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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Leo y una niña llamada Sofía a quienes les encantaban los animales. ¡Les gustaban muchísimo! Un día, en el auto de papá, viajaron a la granja de sus abuelos. Estaban emocionadísimos porque por fin podrían conocer a muchos de los animales que solo habían visto en videos: vacas, cerdos, gallinas… ¡Era un sueño hecho realidad! Como llegaron de noche a la granja, estaban muy cansados y se fueron a dormir de inmediato, listos para la aventura del día siguiente.
Por la mañana, mientras los papás y los abuelos dormían plácidamente, Leo y Sofía, llenos de energía, se levantaron de la cama como dos cohetes y salieron sigilosamente a explorar la granja. Caminaron con cuidado, observando cada rincón con ojos brillantes de curiosidad. De pronto, encontraron a unos lindos pollitos amarillos picoteando el suelo. ¡Eran tan tiernos que no pudieron resistirse!
Se agacharon suavemente para agarrarlos y acariciarlos, pero ¡oh, no! La gallina clueca, al darse cuenta de sus intenciones, se enojó muchísimo. Cacareó furiosamente y extendió sus alas para proteger a sus polluelos. Leo y Sofía, asustados por la reacción de la gallina, dejaron a los pollitos rápidamente y se echaron a correr, riendo nerviosamente.
Después de la pequeña persecución de la gallina, llegaron a un estanque tranquilo donde nadaban unos patitos adorables. Sin pensarlo dos veces, se quitaron la pijama y se metieron al agua fresquita. ¡Qué divertido era nadar con los patitos! Chapoteaban y reían mientras los patitos los seguían curiosos.
Pero entonces, ¡sorpresa! Se dieron cuenta de que los puerquitos rosados se habían escapado de su corral y estaban correteando por el campo. Leo y Sofía sabían que debían ayudar. Se salieron rápidamente del estanque, se pusieron la pijama mojada y corrieron hacia los cerditos.
Con mucho cuidado, comenzaron a guiar a los puerquitos de vuelta a su corral. El camino estaba lleno de charcos de lodo, ¡un festín para los cerditos! Leo y Sofía tuvieron que brincar los charcos para no ensuciarse demasiado. ¡Era una carrera divertida y un poco resbaladiza!
Por fin, después de mucho esfuerzo, los puerquitos estaban de nuevo a salvo en su corral, gruñendo contentos. Leo y Sofía se sintieron muy orgullosos de haber ayudado. Justo en ese momento, escucharon un maullido lastimero que venía de un árbol cercano. ¡Era un gato! Estaba atrapado en una rama alta y no podía bajar.
Sin dudarlo, Leo y Sofía treparon al árbol con cuidado. Las ramas eran un poco resbaladizas, pero llegaron hasta donde estaba el gatito asustado. Con mucho cariño, lo tomaron en brazos y lo bajaron del árbol. El gatito ronroneó agradecido y se acurrucó en sus brazos.
Estaban muy felices por haber ayudado a los animales de la granja. Celebraban su hazaña con las manos arriba y moviendo la cintura al ritmo de una canción imaginaria. Entonces, se les ocurrió una idea aún mejor: ¡visitar el establo para subirse a un caballo! Leo y Sofía siempre habían soñado con cabalgar.
Iban camino al establo, practicando cómo cabalgarían sobre los caballos. “¡Arre, arre!” gritaban, imaginando que eran valientes jinetes. Pero cuando ya estaban a punto de llegar al establo, escucharon que sus papás los estaban llamando a gritos. “¡Leo! ¡Sofía! ¿Dónde están?”
Asustados, Leo y Sofía corrieron de vuelta a la casa lo más rápido que pudieron. Los abuelos y los papás estaban muy preocupados. Al darse cuenta los abuelos de todo lo que los niños habían hecho en su aventura, les dijeron con cariño: “Gracias, mis niños, por querer ayudar a los animales. Pero lo que hicieron fue muy peligroso. Nunca deben acercarse a los animales si no los conocen bien, porque no sabemos cómo pueden reaccionar. ¡Nos pueden lastimar! Siempre deben hacerlo en compañía de un adulto.”
Leo y Sofía entendieron el mensaje y prometieron a los abuelos que no lo volverían a hacer sin supervisión. Después de la pequeña regañina, todos entraron a la casa y pasaron una tarde muy linda en familia, jugando juegos de mesa y comiendo galletas recién horneadas. ¡La granja de los abuelos era un lugar mágico, pero también requería precaución!
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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