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Gratis · elegí una vozArbolito no era una Caperucita Roja cualquiera. Él era un pequeño niño árbol, con ramitas por brazos, hojas verdes en lugar de pelo y una sonrisa hecha de sol. Vivía al borde de un bosque mágico, un lugar donde los conejos usaban gafas y las ardillas leían poemas. Un día, su mamá árbol, una majestuosa haya con un tronco lleno de sabiduría, le dijo:
"Arbolito, tu Abuelita de Corteza está enfermita. Lleva esta cesta llena de néctar de flores y miel de abejas cantarinas. Pero ten mucho cuidado en el bosque. ¡Dicen que el Señor Hojarasca anda suelto!"
Arbolito asintió con sus ramitas y tomó la cesta. "¡No te preocupes, Mamá! Seré cuidadoso."
Así, Arbolito se adentró en el bosque. El sol filtraba entre las hojas, creando manchas de luz y sombra. Cantaba una canción que aprendió de los pájaros carpinteros, una melodía alegre que hacía sonreír a las mariposas.
De repente, un crujido lo sobresaltó. Detrás de un enorme roble, apareció el Señor Hojarasca. Era un ser hecho de hojas secas, ramas rotas y una mirada fría como el invierno.
"¡Alto ahí, pequeño árbol! ¿A dónde crees que vas con esa cesta tan apetitosa?" gruñó el Señor Hojarasca.
Arbolito, aunque un poco asustado, respondió con valentía: "Voy a llevar esta cesta a mi Abuelita de Corteza. Está enfermita y necesita estos alimentos."
El Señor Hojarasca sonrió, mostrando sus dientes hechos de espinas. "¡Qué coincidencia! Yo también iba a visitar a la Abuelita de Corteza. ¿Por qué no me muestras el camino? Seguro que necesitas ayuda para cargar esa cesta tan pesada."
Arbolito, ingenuo, pensó que el Señor Hojarasca era amable. "¡Claro! Sígueme." Y así, Arbolito guió al Señor Hojarasca por el sendero.
Mientras caminaban, el Señor Hojarasca sugirió: "¿Por qué no recoges algunas bayas silvestres para la Abuelita? Seguro que le encantarán. Hay un claro lleno de bayas deliciosas un poco más adelante."
Arbolito, queriendo complacer a su abuelita, se desvió del camino hacia el claro. Mientras recogía las bayas, el Señor Hojarasca corrió a la casa de la Abuelita de Corteza.
Llegó a la pequeña cabaña hecha de ramas y tocó la puerta.
"¿Quién es?" preguntó una voz débil desde adentro.
El Señor Hojarasca, imitando la voz de Arbolito, dijo: "Soy Arbolito, Abuelita. Te traigo una cesta llena de cosas ricas."
La Abuelita de Corteza, creyendo que era su nieto, abrió la puerta. El Señor Hojarasca entró de un salto y, con un rugido, la encerró en el armario.
Luego, se puso el gorro de la Abuelita de Corteza y se metió en su cama, esperando a Arbolito.
Arbolito, con su cesta llena de bayas, finalmente llegó a la cabaña. Tocó la puerta suavemente.
"¿Quién es?" preguntó el Señor Hojarasca, con una voz ronca.
"Soy yo, Abuelita, Arbolito," respondió el niño árbol.
"¡Adelante, querido!" dijo el Señor Hojarasca.
Arbolito entró en la cabaña y se acercó a la cama. Vio a la Abuelita de Corteza, o al menos eso creía él, acostada en la cama. Pero algo no estaba bien.
"Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!" dijo Arbolito.
"Para verte mejor, querido," respondió el Señor Hojarasca.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!"
"Para oírte mejor, querido."
"Abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!"
"¡Para comerte mejor!" gritó el Señor Hojarasca, saltando de la cama.
Arbolito gritó y corrió hacia la puerta, pero el Señor Hojarasca lo atrapó. Justo cuando pensaba que todo estaba perdido, escuchó un fuerte ruido.
Un leñador bondadoso, que pasaba por allí, había escuchado los gritos. Entró corriendo en la cabaña y, al ver al Señor Hojarasca, lo atacó con su hacha.
El Señor Hojarasca, al ser golpeado, se deshizo en un montón de hojas secas y ramas rotas. El leñador liberó a la Abuelita de Corteza del armario.
Arbolito corrió a abrazar a su abuelita. Estaba muy asustado, pero también muy agradecido. El leñador les dio néctar de flores y miel de abejas cantarinas a la Abuelita de Corteza. Ella pronto se puso bien.
Desde ese día, Arbolito aprendió a ser más precavido y a no confiar en extraños. Y siempre recordaría la valentía del leñador que salvó a él y a su Abuelita de Corteza. Regresó a casa con su Mamá árbol, contándole la aventura, y prometió nunca más hablar con el Señor Hojarasca. Y así, Arbolito siguió creciendo fuerte y sabio, protegiendo el bosque mágico con su alegría y su bondad.
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