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Gratis · elegí una vozArturo era un niño muy curioso. Le encantaba explorar el jardín de su abuela, lleno de flores de colores brillantes y árboles frutales con ramas que llegaban hasta el cielo. Un día, mientras correteaba entre las rosas, descubrió algo increíble: ¡un elefante gigante, hecho completamente de fresas! Era enorme, con colmillos de regaliz rojo y ojos brillantes de mora azul.
Arturo se quedó boquiabierto. Nunca había visto nada igual. El elefante de fresa parecía sonreírle con su trompa retorcida de fresa madura. Sin pensarlo dos veces, Arturo decidió subirse. Con cuidado, trepó por una de las patas del elefante, que estaba hecha de fresas grandes y jugosas. Era como escalar una montaña de dulce.
Una vez arriba, Arturo se sentó entre las orejas del elefante, que olían deliciosamente a fresa fresca. ¡Era el asiento más cómodo que jamás había probado! De repente, el elefante empezó a moverse. No caminaba, ¡flotaba! Lentamente, se elevó en el aire, llevando a Arturo en un viaje increíble.
Volaban sobre el jardín de la abuela, viendo las flores desde arriba. Las rosas parecían pequeñas manchas de color, y los árboles frutales se veían como brotes verdes. Arturo gritaba de alegría, sintiendo el viento en su cara y el olor dulce de las fresas a su alrededor.
El elefante de fresa continuó volando, alejándose del jardín. Pasaron sobre el pueblo, donde las casas parecían cajas de zapatos y los coches, hormigas diminutas. Arturo saludaba a la gente desde arriba, y algunos le devolvían el saludo, asombrados de ver un niño montado en un elefante de fresa gigante.
Luego, volaron sobre un campo de girasoles, cuyas cabezas amarillas seguían al sol. El elefante de fresa se detuvo un momento para que Arturo pudiera oler las flores. El aroma era cálido y dulce, como el verano en un frasco.
De repente, el elefante de fresa comenzó a descender. Aterrizaron suavemente en una playa de arena blanca, junto al océano azul brillante. Arturo nunca había visto una playa tan hermosa. El agua era cristalina, y las olas rompían suavemente en la orilla.
El elefante de fresa se inclinó para que Arturo pudiera bajarse. Arturo corrió hacia el agua, sintiendo la arena suave entre sus dedos. Jugó en la orilla, construyendo castillos de arena y recogiendo conchas marinas. El elefante de fresa se quedó a su lado, observándolo con sus ojos de mora azul.
Después de un rato, Arturo sintió hambre. Miró al elefante de fresa y le preguntó si podía comerse una de sus fresas. El elefante asintió con la cabeza. Arturo arrancó una fresa grande y jugosa de la pata del elefante y se la comió. ¡Era la fresa más deliciosa que jamás había probado!
El elefante de fresa y Arturo pasaron el resto del día jugando en la playa. Nadaron en el océano, construyeron castillos de arena y recogieron conchas marinas. Cuando el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de colores naranja y rosa, el elefante de fresa supo que era hora de volver a casa.
Volvieron a subir al elefante de fresa, y este se elevó de nuevo en el aire. Volaron de regreso sobre el campo de girasoles, el pueblo y finalmente, el jardín de la abuela. Aterrizaron suavemente entre las rosas, justo donde Arturo lo había encontrado.
Arturo se bajó del elefante de fresa y lo abrazó fuertemente. Le agradeció por el viaje increíble. El elefante de fresa le sonrió con su trompa retorcida de fresa madura y luego, lentamente, comenzó a desvanecerse. Poco a poco, se convirtió en una pila de fresas frescas, que la abuela de Arturo usó para hacer una tarta deliciosa.
Arturo nunca olvidó su aventura con el elefante de fresa gigante. Y cada vez que comía tarta de fresa, recordaba el día en que voló sobre el mundo en un elefante hecho de su fruta favorita. Desde ese día, Arturo siempre buscaba la magia en las cosas más simples, sabiendo que las aventuras más increíbles pueden estar escondidas a la vuelta de la esquina, ¡o en el jardín de tu abuela! Y aunque el elefante desapareció, Arturo supo que la amistad y la imaginación son aventuras que duran para siempre.
Al día siguiente, Arturo buscó de nuevo el elefante, pero solo encontró un pequeño brote de fresa en el lugar donde antes estaba el gigante animal. Arturo lo cuidó con mucho cariño, regándolo con agua y hablándole de sus aventuras. Y quién sabe, tal vez algún día, ¡otro elefante de fresa gigante volverá a aparecer!
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