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Gratis · elegí una vozRufo, un perro labrador con un pelaje dorado brillante, y Mimi, una gata siamesa de ojos azules penetrantes, vivían con Sofía, una niña de ocho años con una sonrisa contagiosa. Sofía amaba a Rufo y a Mimi más que a nada en el mundo, y ellos la amaban a ella, a su manera. Rufo la seguía a todas partes, moviendo la cola con entusiasmo, mientras que Mimi prefería acurrucarse en su regazo mientras leía cuentos.
Pero Rufo y Mimi también tenían un lado travieso. Rufo adoraba perseguir ardillas en el parque, y Mimi sentía una irresistible atracción por los ovillos de lana que Sofía dejaba descuidadamente sobre la mesa. Sofía siempre les decía: "¡Rufo, no persigas a las ardillas! ¡Mimi, no toques la lana!" Pero, a veces, sus advertencias caían en oídos sordos (o mejor dicho, en orejas peludas).
Un día soleado, Sofía llevó a Rufo y a Mimi al parque. Rufo estaba atado con su correa, pero Mimi, como siempre, caminaba libremente a su lado, con la cola erguida y un aire de superioridad. Sofía se sentó en un banco bajo un gran árbol, sacó un libro y comenzó a leer. Rufo, aburrido de estar atado, comenzó a tirar de la correa, ladrando suavemente. Mimi, mientras tanto, divisó algo mucho más interesante: ¡una ardilla regordeta que correteaba cerca de un arbusto!
Los instintos de Rufo y Mimi se apoderaron de ellos. Rufo, con un tirón repentino, logró soltarse de la correa. Mimi, sin pensarlo dos veces, salió corriendo tras la ardilla. Sofía, absorta en su libro, no se dio cuenta de nada hasta que escuchó los ladridos excitados de Rufo y el maullido agudo de Mimi.
"¡Rufo! ¡Mimi! ¡Vuelvan!" gritó Sofía, cerrando el libro de golpe y levantándose del banco. Pero ya era demasiado tarde. Rufo y Mimi habían desaparecido entre los árboles.
Sofía, con el corazón latiendo con fuerza, corrió en la dirección en la que había visto desaparecer a sus mascotas. "¡Rufo! ¡Mimi!" gritaba, pero solo el viento le respondía. El parque era grande y laberíntico, lleno de senderos que se cruzaban y se bifurcaban. Sofía se sentía cada vez más desesperada. Estaba segura de que Rufo y Mimi se habían perdido.
Mientras tanto, Rufo y Mimi, ajenos a la angustia de Sofía, estaban disfrutando de su aventura. Rufo corría felizmente tras la ardilla, ladrando y moviendo la cola. Mimi, aunque no lograba alcanzar a la ardilla, se divertía explorando nuevos olores y lugares. El parque se había transformado en un emocionante patio de juegos.
Pero pronto, la diversión comenzó a desvanecerse. Rufo se dio cuenta de que ya no veía a Sofía. La ardilla había desaparecido hace mucho tiempo, y ahora solo sentía hambre y sed. Mimi, por su parte, se había alejado demasiado de Rufo y se encontraba completamente sola. El parque ya no parecía tan divertido; ahora era un lugar desconocido y amenazante.
Rufo comenzó a ladrar con desesperación, esperando que Sofía lo escuchara. Mimi maullaba lastimosamente, buscando un rostro familiar. Ambos se habían dado cuenta de su error: ¡desobedecer a Sofía había sido una muy mala idea!
De repente, Rufo olió algo familiar: ¡el aroma inconfundible de las galletas para perros que Sofía siempre le daba! Siguió el olor con entusiasmo, moviendo la cola con renovada esperanza. Mimi, al escuchar los ladridos de Rufo, corrió en la misma dirección.
Finalmente, Rufo y Mimi llegaron a un pequeño claro. Y allí, ¡la vieron! Sofía, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, estaba sentada en un banco, llamándolos a gritos.
"¡Rufo! ¡Mimi! ¡Aquí estoy!" gritó Sofía, con la voz temblorosa.
Rufo y Mimi corrieron hacia Sofía, llenos de alegría y arrepentimiento. Rufo saltó sobre su regazo, lamiéndole la cara con entusiasmo. Mimi se acurrucó a su lado, ronroneando suavemente. Sofía los abrazó con fuerza, aliviada de tenerlos de vuelta.
"¡Nunca más se escapen!" les dijo Sofía, con lágrimas en los ojos. "Me asustaron mucho".
Rufo y Mimi, como si entendieran sus palabras, la miraron con arrepentimiento. Habían aprendido una valiosa lección: la desobediencia tiene consecuencias, y el amor de Sofía era lo más importante del mundo.
Desde ese día, Rufo y Mimi se volvieron mucho más obedientes. Rufo dejó de perseguir ardillas y Mimi se olvidó de la lana. Sabían que la libertad no valía la pena si significaba perder a Sofía.
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