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Gratis · elegí una vozAntonella era una niña muy inteligente. No le gustaban los videojuegos ni las muñecas. Lo que a Antonella le encantaba era leer y resolver misterios. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques frondosos. Una mañana, mientras desayunaba tostadas con mermelada de fresa, escuchó a sus padres hablar preocupados.
"¿Has visto el jardín de la Señora Elena? ¡Ha desaparecido!", exclamó su madre.
"Sí, es muy extraño. Ayer estaba lleno de rosas y hoy… nada, solo tierra", respondió su padre.
Los ojos de Antonella brillaron. ¡Un misterio! No podía resistirse. Terminó su desayuno a toda prisa y salió corriendo a casa de la Señora Elena, que vivía al final de la calle.
La Señora Elena era una anciana muy dulce, con el cabello blanco como la nieve y una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Estaba sentada en su mecedora, mirando fijamente el lugar donde antes florecía su hermoso jardín.
"Buenos días, Señora Elena", saludó Antonella.
"Buenos días, Antonella, querida. ¿Has oído lo del jardín?", respondió la Señora Elena con tristeza.
"Sí, señora. Y quiero ayudar a resolver el misterio", dijo Antonella con determinación.
La Señora Elena sonrió. "Eres una niña muy inteligente, Antonella. Quizás tú puedas descubrir qué ha pasado. He buscado por todas partes, pero no encuentro ni una sola pista."
Antonella comenzó su investigación. Primero, examinó la tierra. Estaba removida, pero no parecía haber huellas. Luego, observó los árboles que rodeaban el jardín. Nada fuera de lo común. Caminó alrededor de la casa, buscando alguna señal, alguna pista que le indicara qué había sucedido con las rosas de la Señora Elena.
De repente, vio algo brillante entre las hojas de un arbusto. Se acercó y descubrió un pequeño botón verde, como los que se usan en los uniformes de los jardineros. Antonella lo recogió y lo guardó en su bolsillo.
"¡Una pista!", pensó Antonella emocionada. Ahora necesitaba encontrar al jardinero que usaba ese tipo de botones. Preguntó a los vecinos si habían visto a alguien trabajando en el jardín de la Señora Elena recientemente, pero nadie recordaba haber visto a un jardinero.
Antonella no se rindió. Recordó que el Señor Pérez, el dueño de la tienda de jardinería, conocía a todos los jardineros del pueblo. Corrió a la tienda del Señor Pérez y le mostró el botón.
El Señor Pérez examinó el botón con atención. "Este botón es de la empresa Verde Esmeralda. Son jardineros muy profesionales, pero no trabajan en este pueblo. Vienen de la ciudad vecina", explicó el Señor Pérez.
Antonella agradeció al Señor Pérez y corrió a casa. Buscó en internet información sobre la empresa Verde Esmeralda y encontró su número de teléfono. Llamó a la empresa y preguntó por el jardinero que había trabajado en el jardín de la Señora Elena.
"Lo siento, señorita, no tenemos ningún registro de haber trabajado en ese jardín", respondió la persona al otro lado del teléfono.
Antonella se sintió frustrada. Había llegado a un callejón sin salida. Pero recordó algo que su abuela siempre le decía: "Cuando te enfrentes a un problema, míralo desde otra perspectiva".
Antonella volvió al jardín desaparecido. Se sentó en el suelo y cerró los ojos. Imaginó el jardín lleno de rosas, escuchó el zumbido de las abejas y sintió el aroma dulce de las flores. De repente, algo le llamó la atención. Un pequeño brillo en la tierra, casi imperceptible.
Se acercó y excavó con sus manos. Encontró un pequeño trozo de tela brillante, como la que se usa para hacer disfraces. Antonella recordó que la semana anterior había habido una función de teatro en el pueblo y que uno de los actores llevaba un disfraz con tela brillante.
Corrió al teatro y preguntó por el actor que llevaba el disfraz. Le dijeron que se llamaba Ricardo y que era nuevo en el pueblo. Antonella buscó a Ricardo y lo encontró en el parque, practicando sus líneas para la próxima función.
"Ricardo, ¿puedo hacerte una pregunta?", dijo Antonella.
Ricardo se sorprendió al ver a la niña. "Claro, ¿en qué puedo ayudarte?"
Antonella le mostró el trozo de tela brillante y le preguntó si lo reconocía. Ricardo se puso muy nervioso y comenzó a tartamudear.
"Yo… yo… no sé de qué me hablas", dijo Ricardo.
Antonella no se dejó intimidar. "Sé que tú sabes algo sobre el jardín desaparecido de la Señora Elena. Encontré este trozo de tela en el jardín y sé que tú llevabas un disfraz con tela brillante en la función de teatro."
Ricardo suspiró y confesó. "Está bien, lo confieso. Fui yo quien se llevó las rosas de la Señora Elena. Necesitaba flores para decorar el escenario de la función y no tenía dinero para comprarlas. Lo siento mucho."
Antonella se sintió aliviada de haber resuelto el misterio, pero también sintió lástima por Ricardo. Le explicó que robar no estaba bien y que la Señora Elena se había puesto muy triste al ver su jardín desaparecido.
Ricardo se sintió muy culpable y prometió devolver las rosas a la Señora Elena. Antonella lo acompañó a casa de la Señora Elena y juntos le explicaron lo que había sucedido.
La Señora Elena se sintió feliz de recuperar sus rosas, pero también se sintió agradecida de que Ricardo hubiera aprendido la lección. Le perdonó y le invitó a tomar una taza de té con galletas.
Antonella se sintió orgullosa de haber resuelto el misterio del jardín desaparecido. Había utilizado su inteligencia y su perseverancia para ayudar a la Señora Elena y a Ricardo. Esa noche, se durmió con una sonrisa en los labios, pensando en el próximo misterio que le tocaría resolver.
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