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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un bosque lleno de árboles dorados y rojizos, vivía una ardilla muy especial llamada Tito. Tito amaba el otoño más que a nada en el mundo. Sus pequeños ojos brillantes se iluminaban al ver las hojas caer, y sus orejas se movían al ritmo del viento que soplaba entre las ramas. Su nariz, siempre alerta, detectaba el delicioso aroma de las nueces y las… ¡pannocchie! ¡Oh, cómo amaba Tito las pannocchie! Con sus pequeñas manos, las agarraba y las mordisqueaba con sus dientes afilados, disfrutando cada grano. Sus bigotes se movían de un lado a otro mientras comía, y sus cejas se fruncían de concentración.
Un día, mientras Tito disfrutaba de una jugosa pannocchia, un niño se acercó al árbol. El niño tenía el pelo castaño y alborotado, y sus ojos azules brillaban con curiosidad. Se llamaba Mateo, y le gustaban todas las estaciones. Amaba el sol del verano, la nieve del invierno, las flores de la primavera… ¡y también las hojas crujientes del otoño!
"¡Hola!" dijo Mateo con una sonrisa que iluminó sus labios.
Tito, sorprendido, casi deja caer su pannocchia. Nunca antes había hablado con un niño. Lo miró de arriba abajo, observando sus zapatos llenos de barro y su chaqueta colorida.
"Hola…" respondió Tito tímidamente.
"Me llamo Mateo, ¿y tú?" preguntó el niño.
"Soy Tito," dijo la ardilla. "Amo el otoño y las pannocchie."
"¡A mí me gusta el otoño también!" exclamó Mateo. "Pero me gustan todas las estaciones. ¿Qué estás comiendo?"
"Una pannocchia," respondió Tito, mostrándole su tesoro. "¿Quieres un poco?"
Mateo asintió con entusiasmo. Tito le ofreció un trozo, y Mateo lo aceptó gustosamente.
Pero antes de que Mateo pudiera darle un mordisco, Tito lo detuvo. "¡Espera!" dijo Tito. "Debes lavarte las manos antes de comer."
Mateo frunció el ceño. "¿Lavarme las manos? Pero estoy en el bosque."
"Incluso en el bosque," explicó Tito. "Hay gérmenes en todas partes. Si comes con las manos sucias, te puedes enfermar del estómago."
Mateo nunca había pensado en eso. Tito lo condujo a un pequeño arroyo cercano. Le enseñó a Mateo a lavarse las manos con agua y un poco de musgo como jabón. Mateo frotó sus manos cuidadosamente, prestando atención a cada dedo.
"¡Listo!" dijo Mateo, mostrando sus manos limpias.
"¡Ahora sí puedes comer!" dijo Tito, sonriendo.
Mateo probó la pannocchia. "¡Está deliciosa!" exclamó.
Comieron juntos en silencio, disfrutando del sabor dulce de la pannocchia y del sol cálido del otoño. Después de terminar, Mateo le preguntó a Tito: "¿Qué más te gusta hacer en otoño?"
"Me gusta recolectar nueces para el invierno," respondió Tito. "Y me gusta saltar entre las hojas caídas."
"¡A mí también me gusta saltar entre las hojas!" dijo Mateo. "Pero también me gusta comer dulces."
Tito ladeó la cabeza. "¿Dulces? ¿Qué son dulces?"
Mateo sacó de su bolsillo un pequeño caramelo. "Esto es un dulce," dijo. "Es muy dulce y sabroso." Le ofreció uno a Tito.
Tito miró el caramelo con curiosidad. Era brillante y colorido. Lo olió con su pequeña nariz. Tenía un aroma dulce y tentador. Con cuidado, tomó el caramelo con sus manos y le dio un pequeño mordisco. Sus ojos se abrieron de par en par.
"¡Es delicioso!" exclamó Tito. "¡Nunca había probado algo así!"
"¡Lo sabía!" dijo Mateo, sonriendo. "Pero…" Mateo hizo una pausa. "Después de comer dulces, es muy importante lavarse los dientes."
Tito frunció el ceño de nuevo. "¿Lavarse los dientes? ¿Por qué?"
"Porque los dulces tienen azúcar," explicó Mateo. "El azúcar se pega a tus dientes y puede causar caries. ¡Las caries son muy malas!"
Tito no quería tener caries. Mateo le explicó que la gente usa un cepillo y pasta de dientes para limpiarse los dientes. Como no tenían un cepillo de dientes en el bosque, Mateo sugirió que Tito usara una pequeña ramita suave para frotar sus dientes.
Tito siguió las instrucciones de Mateo y frotó sus dientes con la ramita. No era lo mismo que un cepillo de dientes, pero se sentía mucho mejor.
"¡Gracias, Mateo!" dijo Tito. "Me has enseñado muchas cosas importantes."
"De nada, Tito," respondió Mateo. "A mí me has enseñado que las pannocchie son deliciosas. Y que el otoño es muy divertido."
Desde ese día, Tito y Mateo se hicieron grandes amigos. Cada otoño, se encontraban en el bosque para comer pannocchie, saltar entre las hojas y aprender el uno del otro. Tito aprendió sobre la importancia de lavarse las manos y los dientes, y Mateo aprendió a apreciar aún más la belleza del otoño. Y ambos aprendieron que la amistad, como todas las estaciones, era algo muy especial.
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