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Abigail, una señora muy rica con un sombrero lleno de plumas y un chaleco de lentejuelas, tenía un problema. No un problema de falta de diamantes, ¡no! Sino un problema legal. Su abogado, Don Prudencio, un hombre con bigote retorcido y gafas que siempre se le caían de la nariz, la esperaba en su oficina.
"Abigail, querida," comenzó Don Prudencio, limpiándose las gafas con un pañuelo de seda. "Tengo noticias... terribles." Suspiró profundamente, como si hubiera tragado una pelota de tenis. "El juez... bueno, el juez ha dictado una sentencia... inusual."
Abigail se recostó en su silla, aburrida. "¿Más multas? ¿Servicio comunitario recogiendo basura? Ya sabes que mis uñas no están hechas para eso."
Don Prudencio tosió nerviosamente. "No, Abigail. Es... mucho más serio. El juez la ha condenado... a un evento público. Un evento... bueno, digamos que involucra una inyección. Y... ausencia de ropa."
Abigail abrió los ojos como platos. "¿¡Qué!? ¿Una inyección? ¡Pero le tengo miedo a las agujas! ¿Y sin ropa? ¿Frente a todos? ¡Qué barbaridad!"
Don Prudencio asintió con la cabeza, sacando un pergamino largo y amarillento. "Permítame leer la sentencia, Abigail. Debido a la gravedad de sus acciones, Abigail deberá...". Don Prudencio hizo una pausa para humedecerse los labios. "... enfrentar las consecuencias de manera pública y ejemplar. Será despojada de sus ropas, y... recibirá una inyección... en la parte trasera... específicamente, en el glúteo mayor izquierdo."
Abigail se tapó la boca con la mano. "¡Mi glúteo mayor izquierdo! ¡Es mi mejor ángulo!"
Don Prudencio continuó, con la voz temblorosa. "El evento se llevará a cabo en la plaza del pueblo al amanecer. Estarán presentes el juez, el alcalde, un representante del gremio de panaderos, y, por supuesto, el verdugo."
"¿El verdugo?" Abigail chilló. "¡Pero si yo le horneo galletas todas las Navidades!"
"Y," añadió Don Prudencio, con un tono aún más sombrío, "la sentencia también dicta que... Abigail deberá permanecer en estado de desnudez incluso en su funeral."
Abigail se desplomó en su silla, sus plumas temblando. "¡Esto es el colmo! ¡Desnuda en mi propio funeral! ¿Quién me peinará? ¿Quién elegirá mi joya fúnebre?"
De vuelta en casa, Abigail estaba hecha un manojo de nervios. Llamó a su mayordomo, Sebastián, un hombre alto y delgado con un bigote aún más retorcido que el de Don Prudencio. "Sebastián, necesito un baño. ¡Un baño urgente! Y... necesito que me laves... la parte trasera."
Sebastián, sin inmutarse (había visto cosas extrañas en esa casa), preparó un baño lleno de burbujas rosas y perfumadas. Abigail se hundió en el agua caliente, suspirando. "Ay, Sebastián, mi vida es un desastre. Primero, me acusan de cosas terribles. Luego, me condenan a un evento público vergonzoso. ¡Y ahora, desnuda en mi propio funeral! ¿Qué he hecho para merecer esto?"
Sebastián, con un cepillo suave en la mano, comenzó a frotar con cuidado. "Bueno, señora Abigail, quizás lo de lavar dinero no fue la mejor idea. Y lo de sobornar al inspector de alcantarillas tampoco ayudó mucho."
"¡Pero yo solo quería una piscina más grande!" se quejó Abigail. "Y el dinero... bueno, siempre hay facturas que pagar. ¡Y sombreros que comprar!"
Sebastián suspiró. "Entiendo, señora Abigail. Pero a veces, las consecuencias..."
Al día siguiente, Abigail se despertó antes del amanecer. Se desnudó, tal como lo había dictado la sentencia, y bajó a desayunar. Un plato de tostadas con mermelada de fresa y una taza de té Earl Grey. Luego, salió a la plaza del pueblo, con la cabeza en alto, aunque temblando un poco.
El resto, como dicen, es historia.
Después de la inyección (sí, en el glúteo mayor izquierdo), Abigail se encontró flotando en un espacio vacío. De repente, una voz resonó a su alrededor.
"Abigail," dijo la voz, que sonaba como un coro de ángeles desafinados. "Has llegado al final de tu camino."
Abigail miró a su alrededor, buscando a Dios. "¿Dónde está el cielo? ¿Dónde están las arpas? ¿Dónde está mi corona de diamantes?"
La voz respondió, con un tono un poco más serio. "No hay cielo para ti, Abigail. Ni infierno. Serás borrada de la existencia. No habrá rastro de ti. Ni recuerdos, ni siquiera un suspiro."
Un portal se abrió frente a ella, revelando un pozo burbujeante de lava. "Debes saltar, Abigail," dijo la voz. "Y desaparecer para siempre."
Abigail suspiró. "Bueno, al menos ya estoy desnuda." Y con una última mirada al cielo vacío, saltó al pozo de lava, desvaneciéndose sin dejar rastro. Ni siquiera una pluma de su sombrero.
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