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Gratis · elegí una vozAntonella, con sus coletas rubias saltando al ritmo de su emoción, agarró fuerte la mano de su papá. ¡Hoy era el día! ¡Día de Divertilandia! El parque de diversiones más increíble que jamás había visto. Desde lejos, la montaña rusa, la "Serpiente Veloz", parecía una serpiente de verdad, ¡pero hecha de metal y gritos de alegría!
"¿Listo para la aventura, mi pequeña exploradora?" preguntó Papá, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.
Antonella asintió con tanta fuerza que casi se le cae su gorra de unicornio. "¡Súper lista! Quiero ir a… ¡todo!"
Lo primero que vieron al entrar fue un carrusel gigante, con caballos de todos los colores y adornados con luces brillantes. La música, una melodía alegre y pegadiza, invitaba a bailar. Antonella corrió hacia un caballo blanco con una crin dorada. "¡Este es mi corcel mágico!" exclamó.
Después del carrusel, se dirigieron a la "Casa de los Espejos Locos". Antonella reía a carcajadas al verse reflejada en espejos que la hacían alta y delgada, o baja y gorda. Papá también se unió a la diversión, tropezando torpemente con sus propios pies mientras intentaba orientarse en el laberinto de reflejos.
"¡Ahora, a probar suerte!" dijo Papá, señalando un puesto de juegos donde había que lanzar aros a unas botellas. Antonella intentó con todas sus fuerzas, pero los aros siempre terminaban cayendo justo antes de alcanzar las botellas. Papá, con un poco más de práctica (y quizás un poco de trampa), logró encestar tres aros. El premio: ¡un enorme oso de peluche color rosa!
Antonella abrazó al oso con fuerza. "¡Lo llamaré Rosita!"
El sol comenzaba a calentarse, así que decidieron refrescarse con un helado. Antonella eligió uno de fresa con chispas de colores, y Papá uno de chocolate con trozos de galleta. Mientras se sentaban en un banco a la sombra de un árbol, Antonella observaba a los demás niños jugando y riendo.
"¿Qué quieres hacer ahora, Antonella?" preguntó Papá.
Antonella pensó por un momento. "Quiero… ¡la Serpiente Veloz!" dijo con valentía, aunque en el fondo sentía un poco de miedo.
Papá sonrió. "¡Esa es mi chica valiente!"
Cuando llegaron a la fila de la montaña rusa, Antonella pudo sentir su corazón latiendo con fuerza en su pecho. La Serpiente Veloz se elevaba altísima, con curvas y giros que parecían desafiar la gravedad. Vio a la gente gritar y levantar los brazos mientras el vagón se precipitaba a toda velocidad.
"¿Estás segura, Antonella?" preguntó Papá, notando su nerviosismo.
Antonella respiró hondo y asintió. "¡Sí! ¡Quiero intentarlo!"
Se sentaron en el vagón, asegurados con cinturones de seguridad. El vagón comenzó a ascender lentamente, muy lentamente, hasta la cima de la montaña rusa. Antonella cerró los ojos con fuerza. Podía sentir la tensión en el aire.
De repente, el vagón se detuvo. Un instante de silencio absoluto… y luego, ¡la caída! Antonella gritó, pero no era un grito de miedo, sino un grito de pura emoción. El viento le golpeaba la cara, el estómago se le subía hasta la garganta. La Serpiente Veloz giraba, daba vueltas, subía y bajaba a toda velocidad. ¡Era increíble!
Cuando el vagón finalmente se detuvo, Antonella abrió los ojos y miró a su papá. Ambos estaban riendo a carcajadas.
"¡Eso fue… asombroso!" exclamó Antonella.
Después de la montaña rusa, Antonella y Papá jugaron a los dardos, ganaron un pez de colores (que Antonella llamó Burbujas), y comieron algodón de azúcar gigante, tan grande que casi no podían terminarlo.
Ya estaba oscureciendo cuando decidieron que era hora de irse. Las luces del parque brillaban intensamente, creando un ambiente mágico y festivo.
Antonella, cansada pero feliz, abrazó a Rosita con fuerza y agarró la mano de su papá.
"Gracias, Papá," dijo Antonella bostezando. "Este fue el mejor día de mi vida."
Papá le dio un beso en la frente. "A mí también me encantó, mi pequeña. ¡Hasta la próxima aventura en Divertilandia!"
Mientras caminaban hacia el coche, Antonella miró hacia atrás al parque, que brillaba como un sueño. Sabía que siempre recordaría este día especial con su papá en Divertilandia. Y a Rosita, su oso de peluche, y a Burbujas, su pez de colores, que la esperaban en casa para seguir soñando con aventuras.
En el camino a casa, Antonella se quedó dormida en el coche, soñando con montañas rusas, espejos locos, y osos de peluche gigantes. Su corazón estaba lleno de alegría y gratitud por tener un papá tan divertido y aventurero.
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