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Remolino era un pececillo muy, muy curioso. Vivía en un arrecife de coral lleno de colores brillantes y criaturas fascinantes, pero para Remolino, eso no era suficiente. Siempre estaba preguntando "¿Por qué?" y "¿Qué pasaría si...?" a su mamá, la Señora Escama, una pez payaso muy paciente.
"Mamá, ¿por qué las estrellas de mar tienen cinco brazos?" preguntaba Remolino mientras nadaban entre anémonas danzantes.
"Bueno, Remolino," respondía la Señora Escama con una sonrisa, "dicen que es para poder agarrarse bien a las rocas y no ser arrastradas por la corriente."
Al día siguiente, Remolino preguntó: "¿Qué pasaría si intentara comer una alga venenosa?"
La Señora Escama lo miró con preocupación. "¡Remolino! ¡No hagas eso! Te pondrías muy, muy enfermo."
Pero la curiosidad de Remolino era insaciable. Un día, nadando cerca de un bosque de algas marinas, vio algo que nunca había visto antes: una burbuja gigante, brillante y temblorosa. Estaba flotando lentamente hacia la superficie del océano.
"¡Mamá, mira! ¿Qué es eso?" exclamó Remolino, señalando la burbuja con su aleta.
La Señora Escama se acercó con cautela. "Eso es una burbuja de aire, Remolino. Viene de la superficie. Los humanos, que viven sobre el agua, las crean."
"¿Humanos? ¿Cómo son? ¿Puedo ir a verlos?" Remolino estaba rebosante de emoción.
"¡No, Remolino! Es muy peligroso ir a la superficie. No podemos respirar aire. Además, los humanos... a veces no son amables con los peces," advirtió la Señora Escama.
Pero Remolino ya había tomado una decisión. Mientras su mamá hablaba con otro pez payaso, Remolino, aprovechando un momento de distracción, se escabulló y nadó hacia la burbuja brillante.
La burbuja era mucho más grande de lo que Remolino había imaginado. Se acercó y la tocó con su nariz. Era suave y temblorosa, como gelatina. Sintió una extraña atracción y, sin pensarlo dos veces, nadó dentro de la burbuja.
De repente, Remolino sintió una sensación extraña. Todo a su alrededor se volvió borroso y la burbuja comenzó a ascender rápidamente. ¡Estaba subiendo a la superficie! Tenía miedo, pero también mucha curiosidad.
Cuando la burbuja finalmente explotó en la superficie, Remolino se encontró flotando en un mundo completamente nuevo. El sol brillaba intensamente, el cielo era azul y podía ver grandes barcos y extrañas criaturas voladoras llamadas gaviotas.
"¡Guau!" exclamó Remolino, maravillado. Pero pronto, su asombro se convirtió en pánico. No podía respirar bien. Sentía que le faltaba el aire.
"¡Ayuda!" gritó Remolino con todas sus fuerzas, pero nadie podía oírlo.
De repente, una niña pequeña, sentada en un muelle de madera, lo vio. La niña tenía un cubo y una red de pesca. Con mucho cuidado, la niña metió su red en el agua y rescató a Remolino.
"¡Oh, un pececito!" exclamó la niña. "¡Estás fuera del agua! ¡No puedes respirar!"
La niña corrió hacia su cubo, que estaba lleno de agua, y puso a Remolino dentro. Remolino sintió un alivio inmediato. El agua fresca le devolvió la vida.
"Ahora estarás bien," dijo la niña con una sonrisa. "Te voy a llevar de vuelta al mar."
La niña caminó hasta el borde del muelle y suavemente vertió el agua del cubo, devolviendo a Remolino a su hogar en el océano.
Remolino se sintió aliviado de estar de vuelta en el agua salada. Nadó rápidamente de regreso al arrecife de coral, buscando a su mamá.
"¡Mamá! ¡Mamá!" gritó Remolino.
La Señora Escama, muy preocupada, lo abrazó con sus aletas. "¡Remolino! ¡Estaba tan preocupada! ¿Dónde estabas?"
Remolino le contó toda su aventura, desde la burbuja brillante hasta la amable niña. La Señora Escama lo escuchó con atención y luego le dijo: "Remolino, es bueno ser curioso, pero también es importante escuchar a tus padres y ser cuidadoso. A veces, la curiosidad puede llevarnos a lugares peligrosos."
Remolino aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que la curiosidad es importante, pero la seguridad lo es aún más. Y aunque todavía le gustaba preguntar "¿Por qué?" y "¿Qué pasaría si...?", ahora lo hacía con un poco más de precaución. Y siempre, siempre, escuchaba a su mamá. Desde ese día, Remolino siguió explorando el arrecife, pero nunca más se alejó demasiado de la Señora Escama, y nunca más intentó nadar dentro de una burbuja. Sabía que la mejor manera de satisfacer su curiosidad era aprender de quienes lo amaban y lo protegían.
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