Sí, sí, de verdad", respondió Meg, todavía tosiendo. "¡Solo déjame en paz!"
Anqui sonrió. Había logrado su objetivo sin lastimar a Meg. Se acercó a la orilla y bebió agua fresca hasta saciarse. Luego, se volvió hacia Meg.
"Gracias, Meg", dijo Anqui. "Prometo no abusar de tu generosidad. Solo necesitaba un poco de agua."
Meg gruñó algo incomprensible y se alejó nadando hacia las profundidades del lago. Anqui, satisfecho y aliviado, salió del agua y se dirigió de regreso a su hogar.
De camino a casa, Anqui pensó en lo que había sucedido. Se dio cuenta de que la valentía y la astucia eran a veces más poderosas que la fuerza bruta. Y también aprendió que incluso los megalodones gruñones pueden cambiar de opinión si se les da una buena rociada de agua.
A partir de ese día, Anqui y Meg desarrollaron una extraña amistad. Anqui aprendió a respetar el espacio de Meg, y Meg aprendió a compartir el lago con el anquilosaurio sediento. Y de vez en cuando, Anqui le daba a Meg un pequeño chapuzón con su cola, solo para recordarle quién era el jefe... en lo que respecta a las salpicaduras, claro.
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