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Gratis · elegí una vozLos niños de 5 años del colegio de Poio, también conocidos como la "Clase de las Ardillas", salieron a dar un paseo por el Parque de la Memoria. El sol brillaba con fuerza, pintando de dorado las hojas de los árboles. La maestra, Doña Elena, con su sonrisa cálida y su chaleco lleno de bolsillos, les indicó que se pusieran en fila, como una hilera de pequeñas orugas multicolores.
"¡Hoy exploraremos el Parque de la Memoria!", anunció Doña Elena con entusiasmo. "¿Alguien sabe por qué se llama así?".
Manuela, siempre la primera en levantar la mano, gritó: "¡Porque nos acordamos de cosas bonitas!".
"¡Exactamente!", respondió Doña Elena. "Este parque está lleno de recuerdos, de historias que nos cuentan los árboles, las flores y hasta las piedrecitas del camino. Pero hoy, además de recordar, ¡crearemos nuevas memorias!"
La clase de las Ardillas avanzó por el sendero de tierra. Lucas, con sus gafas resbaladizas, tropezó con una raíz. "¡Cuidado, Lucas!", exclamó Sofía, ayudándolo a levantarse. "¡Esa raíz es muy traviesa!".
Llegaron a un estanque lleno de nenúfares. En el centro, una fuente de piedra escupía agua con alegría. "¡Miren!", gritó Pablo, señalando a un grupo de patos que nadaban plácidamente. "¡Mamá pata y sus patitos!".
Doña Elena sacó de uno de sus bolsillos un saquito lleno de migas de pan. "¡Vamos a darles de comer!", dijo. Los niños se acercaron al borde del estanque y lanzaron las migas. Los patitos, con sus piquitos amarillos, las devoraban con avidez.
De repente, María, la más curiosa de la clase, descubrió algo brillante entre los nenúfares. "¡Miren, una moneda!", exclamó. "¡Es un tesoro!".
Doña Elena explicó que la gente a veces tira monedas a las fuentes pidiendo un deseo. "¿Qué deseamos hoy?", preguntó.
Los niños empezaron a pensar. Algunos deseaban tener un perro, otros querían que llovieran caramelos, y otros, como Ana, simplemente deseaban que todos sus amigos fueran felices.
Después del estanque, llegaron a un claro donde un enorme árbol, un roble centenario, extendía sus ramas como brazos protectores. "¡Este es el Abuelo Roble!", anunció Doña Elena. "Se dice que ha visto pasar muchas generaciones de niños por este parque".
Bajo el Abuelo Roble, Doña Elena sacó de su mochila una manta y un cesto lleno de libros. "¡Vamos a leer un cuento!", propuso.
El cuento se llamaba "El Jardín Secreto". Los niños escucharon con atención la historia de una niña que descubre un jardín mágico y lo llena de flores y alegría.
Cuando terminó el cuento, Doña Elena les propuso un juego. "¡Vamos a crear nuestro propio jardín secreto aquí, en el Parque de la Memoria!", dijo. "Usaremos hojas, ramas, piedrecitas y todo lo que encontremos para construirlo".
Los niños se dispersaron por el claro, buscando materiales para su jardín. Lucas encontró una hoja roja con forma de corazón. Sofía recogió unas piedrecitas brillantes. Pablo encontró una ramita con forma de varita mágica. María encontró una flor amarilla que parecía un pequeño sol.
Juntos, construyeron un jardín maravilloso. Pusieron las hojas rojas como si fueran flores, las piedrecitas brillantes como si fueran gemas, la ramita mágica como si fuera un árbol encantado, y la flor amarilla como si fuera el sol que iluminaba todo el jardín.
Al final, se sentaron alrededor de su creación, orgullosos de su trabajo. "¡Este es nuestro jardín secreto!", exclamaron todos a la vez.
Doña Elena sonrió. "Y este jardín, y este día, serán parte de vuestros recuerdos", dijo. "Formarán parte de vuestra memoria".
Era hora de volver al colegio. Los niños se despidieron del Abuelo Roble, del estanque con los patos y de su jardín secreto. Volvieron a ponerse en fila, como una hilera de pequeñas orugas multicolores, pero esta vez, sus corazones estaban llenos de alegría y de recuerdos maravillosos.
Al llegar al colegio, cada uno dibujó su parte favorita del paseo en el Parque de la Memoria. Lucas dibujó la hoja roja con forma de corazón. Sofía dibujó las piedrecitas brillantes. Pablo dibujó la ramita mágica. María dibujó la flor amarilla. Y Doña Elena, en su cuaderno, anotó: "Hoy, la Clase de las Ardillas ha creado recuerdos inolvidables en el Parque de la Memoria". Y así, el Parque de la Memoria, siguió guardando historias, esperando nuevas aventuras, nuevas risas y nuevos jardines secretos que construir.
Al día siguiente, los niños volvieron al parque y encontraron que alguien había dejado un pequeño cartel al lado de su jardín secreto. El cartel decía: "Gracias por compartir vuestra alegría". La Clase de las Ardillas sonrió. Sabían que su jardín secreto había hecho feliz a alguien más, y eso, era el mejor recuerdo de todos.
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