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A Aroon y a su mejor amigo, Eduardo, les encantaba jugar metras. Tenían una colección enorme, metras de todos los colores, tamaños y diseños. Algunas eran lisas y brillantes, otras tenían remolinos de colores en su interior, e incluso una que parecía un pequeño ojo de gato. Pero lo que más les gustaba, además de jugar metras, era montar papagayos.
Vivían en un pequeño pueblo rodeado de campos verdes y colinas onduladas. Todos los días, después de hacer sus tareas, corrían al campo más cercano con sus papagayos. Aroon tenía un papagayo rojo brillante con una larga cola amarilla, que él mismo había construido. Eduardo, por su parte, tenía un papagayo azul con estrellas blancas, que su abuela le había regalado.
Un día soleado, mientras jugaban metras en el campo, Aroon tuvo una idea.
"¡Eduardo! ¿Por qué no hacemos una competencia de papagayos?", propuso Aroon con entusiasmo.
Eduardo, siempre dispuesto a un desafío, asintió con la cabeza. "¡Me parece genial! Veremos cuál papagayo vuela más alto y por más tiempo."
Prepararon sus papagayos con cuidado. Aroon revisó que la cuerda estuviera bien atada a su papagayo rojo, mientras que Eduardo se aseguró de que las estrellas blancas de su papagayo azul brillaran al sol. El viento soplaba suavemente, perfecto para volar cometas.
"¡Listo!", exclamó Aroon, sosteniendo su papagayo en alto.
"¡Listo!", respondió Eduardo, haciendo lo mismo.
Al unísono, corrieron hacia adelante, soltando sus papagayos al cielo. El papagayo rojo de Aroon se elevó rápidamente, ganando altura con facilidad. El papagayo azul de Eduardo lo siguió de cerca, luchando contra el viento.
Al principio, todo iba bien. Los papagayos bailaban en el cielo, como dos pájaros juguetones. Aroon y Eduardo reían y se animaban mutuamente, disfrutando de la competencia amistosa. Pero de repente, una ráfaga de viento fuerte golpeó el papagayo rojo de Aroon. La cuerda se tensó y, con un chasquido, se rompió.
"¡No! ¡Mi papagayo!", gritó Aroon con desesperación.
El papagayo rojo, ahora libre, comenzó a alejarse, impulsado por el viento. Aroon corrió tras él, pero era demasiado rápido. El papagayo se elevaba cada vez más, hasta que se convirtió en un pequeño punto rojo en el horizonte.
Eduardo, al ver la tristeza de su amigo, detuvo su juego. "¡Aroon, espera! Vamos a buscarlo.", dijo Eduardo con determinación.
Juntos, Aroon y Eduardo corrieron en la dirección en la que había volado el papagayo. Atravesaron campos, saltaron pequeñas zanjas y escalaron una colina. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de colores naranja y rosa.
Estaban a punto de rendirse cuando Aroon vio algo rojo en la distancia. "¡Mira! ¡Creo que es mi papagayo!", exclamó Aroon, señalando hacia un árbol grande cerca de un río.
Corrieron hacia el árbol y, efectivamente, allí estaba el papagayo rojo, enredado en las ramas. Aroon intentó alcanzarlo, pero estaba demasiado alto.
"¡Yo te ayudo!", dijo Eduardo. Eduardo trepó al árbol con agilidad, como un pequeño mono. Con cuidado, desenredó el papagayo de las ramas y lo bajó a Aroon.
Aroon abrazó su papagayo rojo con alegría. Estaba un poco roto y sucio, pero seguía siendo su papagayo.
"¡Gracias, Eduardo! Eres el mejor amigo del mundo.", dijo Aroon con gratitud.
Eduardo sonrió. "Siempre te ayudaré, Aroon. Para eso son los amigos."
Mientras regresaban a casa, tomados de la mano, Aroon tuvo otra idea.
"¿Sabes qué, Eduardo? Mañana construiremos un papagayo aún más grande y fuerte. Y esta vez, lo ataremos con una cuerda mucho más resistente.", dijo Aroon con entusiasmo.
Eduardo asintió con la cabeza. "¡Me parece una idea fantástica! Y también podemos pintar estrellas en tu papagayo y rayas en el mío."
Llegaron a casa justo cuando la luna comenzaba a salir. Estaban cansados, pero felices. Sabían que, aunque su papagayo se había escapado, habían aprendido una lección importante sobre la amistad y la perseverancia. Y estaban ansiosos por comenzar su nuevo proyecto al día siguiente. Esa noche, Aroon soñó con papagayos gigantes que volaban alto en el cielo, guiados por el viento y la amistad. Y Eduardo soñó con metras brillantes y cielos estrellados. Sabían que, juntos, podían lograr cualquier cosa. Al fin y al cabo, eran Aroon y Eduardo, los mejores amigos del mundo, a quienes les encantaba jugar metras y montar papagayos, siempre juntos, siempre listos para una nueva aventura.
Al día siguiente, tal como lo prometieron, Aroon y Eduardo se pusieron a trabajar en su nuevo papagayo. Esta vez, no solo hicieron uno, ¡sino dos! Uno para cada uno, aún más grandes y coloridos que antes. Y esta vez, se aseguraron de usar la cuerda más fuerte que pudieron encontrar. Sabían que, con un poco de ingenio y la ayuda de un buen amigo, nada era imposible.
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