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Gratis · elegí una vozAntonia, con sus tres añitos y un volcán de energía, era una niña muy especial. Le encantaba comer patitas de pollo crujientes y, aunque a veces su mamá la regañaba, ¡también le gustaban los conejos! No para comérselos, ¡claro que no! Sino para dibujarlos. Antonia dibujaba como una verdadera artista. Conejos gorditos, flacos, con sombreros y hasta con bigotes. Su mamá, que estudiaba para ser profesora de párvulos, siempre decía que Antonia tenía un talento increíble. Su papá, un hombre de pocas palabras, asentía con la cabeza y le sonreía, orgulloso.
Pero Antonia tenía un pequeño… bueno, ¡un gran!… secreto: a veces mordía a sus compañeros en el jardín. No era porque fuera mala, ¡para nada! Era simplemente que, cuando se emocionaba mucho o se sentía frustrada, ¡zas!, un mordisquito salía sin avisar. La pobre señorita Elena, su profesora, ya no sabía qué hacer.
Además de su talento para el dibujo y su afición por los conejos y las patitas de pollo, Antonia tenía una perra galgo preciosa llamada Luna. Luna era una galga muy elegante que Antonia y su papá habían encontrado abandonada en la calle. Luna estaba ahora gordita, ¡porque estaba esperando cachorritos! Antonia estaba emocionadísima. Le hablaba a la barriga de Luna todos los días, preguntándole si ya venían los bebés.
Antonia también tenía otra peculiaridad: le gustaba mucho gritar. Y siempre, ¡siempre! quería tener la razón. Si alguien le decía que el cielo era azul, y ella pensaba que era verde, ¡preparémonos para la discusión! "¡No es azul, es verde! ¡Yo lo veo verde!" gritaba con todas sus fuerzas, haciendo temblar las ventanas.
Un día, en el jardín, Antonia estaba jugando con sus amigos a construir una torre muy alta con bloques. De repente, Pedro, uno de sus compañeros, le quitó un bloque. ¡Catástrofe! Antonia gritó: "¡Es mío! ¡Dame mi bloque!" Pedro no le hizo caso. La frustración creció en Antonia como un globo a punto de explotar. Y, ¡zas!, mordió a Pedro en el brazo.
Pedro lloró. La señorita Elena la separó del grupo y la sentó en la silla del "rincón de la calma". Antonia estaba muy triste. Sabía que no debía morder, pero no podía evitarlo. Se sentía como si tuviera un pequeño monstruo mordelón dentro de ella.
Esa noche, después de cenar patitas de pollo (¡su plato favorito!) y dibujar un conejo astronauta, Antonia se sentó con su mamá. "Mamá, ¿por qué muerdo a mis amigos? No quiero hacerlo, pero no puedo controlarlo", le dijo con lágrimas en los ojos.
La mamá de Antonia la abrazó fuerte. "Mi amor, sé que no lo haces a propósito. A veces, cuando sentimos emociones muy fuertes, no sabemos cómo expresarlas. Morder es una forma de decir estoy enfadada o estoy frustrada, pero no es la mejor forma. Podemos encontrar otras maneras de expresar lo que sientes".
Entonces, la mamá de Antonia le enseñó un truco. Le dijo que, cuando sintiera ganas de morder, respirara hondo, contara hasta diez y dijera en voz alta cómo se sentía. "Por ejemplo, puedes decir: Estoy enfadada porque Pedro me quitó el bloque", le explicó.
Al día siguiente, en el jardín, la oportunidad de poner en práctica el truco se presentó rápidamente. Lucía, otra compañera, cogió el conejo de peluche favorito de Antonia. Antonia sintió la rabia subir por su garganta. Estaba a punto de morder a Lucía cuando recordó lo que le había dicho su mamá.
Respiró hondo, contó hasta diez y dijo con voz temblorosa: "Estoy enfadada porque has cogido mi conejo. Por favor, devuélvemelo".
Lucía, sorprendida por la reacción de Antonia, le devolvió el conejo. Antonia se sintió aliviada y orgullosa de sí misma. ¡Lo había logrado!
Durante los días siguientes, Antonia siguió practicando el truco de su mamá. Poco a poco, los mordisquitos fueron desapareciendo. En su lugar, aparecieron las palabras. Antonia aprendió a expresar sus emociones de forma clara y respetuosa.
Y Luna, su perra galgo, finalmente tuvo a sus cachorritos. ¡Eran seis! Antonia estaba encantada. Pasaba horas jugando con ellos, cuidándolos y dibujándolos. Ya no mordía a sus amigos, pero a veces, cuando los cachorritos le mordisqueaban los dedos, no podía evitar reírse. ¡Después de todo, los mordisquitos también pueden ser cariñosos!
Así, Antonia, la niña que dibujaba conejos, gritaba con fuerza y mordía a sus amigos, aprendió a controlar sus emociones y a expresar sus sentimientos con palabras. Y, aunque a veces todavía quería tener la razón, ya no tenía que recurrir a los mordisquitos para demostrarlo. Porque Antonia, con su inteligencia y su corazón, sabía que las palabras son mucho más poderosas que cualquier mordisco.
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