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Había una vez, en un pequeño pueblo de casas de colores y calles empedradas, una niña llamada Antonia. Antonia tenía seis años, unos ojos grandes como platos y una melena de rizos oscuros que parecía tener vida propia. Pero lo que más definía a Antonia no era su aspecto, sino su asombrosa capacidad para no dar su brazo a torcer. En el pueblo, todos la conocían como "Antonia la Porfiada".
Si su mamá le decía que se pusiera la chaqueta porque hacía frío, Antonia insistía en que sentía un calor tropical, incluso si sus dientes castañeteaban como maracas. Si su papá le sugería que el camino a la escuela era por la derecha, ella caminaba decididamente hacia la izquierda, convencida de que el mundo entero estaba equivocado y ella tenía la razón absoluta. Su palabra favorita, por supuesto, era un rotundo y sonoro "¡No!".
Una mañana gris de primavera, las nubes se agruparon en el cielo como algodones sucios. La mamá de Antonia, mirando por la ventana, le advirtió: "Antonia, hoy va a llover a cántaros. Ponte tus botas de agua amarillas y lleva el paraguas de lunares".
Antonia, que en ese momento estaba empeñada en construir una torre de bloques usando solo su pie izquierdo, frunció el ceño. "No necesito botas, mamá. Hoy mis pies quieren sentir el aire. Usaré mis sandalias de seda", declaró con total seguridad. Aunque las sandalias eran para fiestas y tenían suelas tan delgadas como el papel, Antonia se las puso y salió a la calle con la barbilla en alto.
No habían pasado ni diez minutos cuando el cielo se abrió y comenzó a caer un aguacero monumental. El agua corría por las calles formando pequeños ríos. Las sandalias de Antonia se empaparon al primer paso, convirtiéndose en dos esponjas pesadas y resbaladizas. Pero, ¿creen que Antonia regresó a casa? ¡Claro que no! Ella caminaba con dificultad, chapoteando con orgullo, mientras murmuraba que el agua estaba "deliciosamente seca".
En su camino hacia el parque, Antonia llegó a un pequeño puente de piedra que cruzaba un arroyo. En medio del puente, bloqueando el paso, se encontraba una cabra de color café con leche. Era una cabra de aspecto muy serio, con una barba larga y ojos amarillos que parecían saber muchos secretos. Antonia quiso cruzar, pero la cabra no se movió.

—Quítate de mi camino, señora cabra —dijo Antonia, cruzando los brazos.
La cabra simplemente la miró y emitió un breve "¡Beee!", que sonó sospechosamente como un "No".
Antonia, que no estaba acostumbrada a que nadie fuera más porfiada que ella, se plantó frente al animal. "Soy Antonia y yo decidí que voy a pasar por aquí ahora mismo". La cabra, sin inmutarse, se sentó sobre sus patas traseras, cerró los ojos y comenzó a masticar un trozo de pasto imaginario. Era un duelo de voluntades.
Pasaron los minutos. La lluvia seguía cayendo, el vestido de Antonia estaba empapado y sus sandalias de seda empezaban a deshacerse. Ella sentía frío y hambre, pero su porfía era un muro infranqueable. "No me moveré hasta que ella se mueva", pensaba. Sin embargo, al observar a la cabra, Antonia empezó a notar algo. La cabra se veía bastante ridícula allí sentada bajo la lluvia, tiritando de frío solo por el capricho de no dejar pasar a una niña.
"¿Así me veo yo?", se preguntó Antonia. Miró sus pies, donde sus hermosas sandalias ahora parecían dos trozos de trapo viejo. Miró hacia atrás y vio su casa a lo lejos, donde seguramente había una chimenea encendida y chocolate caliente. De repente, la idea de tener la razón ya no parecía tan importante como estar seca y cómoda.
Antonia suspiró. Se acercó a la cabra, pero esta vez no para gritarle. Metió la mano en su bolsillo empapado y sacó una manzana que había guardado para su merienda. La partió a la mitad y le ofreció una parte al animal.

—Mira, señora cabra —dijo Antonia con voz suave—, las dos estamos aquí mojándonos por puras ganas de molestar. ¿Qué tal si compartimos esta manzana y cada una sigue su camino?
La cabra abrió un ojo, olfateó la fruta y, con un movimiento elegante, aceptó el regalo. Se puso en pie, le dio un suave empujoncito con el hocico a Antonia en la rodilla y caminó tranquilamente hacia el prado. Antonia se quedó sola en el puente. Por primera vez en su vida, sintió que cambiar de opinión no era una derrota, sino una victoria.
Corrió de regreso a casa tan rápido como sus sandalias deshechas se lo permitieron. Al entrar, su mamá la esperaba con una toalla tibia.
—¿Ves, Antonia? Te dije que las sandalias no eran buena idea —dijo su mamá, esperando una respuesta porfiada.
Pero Antonia sonrió, se envolvió en la toalla y dijo: —Tienes razón, mamá. Mañana usaré las botas amarillas. Y quizás, solo quizás, también use el paraguas.
Desde aquel día, Antonia siguió siendo una niña con mucha personalidad, pero aprendió que la voluntad es como una rama: si es demasiado rígida, se rompe con el viento; pero si sabe doblarse, puede bailar con la tormenta. Y aunque a veces todavía decía que "no", ahora siempre se detenía a pensar si un "sí" la llevaría a una aventura mucho mejor.
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