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En un pueblito llamado Chijipina, vivía un niño llamado Arielito. Arielito tenía ocho hermanos mayores, ¡imagínense! Su casa siempre estaba llena de risas, juegos y, a veces, un poquito de caos. Pero Arielito amaba a su familia. Cada mañana, antes de ir a la Unidad Educativa, Arielito tenía una tarea muy importante: invitar a los animalitos a desayunar. No era una invitación formal con tarjetas ni nada de eso, ¡era una invitación con comida!
Las vacas esperaban su pasto fresco, las ovejitas su heno dorado, los chanchitos su mezcla especial de salvado y manzanas, y los conejitos sus zanahorias crujientes. Pero el trabajo principal de Arielito era cuidar de las gallinitas. Tenían un gallinero grande y lleno de paja, y Arielito se encargaba de esparcir el maíz para que comieran.
Arielito era el más pequeño de todos sus hermanos, y a veces, las gallinas se aprovechaban de eso. ¡Eran unas gallinas muy glotonas y muy rápidas! Cada mañana, cuando Arielito llegaba con su balde de maíz, se armaba una verdadera estampida de plumas y cloqueos. Las gallinas corrían, empujaban y picoteaban para llegar primero al maíz. Y casi siempre, Arielito terminaba con el balde vacío antes de siquiera haberlo terminado de vaciar.
Un día, Arielito se sintió muy frustrado. "¡No es justo!", pensó. "Siempre me ganan. Nunca alcanzo a darles a todas las gallinas la misma cantidad de maíz". Se sentó en una piedra, con el balde vacío en sus manos, y suspiró. De pronto, una idea brillante le cruzó la mente. "¡Ya sé!", exclamó. "Voy a usar mi ingenio".
Arielito corrió a la casa y buscó a su abuela, una mujer sabia y cariñosa que siempre tenía una solución para todo. Le contó su problema con las gallinas glotonas, y la abuela sonrió. "Arielito", le dijo, "la paciencia y la observación son tus mejores herramientas. Observa a las gallinas. ¿Qué las hace tan rápidas? ¿Por qué siempre te ganan?".
Arielito regresó al gallinero y se sentó a observar. Vio que las gallinas más grandes y fuertes empujaban a las más pequeñas. Vio que las gallinas que estaban más cerca de la puerta eran las primeras en llegar al maíz. Y vio que las gallinas que eran más audaces no dudaban en picotear a las demás para abrirse paso.
Arielito pensó y pensó. Entonces, tuvo otra idea brillante. Al día siguiente, Arielito no llevó el maíz en un solo balde. En lugar de eso, llevó tres baldes pequeños. Primero, abrió la puerta del gallinero y esperó a que las gallinas salieran. Luego, colocó un balde de maíz en un extremo del gallinero, otro en el centro y otro en el extremo opuesto.
Las gallinas, al ver tres montones de maíz, se dispersaron. Ya no había necesidad de empujar ni de picotear. Cada gallina podía comer tranquilamente de su propio montón de maíz. Arielito sonrió. ¡Su plan había funcionado!
Pero Arielito no se detuvo ahí. Se dio cuenta de que algunas gallinas, las más tímidas, seguían sin acercarse al maíz. Entonces, tomó un puñado de maíz y lo esparció cerca de ellas. Las gallinas, al ver la comida tan cerca, se animaron a comer.
Desde ese día, Arielito nunca más tuvo problemas con las gallinas glotonas. Aprendió que la paciencia, la observación y la creatividad son las mejores armas para resolver cualquier problema. Y las gallinas aprendieron que no hay necesidad de pelear por la comida, porque siempre hay suficiente para todas.
Arielito llegaba a la escuela un poco más tarde, pero llegaba feliz. Sabía que había cumplido con su deber y que había cuidado de sus queridas gallinitas. Y a veces, incluso llevaba un huevo fresco para compartir con sus amigos en el recreo. Porque en Chijipina, todos se cuidaban unos a otros, ¡incluso las gallinas!
Una mañana, mientras Arielito alimentaba a las gallinas, notó que una de ellas, una gallina pequeña y de plumas marrones llamada Clotilde, parecía triste. Clotilde no comía y se mantenía apartada de las demás gallinas. Arielito se acercó a ella con cuidado y le ofreció un puñado de maíz en la mano. Clotilde lo miró con sus ojitos brillantes y tímidamente picoteó el maíz.
Arielito se dio cuenta de que Clotilde estaba enferma. La tomó en sus brazos con delicadeza y la llevó a la casa. Su abuela la revisó y le dijo que tenía un resfriado. La abuela preparó una infusión de hierbas y le dio a Clotilde unas gotas. Arielito cuidó de Clotilde durante toda la tarde, dándole agua y hablándole con cariño.
Al día siguiente, Clotilde estaba mucho mejor. Volvió a comer con apetito y a corretear por el gallinero. Arielito se sintió muy feliz de haber podido ayudarla. Aprendió que cuidar de los animales no solo significa darles comida, sino también preocuparse por su bienestar y darles cariño.
Desde ese día, Arielito y Clotilde se volvieron grandes amigos. Clotilde seguía a Arielito a todas partes y siempre lo recibía con un cloqueo alegre. Arielito aprendió mucho de las gallinas, de su paciencia para incubar los huevos, de su dedicación para cuidar de sus pollitos y de su instinto para encontrar la mejor comida. Y las gallinas aprendieron mucho de Arielito, de su bondad, de su inteligencia y de su amor por los animales.
Y así, en el pueblito de Chijipina, Arielito, el niño que cuidaba de las gallinas, siguió aprendiendo y creciendo, rodeado de su familia, de sus amigos y de sus queridas gallinitas. Y cada mañana, al invitar a los animalitos a desayunar, recordaba la importancia de la paciencia, la observación, la creatividad y el cariño. Porque en Chijipina, la vida era simple, pero estaba llena de alegría y de amor.
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