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Astrac era un perrito pequeño, con un pelaje suave como el algodón y unos ojos brillantes como dos canicas de cristal. Pero Astrac tenía un pequeño... digamos... *hábito*. Le encantaba morder zapatos. Zapatos de todos los colores, tamaños y formas. Zapatos deportivos, zapatos elegantes, ¡incluso las zapatillas de estar por casa de la abuela!
Un día soleado, mientras la familia de Astrac disfrutaba de un picnic en el parque, Astrac divisó un par de relucientes zapatos rojos de charol. ¡Eran perfectos! Con la agilidad de un pequeño ninja perruno, se escabulló y, ¡CRUNCH!, clavó sus dientes en el talón del zapato. ¡Qué textura tan satisfactoria! ¡Qué delicioso sabor a... cuero! (Bueno, a Astrac le parecía delicioso).
De repente, Astrac sintió algo extraño. Algo se movía en su boca. Dejó caer el zapato rojo, sintiendo algo suelto. Con su patita, se tocó la boca y… ¡horror! ¡Uno de sus dientes se había caído! Astrac se quedó mirando el pequeño diente blanco en su pata, con los ojos muy abiertos. ¿Qué estaba pasando?
Volvió corriendo con su familia, jadeando y mostrando el hueco donde antes había un diente. Sofía, la niña pequeña de la familia, lo abrazó. "¡Astrac! ¡Se te ha caído un diente! ¡Eso significa que te estás haciendo mayor!" dijo con entusiasmo.
Astrac no estaba seguro de sentirse emocionado. ¿Hacerse mayor significaba dejar de morder zapatos? Esa idea no le gustaba nada. Pero Sofía le explicó que a todos los cachorros se les caen los dientes para que les salgan unos más fuertes y grandes. Quizás, pensó Astrac, esos nuevos dientes serían aún mejores para morder zapatos.
Los días siguientes, Astrac esperó ansiosamente a que se le cayeran más dientes. Siguió mordisqueando zapatos, pero con más cuidado, por si acaso. Un día, mientras atacaba con entusiasmo una bota de senderismo, sintió otro diente flojo. ¡Bingo! Esta vez, no se asustó. Corrió hacia Sofía con el diente en la boca, como si fuera un tesoro.
Sofía le dio una galleta para perros como recompensa, y Astrac, con su nueva sonrisa incompleta, la saboreó con deleite. Poco a poco, a Astrac se le fueron cayendo todos los dientes de leche. Su boca parecía un campo de batalla, con huecos por todas partes. Pero Sofía lo tranquilizaba, diciéndole que pronto tendría una sonrisa nueva y brillante.
Durante ese tiempo, Astrac aprendió a controlar su impulso de morder zapatos. Bueno, *casi* a controlarlo. A veces, la tentación era demasiado grande. Pero ahora, en lugar de morderlos con todas sus fuerzas, simplemente los olisqueaba con curiosidad.
Un día, Astrac se despertó y sintió algo diferente en su boca. ¡Los dientes nuevos estaban saliendo! Eran fuertes, afilados y… ligeramente brillantes. Astrac no pudo resistirse. Se dirigió al zapatero de la familia, donde descansaban un par de mocasines de cuero marrón.
Pero en lugar de morderlos, Astrac se sentó a su lado y los lamió suavemente. Los mocasines olían a aventura, a paseos por el bosque y a tardes de juegos en el parque. Astrac se dio cuenta de que había otras formas de disfrutar de los zapatos, además de morderlos.
Sofía lo vio y sonrió. "¡Mira, Astrac! ¡Ya tienes tus dientes nuevos!" exclamó. Luego, le dio un hueso de goma para masticar. Astrac lo aceptó con gusto, dándose cuenta de que masticar huesos de goma era mucho más satisfactorio que morder zapatos. Además, ¡no se le caían los dientes!
Desde ese día, Astrac se convirtió en el perro más bueno y obediente del vecindario. Todavía le gustaban los zapatos, pero ya no los mordía. Prefería jugar con Sofía, correr por el parque y, de vez en cuando, robar un calcetín (pero eso es otra historia).
Y aunque a veces echaba de menos la emoción de morder zapatos, Astrac sabía que tener una sonrisa sana y una familia feliz era mucho más importante. Y de vez en cuando, cuando nadie lo veía, le daba una pequeña lamida a un zapato viejo, solo para recordar los viejos tiempos. Pero, ¡shhh!, ese es nuestro pequeño secreto.
Astrac aprendió que crecer significa cambiar, y que a veces, lo que más queremos no es lo que más necesitamos. Y sobre todo, aprendió que incluso un perrito mordedor de zapatos puede aprender a amar los abrazos, los juegos y, por supuesto, los huesos de goma.
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